Una espera que no cabe en una estadística
Una lista de espera no es solamente una columna de números. Es una persona que duerme con dolor, una familia que reorganiza su vida o un trabajador que desconoce cuándo podrá recuperarse. Por eso me resulta insuficiente escuchar anuncios sobre el gasto sanitario si no van acompañados de mejoras verificables en la atención. El ciudadano no acude al sistema para escuchar cuánto se ha presupuestado; acude porque necesita ser atendido.
En el diagnóstico de mi propuesta utilizo los datos del Sistema Nacional de Salud a 31 de diciembre de 2025: 121 días de espera media para cirugía no urgente y aproximadamente cuatro millones de personas pendientes de primera consulta especializada, con una demora media de 102 días. Esas medias no describen todos los casos y deben analizarse por especialidad y territorio. Pero muestran un problema de capacidad que no deberíamos normalizar.
Más capacidad, mejor organización
La respuesta que propongo no se limita a abrir plazas de forma uniforme. Debemos identificar dónde se acumulan cuellos de botella: pruebas diagnósticas, consultas, quirófanos, rehabilitación, atención primaria y coordinación entre niveles. Contratar personal sin equipamiento o sin una agenda asistencial organizada puede generar menos mejora de la esperada. Invertir en tecnología sin profesionales disponibles tampoco sirve.
Me parece esencial que los sistemas de información permitan seguir todo el itinerario del paciente, desde la derivación hasta la resolución. Una cita duplicada, un informe que no llega a tiempo o un proceso que debe repetirse suponen días perdidos. Ahí la digitalización sí puede tener sentido; no como una bandera tecnológica, sino como una manera de liberar tiempo clínico y evitar demoras evitables.
Un mapa de déficits público
Defiendo un Mapa Nacional de Déficits Sanitarios actualizado cada año, con información sobre especialidades, jubilaciones previstas, cargas de trabajo, territorios y listas de espera. Cada comunidad autónoma seguiría ejerciendo sus competencias, pero los ciudadanos tendrían mejores instrumentos para comprender por qué hay diferencias y qué está haciendo cada administración para corregirlas.
Los objetivos deberían ser explícitos y prudentes: reducir demoras por patología, ampliar capacidad de atención primaria, evitar aplazamientos innecesarios y reforzar especialidades deficitarias. También habría que cuidar al personal que ya trabaja en condiciones de gran presión. Una reforma no puede pedir productividad indefinida a equipos agotados; debe revisar turnos, procesos, formación y condiciones reales.
Resultados antes que anuncios
Quiero publicar trimestralmente datos comparables de espera y anualmente una evaluación independiente. Pero no utilizaría una cifra media para maquillar dificultades: hace falta mostrar distribución de tiempos, gravedad clínica, pacientes que salen de listas por motivos distintos a la atención y diferencias entre hospitales. La transparencia verdadera sirve para corregir, no para fabricar propaganda.
Para mí, la excelencia sanitaria empieza cuando dejamos de considerar aceptable que alguien espere indefinidamente sin información. El objetivo es una sanidad que ofrezca atención segura, ágil y humana. El éxito de la inversión pública no se debería medir por los comunicados de prensa, sino por los días de sufrimiento que conseguimos evitar.
La espera también afecta a la economía
No olvidaría el coste que las demoras tienen fuera del hospital. Una operación aplazada puede prolongar una baja laboral, limitar la autonomía de una persona o aumentar la carga de sus cuidadores. Una consulta especializada tardía puede añadir incertidumbre y dificultar la conciliación familiar. Ese coste indirecto no siempre aparece en el presupuesto sanitario, pero existe. Una reforma bien evaluada debe observar también incapacidad, calidad de vida y recursos de apoyo, sin convertir la medicina en una cuenta de productividad.
Me preocupa que, en nombre de reducir cifras de listas, se presione para atender demasiado rápido o se modifiquen criterios administrativos. La prioridad clínica debe respetarse y las estadísticas deben auditarse. Una lista corta con atención insegura no es un éxito. Por eso el sistema necesita indicadores complementarios de seguridad, resultado y experiencia del paciente. No quiero únicamente menos días en una tabla, sino más salud real y menos sufrimiento evitable.
La atención primaria como primer eslabón
Reducir una lista hospitalaria exige mirar también lo que ocurre antes de llegar al especialista. Si un centro de salud puede resolver, seguir y coordinar mejor determinados problemas, muchos pacientes evitarán consultas duplicadas. Pero esa mejora solo será segura con tiempo suficiente para atender, equipos de enfermería adecuados, acceso a pruebas y reglas clínicas consensuadas. No utilizaría la atención primaria como filtro económico para impedir derivaciones necesarias. Su función es orientar y cuidar mejor, nunca esconder demanda para mejorar estadísticas.
También me gustaría revisar qué parte de las demoras procede de falta de profesionales, qué parte de problemas organizativos y cuál de equipos o infraestructuras insuficientes. Cada causa exige una respuesta diferente. Algunas áreas necesitarán más plazas; otras, agendas coordinadas o sistemas de información interoperables. La planificación debe tener presupuesto, responsables y fechas de seguimiento. El ciudadano merece saber cuándo se corregirá una carencia y qué alternativa tiene mientras tanto. Ese compromiso cotidiano vale más que cualquier anuncio de récord de inversión.
Este artículo desarrolla reflexiones personales basadas en mi estudio «Ley Nacional de Prioridad de los Servicios Esenciales y Reequilibrio del Empleo Público». Sus escenarios y metas de planificación son propuestas propias, no resultados oficiales ni efectos garantizados.
