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Artículo de opinión

¿Por qué aceptamos que fracasen los políticos mientras exigimos resultados a los empresarios?

La gestión pública y la empresa no persiguen exactamente los mismos fines, pero ambas manejan recursos escasos y tienen la obligación de rendir cuentas por sus decisiones.

Artículo de opinión · Marco Musumeci D'Agata · 12 de octubre de 2026 · 4 min de lectura

Fotografía editorial ilustrativa sobre ¿por qué aceptamos que fracasen los políticos mientras exigimos resultados a los empresarios?

Dos responsabilidades que no son idénticas

Cuando una pequeña empresa pierde clientes, ignora sus costes o promete lo que no puede entregar, las consecuencias suelen llegar pronto. El empresario responde ante sus trabajadores, proveedores y clientes. En la administración pública, en cambio, los efectos de una decisión pueden quedar diluidos durante años entre presupuestos, cambios de gobierno y explicaciones políticas. No pretendo equiparar una alcaldía a un comercio: gobernar exige proteger derechos y atender necesidades que no siempre generan rentabilidad. Precisamente por esa diferencia considero todavía más necesaria una rendición de cuentas rigurosa. Cuando el dinero procede de todos, la responsabilidad no debería ser menos exigente, sino más.

El problema no es cometer errores

Equivocarse resulta inevitable al gestionar asuntos complejos. Un proyecto puede encontrar dificultades imprevistas, una inversión puede necesitar correcciones y una política pública puede producir resultados distintos de los esperados. La cuestión no es prohibir el error; sería imposible. La cuestión es distinguir el error honesto de la improvisación repetida, el ocultamiento y la falta de evaluación. En cualquier organización madura, equivocarse obliga a aprender, a explicar y a corregir. Me gustaría que esa cultura se trasladara con naturalidad a la vida pública, sin convertir cada rectificación en una batalla propagandística entre partidos.

Antes de gastar hay que explicar para qué

Toda gran decisión presupuestaria debería acompañarse de una pregunta sencilla: ¿qué problema concreto queremos resolver y cómo sabremos si lo hemos conseguido? Si un municipio anuncia una inversión destinada a mejorar la movilidad, quiero conocer los tiempos actuales de desplazamiento, los objetivos medibles y el plazo de comprobación. Si se construye un centro, quiero saber qué servicio mejorará y cuál será su coste futuro de mantenimiento. El presupuesto inicial es solo el principio de la responsabilidad. Importan tanto los resultados como las obligaciones que se dejan a quienes vendrán después.

La transparencia que permite comprender

No basta con publicar miles de documentos incomprensibles y afirmar que todo es transparente. La transparencia útil explica las decisiones en un lenguaje accesible, permite comparar promesas con resultados y muestra también las desviaciones. Deberíamos poder encontrar fácilmente contratos, ejecución presupuestaria, plazos de proyectos y evaluaciones independientes. Y deberíamos poder hacerlo sin ser expertos en contratación pública. Los representantes elegidos necesitan margen para decidir, pero esa discrecionalidad debe estar rodeada de información, control y razones verificables.

Una cultura política menos defensiva

Existe una costumbre perjudicial: cuando se pide una evaluación, algunos responsables interpretan la pregunta como un ataque personal. Yo la entiendo como una manifestación legítima de ciudadanía. Las políticas públicas se pagan con esfuerzo colectivo y afectan a vidas concretas. Por tanto, es razonable preguntar qué funcionó, qué falló y cuánto costó. También sería saludable reconocer los aciertos de administraciones gobernadas por adversarios. La mejora institucional requiere continuidad, no solo el deseo permanente de inaugurar algo distinto. Un país que aprende de sus propias políticas gobierna mejor que uno que vive borrando y reiniciando.

La evaluación como servicio al ciudadano

Imagino un informe municipal que explique de manera sencilla cuáles eran las metas de una actuación, cuánto se comprometió, cuánto se ejecutó y qué resultados se observaron. Si hay retrasos, la información debería incluir sus causas y el plan para corregirlos. Un documento así no garantiza buenas decisiones, pero facilita conversaciones públicas más maduras. También reduce la tentación de gobernar exclusivamente para la fotografía de una inauguración. La ciudadanía merece información comparable y actualizada, no una sucesión interminable de anuncios que se olvidan después de difundirse.

Una cultura de responsabilidad compartida

También los ciudadanos tenemos que aceptar que ningún presupuesto es infinito y que las prioridades requieren explicar renuncias. La evaluación no existe solo para descubrir fallos, sino para identificar lo que merece ampliarse y lo que conviene abandonar. Si pedimos eficacia, debemos estar dispuestos a escuchar resultados incluso cuando contradicen nuestras preferencias. Esa madurez es imprescindible para que la gestión pública deje de organizarse alrededor del siguiente titular y pueda sostener compromisos reales durante años. La política ganaría credibilidad si tratara a la sociedad como una comunidad adulta, capaz de comprender los costes de cada decisión.

No quiero funcionarios o políticos paralizados por miedo a equivocarse. Quiero instituciones valientes, profesionales y responsables. La diferencia decisiva no está entre sector público y privado, sino entre gestionar con rigor y gestionar sin consecuencias. Pedir resultados a un gobernante no es despreciar la política: es respetarla. Y cuando cada euro público procede del trabajo y del esfuerzo de alguien, exigir que produzca valor social debería ser una obligación democrática elemental.

Marco Musumeci D'Agata
Economista político y filántropo
Presidente del Movimiento Liberal Español
marco@musumeci.es