Artículo de opinión · Gestión pública y legado

¿Qué ocurriría si gobernar significara dejar una sociedad mejor de la que encontramos?

El servicio público debería juzgarse por mejoras duraderas, resultados verificables y el respeto a quienes vendrán después.

Fotografía editorial sobre gestión pública y legado

A menudo se habla del gobierno como una carrera de anuncios, inauguraciones y debates sobre quién consigue imponer su relato. Yo prefiero imaginarlo como una responsabilidad temporal sobre algo que no nos pertenece. Las instituciones existían antes de nosotros y seguirán cuando nos hayamos ido. Quien las dirige debería preguntarse qué condiciones de vida encontrará la siguiente generación y qué problemas habrá conseguido aliviar sin trasladarle costes ocultos.

Esa es una idea exigente porque obliga a mirar más allá del próximo titular. Un proyecto puede resultar popular hoy y generar gastos difíciles de sostener mañana. También puede ocurrir lo contrario: una decisión necesaria, como mantener infraestructuras o mejorar procesos administrativos, quizá no proporcione fotografías espectaculares, pero evite problemas futuros. Gobernar bien implica aprender a distinguir entre lo visible y lo verdaderamente valioso.

Como economista me interesa especialmente el coste de oportunidad. Cada euro público dedicado a una actuación deja de estar disponible para otra. Por eso no basta con que una propuesta suene deseable: debemos preguntar qué problema resuelve, qué alternativa existe, quién se beneficia, cuánto cuesta mantenerla y cómo sabremos si funciona.

Las políticas necesitan horizonte

Una sociedad mejor no se construye exclusivamente con proyectos nuevos. Necesita continuidad en educación, salud, vivienda, movilidad y cuidado del entorno. Cuando cada cambio político pretende empezar desde cero, se desperdician experiencias y se multiplica la incertidumbre. No defiendo la inmovilidad; defiendo evaluar lo que existe antes de destruirlo por motivos de imagen.

Me gustaría que las administraciones publicaran objetivos verificables, revisaran resultados y explicaran sus correcciones. Un programa que no funciona debe poder modificarse sin que eso se viva necesariamente como derrota. La capacidad de reconocer errores es una condición del buen gobierno, aunque a menudo se castigue en la conversación política.

La deuda invisible que dejamos

No todas las deudas aparecen en las cuentas financieras. También existe el mantenimiento aplazado, la infraestructura deteriorada, la formación insuficiente o el deterioro ambiental que terminarán pagando otros. Un gobierno responsable debería hacer visibles esas obligaciones y tenerlas en cuenta al decidir. Las generaciones futuras no pueden sentarse hoy en nuestros plenos, pero recibirán las consecuencias.

La equidad entre generaciones exige prudencia. No consiste en renunciar a invertir para no gastar, sino en distinguir gasto efímero de inversión útil y sostenibilidad de austeridad indiscriminada. Una sociedad puede empobrecer su futuro tanto por endeudarse irresponsablemente como por abandonar servicios e infraestructuras esenciales.

El poder como servicio, no como propiedad

Me gustaría una cultura política donde el cargo nunca se confunda con superioridad moral. Los representantes tienen legitimidad para decidir dentro de sus competencias, pero también obligaciones de explicar, escuchar y responder. La oposición tiene derecho a fiscalizar, y las mayorías deben respetar garantías y minorías. Nada de eso debilita la acción de gobierno; la vuelve más digna de confianza.

Al final, la pregunta que más me interesa no es cuántas veces apareció un dirigente en los medios ni cuántas obras inauguró. Es si las personas viven mejor y si la sociedad dispone de mejores herramientas para enfrentar sus próximos desafíos. Gobernar debería significar eso: dejar instituciones más fiables, oportunidades más amplias y menos problemas heredados por quienes todavía no han podido elegir a sus representantes.

Cuando un proyecto público tarda años en dar resultados, surge una dificultad política evidente: quizá la persona que lo impulsó ya no ocupe el cargo cuando se comprueben sus efectos. Por eso necesitamos instituciones capaces de preservar información, continuidad y evaluaciones que sobrevivan a los cambios de gobierno. Lo importante no es adjudicar una medalla personal, sino garantizar que una buena intervención pueda mantenerse y una mala pueda corregirse con fundamento.

Me parece igualmente esencial proteger la honestidad de los indicadores. Un ayuntamiento podría presumir de haber asfaltado muchos metros de calle mientras descuida el mantenimiento de otros barrios; otro podría exhibir inversiones sociales sin comprobar quién recibe finalmente el apoyo. Las cifras deben ponerse al servicio de preguntas relevantes y no elegirse para fabricar una imagen favorable. Una cultura de evaluación genuina exige aceptar resultados incómodos y explicar los límites de lo que sabemos.

También deberíamos dar más valor a la cooperación entre administraciones cuando las competencias se solapan. El ciudadano no siempre distingue qué institución gestiona cada servicio, pero sí percibe cuando las responsabilidades se convierten en excusas cruzadas. Gobernar para dejar una sociedad mejor implica coordinar, compartir información dentro de la ley y resolver conflictos institucionales sin trasladar sus costes a las personas. Esa eficacia discreta también es una forma de legado.

Marco Musumeci D'Agata
Economista político y filántropo
Presidente del Movimiento Liberal Español
marco@musumeci.es
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