Artículo de opinión · Vivienda y economía

Promotores nacionales y europeos compitiendo para ofrecer viviendas más baratas

La mejor relación calidad-precio debería orientar los contratos públicos de vivienda protegida.

Ilustración editorial de viviendas, familias y desarrollo urbano creada con inteligencia artificial

Competencia para servir al ciudadano

Creo en la competencia porque puede obligar a las empresas a mejorar. Pero la competencia no sirve de nada cuando el diseño de una licitación favorece a un reducido grupo de operadores o cuando el adjudicatario gana por prometer un precio imposible. Mi propuesta quiere abrir procedimientos transparentes para que diferentes empresas puedan demostrar capacidad constructiva y ofrecer mejores condiciones.

El anteproyecto contempla la participación de empresas españolas y de otros países en los términos de la legislación de contratación pública. Las empresas de la Unión Europea y del Espacio Económico Europeo concurrirían según el régimen general; las de terceros países quedarían sujetas a reciprocidad, acuerdos internacionales y requisitos legales. No se trata de favorecer una nacionalidad, sino de atraer soluciones solventes.

El precio solo no es suficiente

Para mí sería un error adjudicar exclusivamente por la oferta económica más baja. Una vivienda defectuosa o con costes elevados de mantenimiento puede salir muy cara a largo plazo. Por eso propongo ponderar precio final protegido, calidad arquitectónica, eficiencia energética, plazos, industrialización, accesibilidad, durabilidad, costes de ciclo de vida y garantías posteriores.

Los criterios tienen que estar publicados antes de que las empresas preparen sus ofertas. También deben poder auditarse. No me convence una licitación que otorgue puntuaciones decisivas mediante conceptos vagos sin explicación técnica. La transparencia debe permitir comprender por qué ganó una propuesta y no otra.

Abrir el mercado sin debilitar garantías

La concurrencia internacional puede ampliar alternativas técnicas y capacidad de ejecución, pero no convierte automáticamente cada proyecto en más barato. Hay que examinar logística, costes reales, obligaciones laborales, seguridad jurídica y calidad. También deben exigirse las garantías permitidas para responder ante retrasos o incumplimientos.

Los requisitos de solvencia deben ser proporcionados. Si son excesivos, terminaremos expulsando de la competencia a empresas medianas capaces de ejecutar proyectos especializados. Si son insuficientes, podemos adjudicar actuaciones a operadores sin recursos. Quiero equilibrio y criterios objetivos, no barreras arbitrarias ni improvisación.

La prueba decisiva es el contrato

Los criterios publicados deben mantenerse durante todo el procedimiento y reflejarse después en obligaciones de ejecución. La empresa adjudicataria tendrá que responder por precio, materiales, plazo y mantenimiento comprometido. No bastaría con ganar la licitación: hay que cumplirla. La administración debe comprobarlo sin cambiar las reglas a mitad del camino.

Me interesa una competencia que premie a quien hace mejor las cosas y no a quien mejor presenta una promesa. Esa cultura protegería al contribuyente, fortalecería a las empresas solventes y favorecería a quienes necesitan un hogar.

Cómo evitar que el concurso se convierta en un formalismo

Para que exista competencia real, las licitaciones necesitan publicidad suficiente, documentación clara y plazos razonables. Un procedimiento apresurado, con información incompleta o exigencias desproporcionadas, puede acabar permitiendo que participen únicamente empresas que ya conocen el terreno administrativo. Eso reduce alternativas. Mi propósito es lo contrario: un mercado abierto, con reglas exigentes pero accesibles, en el que las capacidades se demuestren con ofertas y garantías verificables.

También plantearía preguntas sobre subcontratación, calidad del empleo y riesgos de ejecución. Una empresa adjudicataria no debería poder ganar con un precio irreal y compensarlo luego mediante cambios constantes o deterioro de condiciones técnicas. El contrato debe prever modificaciones justificadas y límites claros. El seguimiento público de hitos y desviaciones puede desincentivar comportamientos oportunistas. Y la autoridad contratante necesita medios técnicos suficientes para supervisar, porque publicar un pliego excelente no sirve si nadie controla su cumplimiento.

La concurrencia europea puede facilitar la llegada de sistemas productivos innovadores y empresas especializadas. Pero hay que respetar las reglas aplicables a operadores internacionales, no presentar una apertura sin límites. Deben examinarse garantías, solvencia, normativa laboral y condiciones legales en cada caso. Del mismo modo, las empresas españolas no deberían recibir privilegios arbitrarios por su nacionalidad. Quiero que la selección valore lo que cada operador está capacitado para construir y las condiciones que ofrece a los futuros residentes.

El resultado más importante debe conocerse al terminar la obra: precio efectivo, calidad entregada, incidencias, puntualidad y coste total. Si la competencia no produce mejoras verificables, habrá que revisar los criterios del siguiente concurso. Esa capacidad de aprender diferencia a una administración profesional de otra que solo repite un esquema por costumbre. La rivalidad empresarial puede ser una aliada del bienestar, pero necesita reglas públicas que orienten la competencia hacia el interés de las familias.

Una comprobación necesaria

Me gustaría que cualquier concurso incluyera un mecanismo de aprendizaje posterior: las empresas participantes podrían conocer, con respeto a la confidencialidad legal, cómo se valoraron las propuestas y qué aspectos resultaron determinantes. Eso elevaría la calidad de futuras ofertas. Un mercado transparente no solo sirve para escoger al mejor operador en una convocatoria; también ayuda a que los demás mejoren y refuercen su capacidad para competir en las siguientes.

La verdadera ganadora debe ser la familia

Imagino una licitación en la que los interesados puedan comparar ofertas y saber cuántas viviendas se construirán, a qué precio, con qué calidad y en cuánto tiempo. La ganadora no debería ser la empresa mejor relacionada, sino aquella que haya demostrado una propuesta global más valiosa dentro de la ley.

El modelo necesita supervisión rigurosa durante la ejecución. Adjudicar bien es solo el comienzo. Debemos medir viviendas terminadas, respeto de precios, reclamaciones, calidad final y uso efectivo. Si funciona, ampliarlo; si falla, corregirlo. La competencia económica me interesa porque puede mejorar la vida de los ciudadanos, no como un dogma desconectado del resultado social.

Marco Musumeci D'Agata
Economista político y filántropo
Presidente del Movimiento Liberal Español
marco@musumeci.es
Leer más artículos de opinión