Hay una resignación que me inquieta especialmente: la resignación sanitaria. Esa actitud con la que muchos ciudadanos asumen que esperar semanas para una prueba, meses para una consulta o demasiado tiempo para una intervención forma parte natural del sistema. Como si la demora, por el simple hecho de ser frecuente, hubiera dejado de ser un problema. Como si la angustia del paciente y de su familia fuera un efecto secundario inevitable de una maquinaria demasiado grande para mejorar.
Yo no acepto esa normalización. La sanidad pública es uno de los mayores patrimonios sociales de España, y precisamente por eso merece una exigencia alta. Defenderla no significa idealizarla ni blindarla frente a la crítica. Defenderla significa quererla lo suficiente como para no permitir que la inercia, el cansancio o la propaganda la conviertan en un sistema que pide paciencia infinita al ciudadano y heroísmo permanente al profesional.
Esperar también enferma
Quien no ha pasado por un periodo de incertidumbre médica prolongada a veces subestima lo que significa una lista de espera. No es solo una demora logística. Es una experiencia emocional y vital. Esperar una resonancia, una consulta con un especialista o una intervención importante altera el ánimo, la organización familiar, el trabajo y la sensación de seguridad. Esperar puede significar vivir con dolor, con dudas o con miedo. Y por eso no me parece aceptable tratar las listas de espera como una mera cifra administrativa.
Además, la espera golpea con especial dureza a quienes tienen menos recursos. Quien puede pagar una vía privada, aunque le suponga un esfuerzo, encuentra a veces una salida. Quien no puede, queda más expuesto al tiempo. Se produce así una forma silenciosa de desigualdad: la desigualdad en la velocidad de acceso a lo importante. No basta con proclamar universalidad si la experiencia concreta del usuario depende tanto del cuello de botella.
Los profesionales sostienen más de lo que se reconoce
Si algo merece respeto profundo dentro de este panorama es el trabajo del personal sanitario. Médicos, enfermeras, auxiliares, celadores y tantos otros profesionales llevan años sosteniendo el sistema bajo presión. Soportan sobrecarga, burocracia, falta de tiempo, plantillas tensas y una relación a veces injusta entre responsabilidad y reconocimiento. Y aun así continúan atendiendo, explicando, consolando y decidiendo. Esa entrega no debería ser utilizada como coartada para evitar reformas. Al contrario: debería obligar a tomarlas.
Cuando un sistema depende excesivamente de la vocación y del sacrificio individual, está dando una señal preocupante. Un gran sistema público necesita organización, previsión, recursos bien gestionados y liderazgo serio. No puede descansar eternamente sobre la capacidad del profesional para compensar con compromiso lo que falla en estructura.
La sanidad no mejora con eslóganes
En sanidad, como en tantas otras áreas, la tentación del titular es fuerte. Se anuncian planes, refuerzos, inversiones y compromisos con frecuencia. Pero lo que importa es el efecto real sobre la vida del paciente y sobre las condiciones del profesional. Menos retórica y más resultados. Menos autocomplacencia y más evaluación honesta. Menos discusión ideológica abstracta y más foco en los tiempos de espera, la atención primaria, la salud mental, la coordinación entre niveles asistenciales y la gestión inteligente de recursos.
La sanidad pública no se protege mirando hacia otro lado. Se protege identificando dónde se atasca, qué se puede rediseñar, cómo se mejora la eficiencia sin perder humanidad y cómo se evita que el ciudadano viva la enfermedad con una carga añadida de incertidumbre organizativa.
Recuperar la idea de cuidado
A veces tengo la impresión de que hemos dejado que la gestión sanitaria se exprese demasiado en clave de procedimiento y demasiado poco en clave de cuidado. Y la sanidad, antes que un conjunto de circuitos, es una relación de cuidado. Cuidado técnico, sí, pero también humano. El ciudadano no llega al sistema como un expediente, sino como una persona vulnerable. Y su percepción del sistema depende no solo del resultado clínico, sino también del trato, de la claridad, del tiempo de respuesta y de la sensación de que su problema importa.
Por eso me gustaría ver un debate más serio sobre qué entendemos por excelencia sanitaria. Para mí no es únicamente disponer de grandes hospitales o tecnología avanzada. También es ofrecer tiempos razonables, información clara, atención cercana y profesionales con margen real para ejercer bien su trabajo.
No deberíamos aceptar como normal esperar demasiado por lo importante. No en la salud. No cuando una vida puede desordenarse por completo alrededor de una demora. Quiero una sanidad pública fuerte, moderna y universal, pero también ágil, humana y respetuosa con el tiempo del ciudadano. Porque una sociedad se retrata en cómo cuida a su gente cuando más la necesita. Y ahí no deberíamos conformarnos con sobrevivir: deberíamos aspirar a hacerlo mucho mejor.
Tampoco deberíamos olvidar que una buena sanidad pública fortalece la confianza general en el país. Cuando el ciudadano percibe que será atendido con dignidad y en un tiempo razonable, afronta la vulnerabilidad con menos miedo. Esa tranquilidad es una forma de riqueza colectiva. Del mismo modo, cuando el sistema transmite saturación crónica, la inquietud se vuelve cotidiana y afecta incluso a quienes todavía no están enfermos.
Por eso la gran pregunta no debería ser si la sanidad pública merece ser defendida, sino si estamos dispuestos a exigir para ella un nivel de excelencia compatible con lo que representa. Yo creo que sí deberíamos estarlo. Porque cuidar bien no es un lujo presupuestario: es una obligación moral de cualquier sociedad decente.
