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Artículo de opinión · Conocimiento práctico

España tiene una universidad invisible: millones de personas que aprendieron trabajando

El valor del aprendizaje que se produce en talleres, comercios, hogares, empresas y servicios públicos.

Artículo de opinión · Marco Musumeci D'Agata · 18/10/2026 · 4 min de lectura

Ilustración editorial sobre conocimiento práctico; generada mediante inteligencia artificial
Ilustración editorial generada mediante inteligencia artificial.

Hay conocimientos que caben en un manual y otros que se descubren después de años de práctica. La sociedad necesita ambos. Me preocupa que, cuando imaginamos a quién debe escucharse para mejorar una política pública, pensemos únicamente en títulos académicos o trayectorias institucionales y olvidemos a quienes han aprendido trabajando.

Pienso en la persona que lleva décadas reparando instalaciones, en quien organiza turnos de una residencia, en la agricultora que observa cómo cambia el suelo o en el empleado que conoce el recorrido real de un expediente. Esas experiencias no sustituyen la investigación ni los datos, pero permiten formular preguntas que de otro modo quizás nadie haría. Nuestro país dispone de una universidad invisible repartida por los lugares donde transcurre la vida cotidiana.

Como empresario, he comprobado que las soluciones más útiles no siempre proceden del despacho de mayor tamaño. Muchas nacen de quien realiza una tarea y detecta una dificultad repetida. Me gustaría que la política desarrollara la misma costumbre de prestar atención a lo que ocurre sobre el terreno, sin confundir la anécdota individual con una prueba definitiva.

Mi incorporación a PARTIDO AUTÓNOMOS está relacionada con esa manera de pensar. Decidí participar para aportar experiencia económica y empresarial, pero también porque me interesa la posibilidad de abrir conversaciones con personas de otros sectores. No considero que la experiencia de un empresario tenga preferencia sobre la de un trabajador asalariado, una profesora o un cuidador. Cada perspectiva ilumina una parte distinta del problema.

Una enfermera puede advertir que una herramienta administrativa roba tiempo a la atención personal. Un operario puede explicar por qué un calendario de mantenimiento resulta impracticable. Un comerciante puede describir cómo afectan determinadas obras a su barrio. Ninguna de esas observaciones debería convertirse automáticamente en una norma; todas merecen ser escuchadas, contrastadas y situadas en su contexto.

El desafío está en transformar el conocimiento práctico en información útil para decidir. Escuchar a tres personas no equivale a conocer lo que piensa un sector entero. Harían falta canales abiertos, muestras diversas, datos disponibles y mecanismos para detectar intereses contrapuestos. Una mesa de trabajo compuesta únicamente por quienes comparten una misma experiencia puede producir una visión tan parcial como la de una institución que nunca sale a la calle.

También debemos evitar una falsa rivalidad entre titulados y personas sin formación universitaria. Una sociedad moderna necesita investigadores, profesionales altamente especializados y trabajadores formados mediante diferentes itinerarios. Lo inteligente sería construir puentes. Una buena política educativa puede combinar teoría y práctica; una buena regulación puede beneficiarse de la evidencia científica y de la experiencia de quienes tendrán que aplicarla.

Me interesa especialmente lo que ocurre cuando una persona cambia de empleo o de sector. El conocimiento adquirido no desaparece. Alguien que ha trabajado en logística puede comprender los problemas de distribución de un centro sanitario. Una persona que ha gestionado un pequeño comercio puede aportar ideas sobre la relación entre administración y vecinos. Esa transferencia de experiencia merece atención.

El reconocimiento simbólico no basta. Si se invita a una persona a participar, hay que respetar su tiempo, explicar el objetivo de la consulta y comunicar qué se ha hecho con su aportación. De lo contrario, la participación termina convertida en una fotografía de grupo. Las instituciones deberían publicar respuestas comprensibles: qué ideas se aceptaron, cuáles se descartaron y por qué.

No propongo sustituir el voto democrático por un tribunal de expertos, ni construir una nueva jerarquía basada en años de antigüedad laboral. Defiendo algo más sencillo: que nuestros representantes tengan mejores oportunidades para escuchar conocimientos diversos antes de decidir. La ciudadanía conserva el derecho de exigir resultados y corregir el rumbo mediante los instrumentos democráticos.

Si España aprovechara mejor su universidad invisible, quizá empezaríamos a cometer menos errores evitables. Y también transmitiríamos un mensaje de respeto: que el conocimiento no pertenece únicamente a quienes hablan desde una tribuna, sino también a quienes trabajan lejos de ella.

Marco Musumeci D'Agata
Economista político y filántropo
Presidente del Movimiento Liberal Español
marco@musumeci.es
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