Cada época elige, consciente o inconscientemente, a las personas que coloca en un pedestal. En la nuestra abundan los homenajes a la riqueza, la fama y la capacidad de atraer atención. No tengo nada contra el éxito económico conseguido legítimamente. Como empresario conozco el valor de asumir riesgos y crear empleo. Me pregunto, sin embargo, por qué tantas veces reservamos nuestra admiración más intensa a quien acumula mucho y dejamos casi invisibles a quienes sostienen la vida de los demás.
Pienso en personas que cuidan durante años a un familiar, en quienes trabajan en silencio, en vecinos que ayudan sin esperar reconocimiento y en profesionales que conservan una enorme humanidad incluso en condiciones difíciles. ¿Por qué no ocupan un lugar más relevante en nuestra conversación pública?
El prestigio también educa
La admiración social no es un sentimiento inocuo. Lo que aplaudimos se convierte en una señal para los jóvenes. Si mostramos continuamente que el dinero es el criterio principal del valor personal, estaremos enseñando una idea reducida del éxito. Podemos reconocer la creatividad empresarial y, simultáneamente, celebrar la generosidad, el rigor, la honestidad y la capacidad de contribuir al bien común.
La cuestión no es oponer riqueza y bondad. Hay personas económicamente prósperas extraordinariamente solidarias, y personas de modestos recursos cuya conducta no es necesariamente ejemplar. Sería injusto convertir la renta en una categoría moral. Mi propuesta consiste en dejar de confundir patrimonio con mérito humano.
Una vida útil no siempre es visible
Una sociedad necesita ingenieros, investigadores, empresarios, artistas y muchas otras profesiones capaces de generar valor. Pero también depende de personas cuyo trabajo tiene poco escaparate. Quien acompaña a un enfermo, enseña a leer, consuela a un vecino o mantiene un barrio habitable produce algo que no siempre se refleja en una factura.
Quizá uno de nuestros errores es valorar mejor aquello que puede medirse con dinero. Lo cuantificable parece objetivo; lo humano, secundario. Y sin embargo el cuidado, la confianza y la cooperación sostienen también nuestra economía. Allí donde faltan, las instituciones tienen que asumir costes mayores y las relaciones se vuelven más frágiles.
Cambiar nuestra escala de reconocimiento
Me gustaría ver más historias públicas sobre personas que resuelven problemas reales sin convertir cada gesto en una campaña de imagen. Me gustaría que el reconocimiento a una trayectoria incluyera preguntas sobre su integridad y su aportación social, no solo sobre sus resultados económicos. Y me gustaría que también fuéramos más exigentes con nosotros mismos: ayudar no requiere ser famoso ni tener grandes recursos.
No hablo de glorificar la renuncia permanente ni de exigir sacrificios imposibles. Nadie debería sentirse obligado a abandonar su bienestar para demostrar bondad. Hablo de recuperar una idea de reciprocidad: cuando vivimos mejor, tenemos más oportunidades de contribuir a que otros también lo hagan.
Los medios de comunicación y las redes sociales participan en la construcción de estos referentes. No porque exista una conspiración contra la solidaridad, sino porque lo extraordinario y lo espectacular llaman la atención con facilidad. Una cifra millonaria cabe en un titular; una década de cuidados pacientes es mucho más difícil de representar. El resultado puede ser un desequilibrio involuntario. Por eso me parece tan valioso que los periódicos cuenten también historias de servicio público, ciencia compartida y compromiso cotidiano.
En el mundo empresarial he conocido la importancia de la iniciativa y de la persistencia. Nada me gustaría menos que desanimar a alguien que sueña con crear una empresa o prosperar honestamente. Lo que propongo es que el éxito incorpore una segunda pregunta: ¿qué impacto tuvo en quienes nos rodean? Una compañía rentable que forma a sus empleados, cumple sus compromisos y genera oportunidades merece reconocimiento también por esas razones, no solo por su facturación.
La misma reflexión se aplica a la política. Los cargos son temporales y el prestigio puede ser efímero; los resultados sobre la vida de los ciudadanos perduran. Quien administra recursos públicos debería saber que el respeto no procede del despacho que ocupa, sino de su conducta y de su eficacia. Me gustaría que esa exigencia se extendiera a todos los ámbitos de nuestra convivencia: menos fascinación por la apariencia y más atención al valor que realmente dejamos en la sociedad.
Al final, cada sociedad acaba pareciéndose a aquello que admira. Yo no deseo una comunidad que desprecie el éxito material. Deseo una que sepa reconocer otros triunfos igual de importantes. Quizá el día que aplaudamos con la misma intensidad a quien crea riqueza y a quien transforma vidas con generosidad habremos dado un paso decisivo hacia una convivencia más humana.
