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¿Puede una sociedad evolucionar tecnológicamente y retroceder moralmente?

Ilustración editorial del artículo: ¿Puede una sociedad evolucionar tecnológicamente y retroceder moralmente?

La tecnología puede ampliar posibilidades extraordinarias y, al mismo tiempo, dejar sin resolver preguntas humanas elementales. Somos capaces de comunicarnos instantáneamente con personas que viven lejos, procesar enormes cantidades de información y automatizar tareas repetitivas. Pero esas capacidades no garantizan que escuchemos mejor, que debatamos con respeto o que distribuyamos las oportunidades de manera justa. Por eso me interesa distinguir innovación de progreso. Una herramienta nueva representa una posibilidad; el progreso exige examinar qué consecuencias produce, quién puede beneficiarse y cómo evitamos daños que no eran evidentes al diseñarla.

En el trabajo, la inteligencia artificial y la automatización pueden mejorar productividad, precisión y acceso a servicios. También pueden transformar ocupaciones y generar incertidumbre. No considero responsable prometer que todos los empleos desaparecerán ni asegurar que ninguna persona sufrirá una transición difícil. Prefiero políticas de formación permanente, movilidad laboral, competencia y protección proporcionada para quienes necesiten reconvertirse. La evaluación debe observar sectores y tareas concretas, no quedarse en predicciones espectaculares. El verdadero desafío no es detener las máquinas: es organizar una sociedad en la que sus beneficios creen oportunidades más amplias.

La educación tiene que preparar ciudadanos para comprender y cuestionar herramientas digitales. Aprender a utilizarlas es útil, pero también lo es distinguir una fuente fiable de una afirmación inventada, reconocer una manipulación visual y proteger datos personales. Un estudiante debería adquirir competencias técnicas y criterio ético. El acceso no puede depender exclusivamente del presupuesto familiar: escuelas, bibliotecas y programas públicos pueden reducir barreras. Al mismo tiempo, debemos examinar resultados y evitar comprar tecnología sin plan pedagógico, formación docente ni mantenimiento.

La privacidad representa otra prueba de madurez. Un sistema puede ser muy eficiente si conoce cada movimiento del ciudadano, pero esa eficiencia no justifica una vigilancia ilimitada. La recopilación de datos debe responder a finalidades legítimas, reglas claras y garantías verificables. También las empresas necesitan confianza: utilizar información de usuarios sin transparencia puede erosionarla rápidamente. Defiendo un marco donde la innovación avance con consentimiento, seguridad, capacidad de reclamación y límites proporcionados al poder de quien almacena los datos.

Las redes sociales muestran bien la distancia entre conectar dispositivos y construir convivencia. Su utilidad para informar, organizar iniciativas y compartir ideas es evidente. Sin embargo, también pueden premiar contenidos que simplifican discusiones complejas y convierten el desacuerdo en espectáculo. No culpo de toda polarización a una herramienta: las personas y las instituciones toman decisiones. Pero sí debemos examinar incentivos, transparencia de sistemas de recomendación y educación mediática. El objetivo no sería imponer una opinión oficial, sino proteger la libertad de expresión y reducir prácticas engañosas o abusivas.

En la administración pública, digitalizar un procedimiento no debería significar trasladar al ciudadano los errores de una oficina. Un formulario en línea puede ahorrar tiempo o convertirse en una versión electrónica del mismo laberinto. Propongo medir cuántos pasos se eliminan, cuánto tarda una resolución y qué sucede con las personas que necesitan asistencia. Debe existir accesibilidad y alternativas razonables. La innovación administrativa merece reconocimiento cuando facilita derechos, no cuando presume de aplicaciones que los usuarios no consiguen utilizar.

También veo oportunidades relevantes en salud, energía y transporte. Las nuevas herramientas pueden apoyar diagnósticos, optimizar recursos y reducir daños ambientales; cada aplicación, sin embargo, necesita pruebas, supervisión profesional y valoración de sus límites. Una promesa de innovación no sustituye la evidencia. Tampoco las precauciones deben convertirse en prohibiciones indiscriminadas que impidan mejorar servicios. El equilibrio exige análisis de riesgos, responsabilidades definidas y seguimiento posterior. Una sociedad madura puede experimentar con prudencia sin confundir entusiasmo con certeza.

La distribución de beneficios es una pregunta económica esencial. Si la productividad aumenta, ¿cómo se traducirá esa mejora en salarios, servicios, precios y tiempo disponible? No existe una respuesta automática. Dependerá de la competencia, las habilidades, la inversión y las decisiones públicas y privadas. Quiero que el desarrollo tecnológico se relacione con indicadores de bienestar y oportunidades, no únicamente con cifras de inversión. La eficiencia es importante, pero su legitimidad social se fortalece cuando los ciudadanos pueden reconocer mejoras concretas en su vida.

No deberíamos olvidar los efectos del ritmo tecnológico sobre quienes ya encuentran dificultades para acceder a servicios. Obligar a utilizar una aplicación para cada trámite puede ahorrar costes a una institución y trasladarlos a ciudadanos que necesitan ayuda. El balance debe contemplar ambos lados. Una innovación que funciona para la mayoría puede seguir necesitando apoyos específicos; eso no la vuelve inútil. La tarea responsable consiste en diseñar opciones inclusivas, estudiar el coste de mantenerlas y explicar las decisiones. La modernización debe dar más posibilidades, no convertir la falta de habilidad digital en una pérdida de derechos.

Para mí, la prueba definitiva del progreso tecnológico no es la espectacularidad de una demostración, sino la libertad adicional que consigue crear. ¿Tiene una persona más opciones laborales? ¿Puede un paciente recibir mejor atención? ¿Ha disminuido el tiempo desperdiciado en trámites? ¿Existen garantías frente a errores y discriminación? Ninguna métrica responderá por sí sola a todas estas cuestiones, pero su conjunto puede orientar decisiones más responsables. La innovación merece entusiasmo crítico: suficiente confianza para explorar posibilidades y suficiente prudencia para exigir resultados.

Finalmente, debemos preservar aquello que ninguna herramienta debería reemplazar: la capacidad de juzgar moralmente nuestras decisiones. Un algoritmo puede ordenar información; no puede convertirse sin control en la autoridad última sobre nuestra dignidad. Podemos utilizar sistemas sofisticados para administrar recursos y seguir siendo injustos, indiferentes o incapaces de escucharnos. La tecnología no absuelve al ser humano de su responsabilidad. Mi idea de Desarrollo y Crecimiento Socioeconómico Integral exige que avance junto con derechos, conocimiento, libertad y cuidado. Solo entonces podremos hablar de progreso en un sentido verdaderamente humano.

Marco Musumeci D'Agata

Economista político y filántropo

Presidente del Movimiento Liberal Español

marco@musumeci.es

Creo en el diálogo, la libertad de pensamiento y el valor de escuchar a los demás.