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Democracia y representación · Diálogo de ideas

Miriam González y yo: dos caminos para devolver el poder al ciudadano

Coincidimos en que la política necesita recuperar la confianza. Pero me pregunto si basta con reformar los partidos o si ha llegado el momento de transformar cómo elegimos a nuestros representantes.

Artículo de opinión · Marco Musumeci D'Agata · 14 de octubre de 2026 · 4 min de lectura

Ilustración editorial sobre democracia y representación

Imagen ilustrativa generada con IA. Recreación editorial. No muestra un encuentro real entre los protagonistas.

En este artículo reflexiono, desde mi propia visión política, sobre las ideas públicas de Miriam González Durántez y las confronto con mis propuestas. Las coincidencias no eliminan las diferencias y las críticas deben servir para mejorar las soluciones, no para descalificar personas.

Un diagnóstico que merece ser escuchado

He leído con atención las propuestas públicas de Miriam González Durántez. Comparto su preocupación por una política demasiado ocupada en sí misma y demasiado alejada de los problemas cotidianos. Cuando ella habla de profesionalizar las instituciones y combatir los privilegios, reconozco una inquietud que también me acompaña: el ciudadano no puede continuar siendo un espectador al que se llama cada cuatro años para confirmar decisiones tomadas en despachos. Reconocer esa coincidencia es una cuestión de honestidad intelectual; discrepar después no debería convertirse en una guerra de etiquetas.

La reforma de los partidos no agota la democracia

Democracia 21 ha planteado limitar mandatos, reducir asesores y exigir a los diputados encuentros frecuentes con sus electores. Son medidas concretas que merecen discusión pública. Yo me hago una pregunta anterior: ¿quién tiene el poder de decidir qué personas podrán presentarse en condiciones reales de igualdad? Mientras las direcciones de los partidos controlen de facto la composición de las listas, una parte decisiva del proceso representativo seguirá discurriendo lejos de los ciudadanos. No niego la utilidad de los partidos; cuestiono que su mediación deba ser casi exclusiva.

Personas con avales, no obediencias automáticas

Mi propuesta es estudiar una representación mucho más personal, con candidaturas respaldadas por avales y mecanismos que permitan al votante escoger personas antes que estructuras. No afirmo que sea sencillo ni que baste con pronunciar la palabra independencia. Los avales pueden favorecer a quien dispone de recursos o notoriedad; por eso habría que fijar umbrales accesibles, límites estrictos de gasto, financiación transparente y condiciones de visibilidad equitativas. También sería imprescindible preservar el pluralismo, la proporcionalidad y la posibilidad de organizarse políticamente sin restricciones arbitrarias.

La rendición de cuentas necesita consecuencias

Reunirse con vecinos cada dos semanas puede ser positivo, pero una agenda pública no equivale por sí sola a escuchar. Propongo además publicar asistencia parlamentaria, sentido del voto, conflictos de interés, reuniones con grupos de presión y cumplimiento de compromisos con datos comprensibles. Un representante debería explicar sus decisiones, también cuando cambia de criterio. Y debería existir una vía ciudadana para plantear preguntas y obtener una contestación razonada, sin convertir cada discrepancia política en una campaña de acoso o en un plebiscito permanente.

La mejora posible es combinar ambos enfoques

No veo una incompatibilidad inevitable entre la regeneración institucional defendida por Miriam y una apertura más profunda de la representación. Un sistema podría conservar partidos, incorporar listas desbloqueadas o preferencias personales, permitir candidaturas independientes con garantías y someter todo ello a evaluación constitucional y electoral. Habría que ensayar soluciones, estudiar sus efectos y corregir incentivos perversos. La reforma verdadera no consiste en proclamar que el sistema está roto, sino en diseñar reglas más justas que funcionen incluso cuando las gobierna alguien con quien no estamos de acuerdo.

Cómo poner a prueba una nueva representación

A la hora de concretar una reforma electoral, exigiría un informe jurídico público, comparaciones con otros países y un debate sobre sus efectos no deseados. El voto personal puede fortalecer el vínculo con el territorio, pero también generar campañas más caras y hacer menos visibles determinadas corrientes minoritarias. Ningún diseño electoral es neutral. Antes de llevarlo a las instituciones, habría que precisar circunscripciones, mecanismos de proporcionalidad y garantías para que las personas con menos medios no queden excluidas. Reformar no equivale a improvisar.

También me gustaría que los ciudadanos participaran en la evaluación de las reformas después de su implantación. Podrían organizarse deliberaciones plurales con expertos, asociaciones cívicas y personas seleccionadas por sorteo, sin confundir sus conclusiones con decisiones jurídicamente vinculantes. La transparencia del proceso sería tan importante como su resultado.

Mi reflexión final

Mi punto de partida es sencillo: la democracia debe pertenecer a quienes viven sus consecuencias. Si Miriam González defiende una política menos capturada por sus aparatos y yo quiero una representación más personal, el diálogo útil empieza donde convertimos ambos principios en garantías verificables. La renovación no debería medirse por la novedad de una sigla, sino por la libertad efectiva del ciudadano para elegir, controlar y exigir responsabilidades.

Fuentes y precisión editorial. Las posiciones atribuidas a Democracia 21 se basan en propuestas públicas conocidas a 14 de octubre de 2026; no constituyen necesariamente su programa electoral definitivo. Las demás propuestas se expresan como opiniones personales del autor. Fuentes: Sitio oficial de Democracia 21 · Resumen de propuestas públicas, Política Electoral · Información sobre la coalición, El País, 14/10/2026. Imagen de cabecera: ilustración editorial generada con IA.