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¿Seremos capaces de construir una sociedad donde nadie sea invisible?

Ilustración editorial del artículo: ¿Seremos capaces de construir una sociedad donde nadie sea invisible?

Hay una forma de desigualdad que no siempre aparece en los grandes balances económicos: la invisibilidad. Una persona puede vivir en una ciudad llena de actividad, pagar impuestos, trabajar, cuidar a familiares y, sin embargo, no sentir que su experiencia importa en las decisiones que afectan a su vida. Pienso en quienes no participan en reuniones políticas, no conocen a periodistas y no disponen de tiempo para hacer oír su voz. No propongo hablar por ellos sin preguntarles. Propongo revisar cómo escuchamos, qué obstáculos imponemos y qué voces terminan siendo sistemáticamente descartadas antes de que empiece la conversación pública.

La democracia representativa necesita organización y procedimientos. No podemos convertir cada decisión administrativa en una asamblea interminable. Pero tampoco basta con votar periódicamente y guardar silencio entre elecciones. Hay presupuestos municipales, obras, servicios y normas que podrían beneficiarse de consultas bien diseñadas, audiencias comprensibles y respuestas motivadas. La participación debe incorporar a quienes trabajan en horarios difíciles, tienen movilidad reducida o carecen de competencias digitales. Si únicamente participan quienes ya disponen de tiempo y recursos, las buenas intenciones pueden reforzar el desequilibrio.

La invisibilidad de las personas mayores constituye una señal de alarma. Algunas viven acompañadas y plenamente activas; otras atraviesan situaciones de aislamiento que pasan inadvertidas. Sería simplista tratar a todos los mayores como vulnerables o asignarles una vida homogénea. La cuestión es que cada uno pueda elegir y acceder a redes de apoyo cuando las necesite. Programas comunitarios, entornos caminables, transporte accesible y servicios de proximidad pueden reducir barreras. Pero deben diseñarse escuchando a sus usuarios reales, no imaginando desde un despacho cómo deberían vivir.

Pienso también en quienes trabajan de forma autónoma o en pequeños negocios. A menudo no pueden asistir a reuniones en horario laboral porque están atendiendo clientes, organizando pedidos o resolviendo obligaciones fiscales. Es fácil contar con ellos cuando se celebra una inauguración y olvidarlos cuando se redacta una norma. Quisiera procedimientos de consulta que hagan visibles los costes administrativos, los plazos y los efectos sobre negocios con recursos limitados. La transparencia no consiste únicamente en publicar documentos: consiste en presentar información comprensible para que los afectados puedan contestar.

Las personas con discapacidad ofrecen otra perspectiva indispensable. Muchas barreras no nacen de una incapacidad personal, sino de entornos mal diseñados: escalones sin alternativas, trámites incompatibles con determinadas necesidades o transportes insuficientemente accesibles. Corregirlas requiere conocimiento técnico y participación de quienes las experimentan. No hay una única respuesta universal. La accesibilidad digital, física y comunicativa debe evaluarse de forma concreta y continuada. La inclusión no consiste en exhibir un símbolo de diversidad, sino en garantizar que los derechos puedan ejercerse en la práctica.

También es necesario prestar atención al lenguaje con el que discutimos la pobreza. Hablar de una persona únicamente como beneficiaria de ayudas puede borrar su experiencia laboral, sus cuidados familiares, sus capacidades y aspiraciones. A nadie le gustaría que su identidad entera quedara reducida a un momento difícil. Defiendo políticas que protejan ingresos básicos cuando corresponda, pero también formación, movilidad, vivienda accesible y condiciones para recuperar autonomía. Las soluciones deben medirse por su capacidad de ampliar opciones, no por el número de expedientes abiertos.

Ser invisible no significa siempre estar desatendido materialmente. Alguien puede recibir servicios adecuados y seguir sintiendo que nadie escucha sus preferencias. Por eso la calidad institucional necesita mecanismos de reclamación, encuestas honestas, horarios flexibles y profesionales con tiempo suficiente para atender casos complejos. No será posible resolver cada desacuerdo a satisfacción de todos. Sí podemos garantizar que las decisiones se expliquen, que existan vías de revisión y que el ciudadano no sea tratado como una molestia por preguntar.

En este objetivo hay una responsabilidad ética de los medios y de quienes ejercen cargos públicos. Las historias extraordinarias atraen atención, pero la mayoría de los problemas sociales son persistentes y poco espectaculares. El transporte que no llega, una autorización que se demora o la soledad de una persona sin familiares cercanos apenas producen titulares. Aun así, afectan a la vida cotidiana. Una buena política debería dedicarles tiempo antes de convertirlos en escándalos. La prevención y la continuidad rara vez reciben tantos aplausos como una intervención de última hora, pero pueden generar mayor bienestar.

Para comprobar si estamos avanzando, propondría evaluaciones periódicas de participación y accesibilidad: no solo cuántas personas asisten a una consulta, sino quiénes quedan fuera y por qué. Los resultados deberían hacerse públicos con protección de datos y sin convertir diferencias sociales complejas en etiquetas simplistas. Si descubrimos que ciertos horarios excluyen a cuidadores o a pequeños comerciantes, podemos cambiarlos. Si una plataforma digital resulta difícil de utilizar, podemos mejorarla. La democracia no pierde legitimidad al reconocer barreras; la fortalece cuando demuestra que sabe corregirlas.

En el fondo, visibilidad significa pertenencia democrática. No exige que todo el mundo sea protagonista de una noticia ni que cada demanda se traduzca en una ley. Exige que los procedimientos puedan comprenderse, que las respuestas estén motivadas y que existan oportunidades razonables para participar. Me parece tan importante para quien está de acuerdo con un gobierno como para quien lo critica. Una institución que escucha solo a sus simpatizantes no es cercana: simplemente administra una relación de privilegio. La igualdad de trato comienza precisamente cuando desaparece esa distinción.

No prometo una sociedad en la que nadie vuelva a sentirse incomprendido. Sería una promesa imposible y poco respetuosa con la diversidad humana. Sí creo que podemos construir instituciones menos indiferentes y comunidades más atentas. Para lograrlo necesitamos datos, participación plural, respeto a la privacidad y disposición a corregir errores. Mi ideal es una democracia donde incluso quien no tiene contactos ni altavoz encuentre una puerta abierta, una explicación y una oportunidad real de ser escuchado. Ese sería un progreso mucho más profundo que la multiplicación de discursos sobre cercanía.

Marco Musumeci D'Agata

Economista político y filántropo

Presidente del Movimiento Liberal Español

marco@musumeci.es

Creo en el diálogo, la libertad de pensamiento y el valor de escuchar a los demás.