El dinero tiene una importancia evidente. Permite satisfacer necesidades, financiar proyectos, disponer de tiempo y reducir vulnerabilidades. Negar esa realidad sería desconocer la experiencia cotidiana de millones de personas. Lo que cuestiono es el salto lógico que convierte la posesión de recursos en una supuesta superioridad moral. Tener más no significa, por definición, comprender más, sentir más o actuar mejor.
Admiro a quienes crean riqueza de manera responsable. Emprender exige trabajo, imaginación y capacidad de afrontar incertidumbres. Pero esa admiración no puede ser un cheque en blanco. La manera en que se obtiene el dinero importa tanto como el resultado. No merece la misma consideración un beneficio conseguido ofreciendo valor que otro basado en abusos, engaños o aprovechamiento de la indefensión de terceros.
Tampoco considero justo idealizar automáticamente a quien tiene pocos recursos. La bondad no pertenece a una clase económica. Existen personas generosas y egoístas en todas las posiciones sociales. Precisamente por eso, prefiero juzgar conductas y compromisos antes que patrimonios. Una sociedad abierta debería permitir ascender económicamente sin exigir que el éxito vaya acompañado de ostentación.
Hay un aspecto que me parece particularmente revelador: cómo tratamos a quienes no pueden ofrecernos una ventaja. Es fácil ser amable cuando esperamos una oportunidad a cambio. Más difícil es respetar a alguien anónimo, atender a quien no dispone de contactos o compartir conocimientos sin obtener publicidad. En esos gestos se revela una forma de carácter que no puede deducirse de una declaración patrimonial.
Como economista, no veo incompatibilidad entre mercado y ética; veo la necesidad de reglas, incentivos y una cultura de responsabilidad que reduzcan los abusos. El mercado coordina actividades, pero no reemplaza las decisiones morales. Las instituciones deben proteger la competencia y los derechos, mientras cada participante asume que sus actos tienen efectos más allá de su propio balance.
Existe además una tentación inversa: convertir la falta de recursos en una sospecha de incapacidad o de escaso esfuerzo. Los trayectos económicos son el resultado de decisiones personales, pero también de oportunidades, salud, ciclos de mercado y circunstancias familiares. Nada de esto implica negar el mérito. Implica reconocer que las comparaciones morales simples suelen ocultar las condiciones reales de partida y pueden conducir a políticas injustas.
Cuando analizo una medida fiscal, intento recordar que detrás de cada categoría hay biografías diferentes. «Empresario», «autónomo», «pensionista» o «desempleado» son conceptos administrativos útiles, pero no agotan la experiencia de quienes incluyen. Las decisiones públicas deben utilizar categorías para operar y, simultáneamente, evitar que esas categorías borren la diversidad humana. Esa tensión exige humildad a cualquier responsable político.
Quiero que prosperar sea motivo de satisfacción, no de vergüenza. Y también quiero que nadie confunda esa prosperidad con un permiso para despreciar. El dinero puede ser una herramienta poderosa para crear bienestar; su posesión nunca debería convertirse en una medida definitiva de la calidad humana de quien lo administra.
