Una decisión pública puede estar redactada con una impecable precisión jurídica y resultar muy difícil de aplicar en la práctica. También puede responder a una intención legítima y producir efectos que nadie anticipó. No necesariamente ocurre porque falte capacidad; a veces sucede porque se preguntó demasiado tarde a quienes conocen el problema desde dentro.
Como empresario he aprendido a desconfiar de las soluciones que parecen perfectas en una reunión, pero nunca se han probado fuera de ella. Un procedimiento puede ahorrar tiempo a la oficina central y complicar el trabajo de decenas de personas. Una medida puede simplificar un trámite y dejar desatendidos casos excepcionales. Detectar esas dificultades requiere escuchar antes de ejecutar.
Esa es una de las razones personales que me llevaron a acercarme a PARTIDO AUTÓNOMOS. Quería aportar mi experiencia en decisiones económicas y organizativas, no presentarme como propietario de una verdad. Me interesan los espacios donde una propuesta pueda examinarse con preguntas concretas, sin que la respuesta dependa únicamente de la posición política de quien la plantea.
Imagino una administración que, antes de cambiar un procedimiento, convoque a quienes tendrán que utilizarlo. No solo a las grandes asociaciones que suelen participar, sino también a pequeñas organizaciones, trabajadores y ciudadanos. La variedad es importante: un trámite digital que funciona bien para una empresa grande puede resultar difícil para una persona mayor o para un negocio sin personal administrativo.
En sanidad, la planificación de un servicio puede ganar mucho al escuchar al personal asistencial, a los responsables de gestión y a los pacientes. En educación sucede algo similar con docentes, orientadores, estudiantes y familias. En vivienda, diseñar una política sin comprender las condiciones urbanísticas, la financiación o los tiempos de construcción puede generar expectativas que luego no se cumplen.
Nada de eso significa que quienes participan desde un sector deban escribir las normas para sí mismos. La experiencia puede venir acompañada de intereses económicos, hábitos adquiridos o sesgos profesionales. Por ello hacen falta reglas de transparencia, preguntas contrastables y mecanismos que permitan incorporar a quienes soportarán los costes de una medida, aunque no tengan una organización que los represente.
Me parece útil distinguir tres momentos. Primero, describir el problema con información suficiente. Después, examinar soluciones alternativas y sus consecuencias. Por último, establecer cómo mediremos el resultado. Sin esa última etapa, una política puede mantenerse durante años simplemente porque nadie ha dedicado recursos a evaluar si cumplió su objetivo.
Hay que reconocer que la participación lleva tiempo. Si cada decisión exige una consulta interminable, la administración podría paralizarse. Por eso necesitamos procesos proporcionales: intervenciones breves para cambios pequeños, estudios más profundos cuando hay riesgos relevantes, y pilotos antes de extender reformas complejas. Escuchar no significa posponer indefinidamente; significa decidir mejor.
También me preocupa la costumbre de anunciar propuestas antes de explicar sus detalles. Una buena idea merece algo más que un titular. Debemos conocer su alcance, su financiación, los responsables de ejecutarla y las condiciones que obligarían a revisarla. En ocasiones, la respuesta honesta será que todavía faltan datos para decidir.
Quiero una política en la que la experiencia de la sociedad pueda entrar por la puerta principal, con procedimientos transparentes, y no únicamente mediante contactos personales. Si alguien detecta una solución útil, debería existir un cauce razonable para presentarla y recibir una respuesta. Una institución que escucha pero nunca explica qué hace con las sugerencias acaba perdiendo credibilidad.
Tal vez no sepamos cuántas oportunidades hemos perdido por no preguntar a tiempo. Precisamente por eso conviene cambiar la pregunta. En lugar de buscar culpables de todas las decisiones pasadas, preguntémonos cómo crear instituciones capaces de escuchar mejor antes de tomar las próximas.
