Si de verdad me obligaran a elegir una sola cosa de nuestra sociedad para intentar cambiarla de raíz, no respondería ni impuestos, ni educación, ni vivienda, ni burocracia, aunque todos esos temas me importan muchísimo. Iría todavía más abajo, a una especie de capa moral previa. Cambiaría la indiferencia. Porque estoy convencido de que buena parte de nuestros problemas se agravan, se cronifican o se vuelven insoportables cuando aprendemos a mirar el sufrimiento ajeno como si no fuera asunto nuestro, cuando dejamos de conmovernos y cuando convertimos al otro en una realidad lejana, incómoda o invisible.
La indiferencia es un mal silencioso. No grita, no siempre ofende de forma directa y a veces incluso se reviste de normalidad. Se manifiesta cuando pasamos junto a una persona rota sin que eso nos provoque ni una pregunta. Cuando aceptamos que hay barrios degradados, mayores solos, jóvenes desesperanzados o trabajadores asfixiados y pensamos que, en el fondo, así es la vida. Se manifiesta cuando el éxito propio nos basta y lo demás queda fuera del campo de visión. Y se manifiesta también cuando la política discute sobre la gente, pero no desde la gente.
No hablo de convertirnos en seres sentimentales incapaces de poner límites o de ordenar prioridades. Hablo de una disposición básica de humanidad. De recordar que vivimos en sociedad, no en compartimentos estancos. De entender que la libertad individual pierde parte de su grandeza cuando se desconecta por completo del destino de los demás. Para mí, una comunidad sana no es la que elimina toda diferencia ni la que obliga a todos a pensar igual, sino la que mantiene viva la capacidad de reconocer al otro como alguien digno de atención.
Pienso que muchos de nuestros debates públicos están deformados precisamente por esa falta de mirada humana. Se habla de vivienda como si fueran solo cifras y no vidas bloqueadas. Se habla de inmigración como si fueran masas abstractas y no personas concretas, con derechos y deberes. Se habla de sanidad en términos contables y a veces se olvida la angustia de quien espera, la vulnerabilidad del enfermo y el agotamiento del profesional. Se habla de educación como si fuera solo sistema, y se pierde de vista al niño real que necesita ser acompañado. La indiferencia reseca el lenguaje público y, con él, la calidad de nuestras decisiones.
Si lográramos combatirla, muchas reformas se volverían casi inevitables. Una sociedad menos indiferente no toleraría con tanta facilidad la soledad de sus mayores. No aceptaría como rutina que un joven no pueda emanciparse trabajando. No miraría para otro lado ante la enfermedad mental, ante la pobreza infantil o ante la precariedad que humilla. Sería más exigente con las instituciones y también consigo misma. Porque la compasión bien entendida no es pasividad; es una forma de inteligencia moral que nos empuja a actuar.
También creo que la indiferencia empobrece nuestras relaciones personales. Nos vuelve más rápidos para juzgar y más lentos para comprender. Nos hace vivir rodeados de información, pero con poca implicación real. Sabemos muchas cosas sobre lo que ocurre, pero no siempre dejamos que eso nos toque de verdad. Y una sociedad que se acostumbra a saber sin sentir termina debilitando uno de sus resortes más nobles: la solidaridad espontánea, esa capacidad de tender la mano antes incluso de que una ley o una administración lo ordenen.
Hay quien podría decir que la indiferencia es inseparable de la vida moderna, que bastante tiene cada uno con lo suyo. Yo entiendo el cansancio, la prisa y la carga cotidiana. Pero precisamente por eso necesitamos recordar que una comunidad se construye con pequeños gestos de reconocimiento mutuo. Un saludo, una escucha, una ayuda concreta, una atención al vecino, una administración que responde con respeto, una política que no banaliza el dolor. No todo cambio profundo empieza con grandes reformas; a veces empieza con una mirada distinta.
No propongo sentimentalismo vacío. Propongo una sociedad más despierta. Una sociedad que enseñe a los niños que la fuerza no está en endurecerse del todo, sino en mantener la sensibilidad sin perder el criterio. Una sociedad donde el éxito no consista solo en subir, sino también en no olvidar. Donde la empresa, la política, la escuela y la familia tengan conciencia de su responsabilidad en la formación moral de las personas. Donde la dignidad humana no se invoque solo en discursos solemnes, sino que se practique en lo cotidiano.
Si yo pudiera cambiar una sola cosa, elegiría por tanto reducir la indiferencia porque sé que, detrás de muchas injusticias, hay primero una anestesia. Antes de la omisión política suele existir una omisión moral. Antes del abandono institucional, una costumbre social de no mirar. Y esa costumbre es peligrosísima. Desgasta el alma colectiva, rompe la confianza y termina legitimando que cada uno sobreviva como pueda.
Me gustaría vivir en una sociedad más atenta, más compasiva y también más responsable. Una sociedad que no se limite a conmoverse un segundo y seguir, sino que convierta esa conmoción en criterio y en acción. Sé que no resolvería todos los problemas, pero estoy convencido de que cambiaría su tratamiento, su urgencia y nuestra forma de enfrentarlos. Por eso, si me obligaran a escoger una sola transformación, elegiría esa. Cambiaría la indiferencia por una cultura de humanidad activa. Y creo sinceramente que, a partir de ahí, todo lo demás empezaría a moverse.
Incluso en términos democráticos, la indiferencia es venenosa. Un ciudadano indiferente se acostumbra antes al abuso, tolera mejor la mentira y se moviliza menos cuando se vulnera la dignidad de otros. Poco a poco, la comunidad política se convierte en un espacio frío donde cada cual solo reacciona cuando el problema le golpea directamente. Recuperar la atención moral hacia el otro es, por tanto, una forma de fortalecer la democracia desde su base más íntima.