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No somos eternos: por qué deberíamos vivir pensando también en los demás

Ilustración editorial del artículo: No somos eternos: por qué deberíamos vivir pensando también en los demás

La conciencia de que nuestra vida tiene un final puede interpretarse de dos maneras. Una nos invita a disfrutar únicamente del presente, como si cualquier responsabilidad futura fuera una pérdida. La otra nos recuerda que nuestras decisiones dejan consecuencias más allá de nuestra propia biografía. Yo me siento más cerca de la segunda. No porque desprecie el disfrute, la ambición o la libertad individual, sino porque una existencia con sentido también se construye en lo que facilitamos a quienes vendrán después. Pensar en los demás no exige renunciar a uno mismo: exige reconocer que no habitamos el mundo en exclusiva.

Lo veo con claridad en las decisiones públicas. Un proyecto puede inaugurarse con grandes titulares y dejar a los siguientes responsables una deuda difícil de sostener. Una infraestructura puede ser útil durante décadas o convertirse en un gasto permanente sin servicio real. El criterio no debería ser quién corta una cinta, sino quién se beneficia, quién paga y durante cuánto tiempo. La política orientada al legado necesita evaluaciones antes y después de cada inversión, mantenimiento previsto y capacidad de corregir errores. El futuro no vota todavía, pero soportará muchos costes de nuestras decisiones presentes.

La responsabilidad intergeneracional también afecta a la economía privada. Una empresa familiar puede pensar solo en el resultado trimestral o construir relaciones duraderas con trabajadores, proveedores y clientes. Un propietario puede mantener una vivienda o dejar que su deterioro acabe perjudicando al vecindario. Un emprendedor puede formar a jóvenes para que un día le superen. No propongo imponer una virtud uniforme, pero sí reconocer que la prosperidad sostenible depende a menudo de compromisos que no se agotan en la utilidad inmediata. La confianza se acumula lentamente y puede destruirse con decisiones oportunistas.

Cuando hablamos de herencia solemos pensar en dinero o inmuebles. Hay otra herencia menos visible: la cultura de convivencia que transmitimos. Una infancia marcada por el respeto, el diálogo y la posibilidad de discrepar sin violencia recibe herramientas valiosas. Una sociedad que normaliza humillar al adversario deja conflictos que se reproducen. Me gustaría que aprendiéramos a defender ideas firmes sin convertir al que piensa distinto en un enemigo. La libertad de expresión pierde parte de su valor si la utilizamos solo como arma para impedir que otros hablen.

La protección ambiental plantea una cuestión semejante. No necesitamos presentar todas las decisiones ecológicas como una lucha entre naturaleza y crecimiento económico. Necesitamos conocer costes, impactos y alternativas, estimular innovación y evitar trasladar daños duraderos a quienes aún no participan en el mercado ni en las urnas. Una política seria compara tecnologías, impactos territoriales y necesidades sociales, en lugar de convertir cualquier debate en un rito ideológico. Cuidar recursos comunes no es incompatible con la propiedad privada; exige reglas previsibles y responsabilidad por las consecuencias.

También deberíamos pensar en quienes ya han recorrido buena parte de su camino. Envejecer no puede convertirse en sinónimo de desaparecer de la vida pública. Las personas mayores transmiten conocimientos, recuerdos y vínculos que ninguna estadística resume por completo. Al mismo tiempo, no hay que idealizar la vejez ni suponer que todos necesitan lo mismo. Algunos desean trabajar o colaborar; otros necesitan cuidados intensivos, vivienda adaptada o simplemente conversación. Una política digna permite elegir tanto como sea posible y organiza atención profesional cuando la autonomía resulta insuficiente.

No confundamos el legado con la fama. Muchos de los gestos que transforman vidas nunca aparecerán en un periódico: quien acompaña a un vecino enfermo, quien enseña a leer a una persona adulta, quien sostiene una pequeña empresa durante una crisis o quien reconoce a tiempo una injusticia. Su efecto puede durar más que una declaración grandiosa. Por eso no me interesa una visión de la filantropía limitada a donaciones espectaculares. Considero igual de importante crear oportunidades duraderas y actuar con coherencia en las obligaciones ordinarias.

Hay una tensión que debemos aceptar: pensar en el futuro no nos da derecho a decidir toda la vida de las generaciones siguientes. Un proyecto paternalista que pretenda cerrarles todas las opciones también sería una mala herencia. Mi aspiración es dejar instituciones fiables, finanzas sostenibles, educación sólida y libertad suficiente para que los nuevos ciudadanos elijan caminos distintos al mío. Legar posibilidades es más respetuoso que legar órdenes. Cada generación debe poder revisar los ideales recibidos sin perder los derechos que los hacen discutibles.

Quisiera que esta responsabilidad apareciera también en la contratación pública. Una administración que compra por el precio inicial más bajo, sin considerar durabilidad, reparación y calidad de servicio, puede dejar mayores costes futuros. Los criterios deben ser proporcionados y verificables, evitando favorecer a empresas por afinidad política. La transparencia del contrato, el seguimiento de su ejecución y la publicación de resultados son formas concretas de respeto hacia quienes pagarán mañana. Pensar en quienes vienen después significa exigir decisiones defendibles incluso cuando ya no seamos nosotros quienes debamos explicarlas.

Esta responsabilidad no se agota en las grandes decisiones estatales. Un municipio puede publicar el coste de mantener un edificio, revisar su accesibilidad o conservar una zona verde para futuras generaciones. Una familia puede transmitir hábitos de respeto y cuidado de recursos. Un profesional puede enseñar lo que sabe antes de retirarse. Son escalas diferentes de una misma convicción: el futuro no debería recibir únicamente los problemas que decidimos aplazar. Dejar posibilidades exige pensar en mantenimiento, aprendizaje y libertad para corregir nuestras decisiones.

Ninguno de nosotros es eterno y precisamente por eso nuestras decisiones importan. No podemos controlar cómo seremos recordados ni garantizar que todo proyecto prospere. Sí podemos preguntarnos si las consecuencias previsibles de lo que hacemos amplían o reducen la dignidad y las oportunidades ajenas. Esa es una medida exigente del éxito personal y político. Cuando pienso en el mundo que quiero contribuir a construir, imagino menos monumentos a sus dirigentes y más personas capaces de vivir con libertad, seguridad y esperanza.

Marco Musumeci D'Agata

Economista político y filántropo

Presidente del Movimiento Liberal Español

marco@musumeci.es

Creo en el diálogo, la libertad de pensamiento y el valor de escuchar a los demás.