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Reducir las listas de espera en Osakidetza: un desafío que va más allá de las cifras

El anuncio de Osakidetza para devolver las listas de espera a niveles previos a las huelgas médicas en 2027 plantea una oportunidad para reflexionar sobre las causas, consecuencias y soluciones reales a uno de los problemas más persistentes de la sanidad pública. Más allá de los compromisos oficiales, es fundamental entender qué significa esperar para los pacientes y cómo podemos avanzar hacia una atención sanitaria digna y eficaz.

Artículo de opinión · Marco Musumeci D'Agata · 07/11/2026 · 4 min de lectura
Ilustración editorial del artículo
Ilustración editorial generada mediante IA; revisión editorial automatizada.

En las últimas semanas, Osakidetza ha anunciado un ambicioso objetivo: devolver las listas de espera a los niveles previos a las huelgas médicas para el año 2027. Este compromiso, acompañado de un aumento presupuestario significativo, invita a una reflexión profunda sobre lo que realmente implica reducir las listas de espera en la sanidad pública. No se trata solo de cifras o porcentajes, sino de la experiencia humana que hay detrás de cada paciente que aguarda una consulta, una prueba o una intervención.

Cuando pienso en las listas de espera, no puedo evitar imaginar el impacto que tienen en la vida cotidiana de las personas. La espera no es un dato neutro; es un tiempo cargado de incertidumbre, ansiedad y, en muchos casos, dolor. Es la familia que debe reorganizarse, el trabajador que desconoce cuándo podrá reincorporarse plenamente, la persona que vive con la preocupación constante de un diagnóstico pendiente. Por eso, cualquier política que pretenda abordar este problema debe partir de la comprensión de la espera como una forma de sufrimiento que no puede ni debe normalizarse.

Las causas que generan estas demoras son complejas y multifactoriales. No existe una única razón ni una solución mágica. En algunos territorios, la falta de profesionales en especialidades concretas crea cuellos de botella; en otros, la organización asistencial o la coordinación entre niveles asistenciales no es la adecuada, lo que provoca duplicaciones innecesarias y retrasos evitables. Por ejemplo, abrir plazas de personal sin asegurar el equipamiento o la agenda organizada puede no traducirse en mejoras reales. Del mismo modo, invertir en tecnología sin profesionales capacitados no resuelve el problema.

Por ello, creo que la respuesta debe ser integral. Es imprescindible combinar inversión en personal y equipamiento con mejoras en la gestión y coordinación. La digitalización, cuando se utiliza para liberar tiempo clínico y evitar demoras administrativas —como citas duplicadas o informes que no llegan a tiempo— puede ser una herramienta valiosa, pero no un fin en sí misma.

La transparencia es otro pilar fundamental. Publicar datos homogéneos y detallados sobre los tiempos de espera, desglosados por especialidad, gravedad clínica y territorio, permite identificar dónde se acumulan los problemas y qué medidas son más efectivas. Sin embargo, esta transparencia debe ser rigurosa y acompañada de evaluaciones independientes, no un instrumento para maquillar la realidad o generar propaganda. Mostrar solo una cifra media oculta las desigualdades y la diversidad de situaciones que enfrentan los pacientes.

Además, no podemos olvidar que la espera tiene un coste que trasciende el ámbito sanitario. Una operación aplazada puede prolongar una baja laboral, aumentar la dependencia de cuidadores o limitar la autonomía personal. Estos costes indirectos, aunque no siempre reflejados en los presupuestos, afectan a la economía familiar y social. Por eso, una reforma bien evaluada debe considerar también la calidad de vida, la incapacidad y los recursos de apoyo, sin reducir la medicina a una mera cuenta de productividad.

En este sentido, la atención primaria juega un papel esencial como primer eslabón del sistema. Fortalecerla puede evitar que muchas patologías se agraven y que la demanda hospitalaria se incremente innecesariamente. Sin embargo, esto requiere no solo más recursos, sino también una organización eficiente y una coordinación efectiva con los niveles especializados.

Finalmente, me preocupa que la presión por reducir las cifras pueda llevar a atender con excesiva rapidez sin respetar la prioridad clínica o a modificar criterios administrativos para mejorar los indicadores sin mejorar la atención real. La calidad y la seguridad del paciente deben ser el centro de cualquier estrategia. No quiero menos días en una tabla, sino menos sufrimiento evitable y más salud real.

En definitiva, el compromiso de Osakidetza para 2027 es una oportunidad para avanzar hacia una sanidad pública que no solo reduzca las listas de espera en términos numéricos, sino que mejore la experiencia y la dignidad de quienes esperan. Para lograrlo, es necesario un enfoque integral, transparente y centrado en las personas, que reconozca la complejidad del problema y valore la calidad por encima de la cantidad.

Marco Musumeci D'Agata
Economista político y filántropo
Presidente del Movimiento Liberal Español
marco@musumeci.es
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