Artículo de opinión · Agua pública

Mi propuesta para que el agua potable de calidad sea accesible para todos en España

La calidad del agua pública es una política de salud, igualdad territorial y responsabilidad presupuestaria.

Fotografía editorial ilustrativa sobre Mi propuesta para que el agua potable de calidad sea accesible para todos en España

El agua como primer servicio esencial

A menudo hablamos de grandes proyectos nacionales y olvidamos una pregunta elemental: ¿puede una familia abrir el grifo y confiar en el agua que recibe? Yo considero que el abastecimiento público debe ser una prioridad de cualquier Estado que se tome en serio la dignidad humana. No propongo que España parta de una situación generalizada de agua insegura: el sistema está regulado y se vigila. Mi reflexión es distinta. Allí donde las instalaciones envejecen, se pierde agua en las conducciones o aparecen incidencias repetidas, la administración debe actuar antes de que las familias tengan que resolver por su cuenta un problema colectivo. Beber agua segura no debería depender de la renta ni del código postal.

Diez años para renovar lo que no se ve

Mi propuesta nacional contempla un programa decenal de renovación de tuberías, depósitos, estaciones de tratamiento y redes con mayores pérdidas. Parece poco vistoso invertir bajo las calles, pero pocas decisiones públicas son tan útiles. Cada fuga representa agua tratada, energía y dinero que se desperdician; cada infraestructura deteriorada aumenta los costes de mantenimiento y puede complicar la garantía de calidad. Empezaría por un mapa público de necesidades, no por repartir fondos según influencia política. Priorizaría los municipios con incidencias sanitarias recurrentes, captaciones vulnerables y problemas documentados de nitratos u otros parámetros. Exigiría proyectos ejecutables, contratos transparentes y seguimiento periódico del dinero invertido. Las obras terminadas importarían más que las ruedas de prensa.

La transparencia tiene que llegar al hogar

El Real Decreto 3/2023 ya establece responsabilidades y controles sobre el agua de consumo. Por eso no presento la vigilancia como una invención personal. Lo que quiero añadir es una obligación de comunicación verdaderamente comprensible. Imagino que cualquier vecino pueda consultar los últimos análisis de su municipio, ver el significado de sus resultados y entender qué medidas se toman si existe una incidencia. Las administraciones deberían aprovechar el sistema oficial de información, ofrecer accesos sencillos desde sus webs y facilitar códigos QR en facturas y fuentes públicas. Un documento técnico incomprensible no equivale a rendir cuentas. No basta con publicar datos: hay que hacerlos útiles para tomar decisiones informadas.

Tecnología adecuada, no tecnología por moda

No impondría ósmosis inversa en cada instalación. En algunas aguas resulta útil; en otras puede aumentar el gasto energético y generar rechazo de agua sin proporcionar un beneficio proporcional. Los tratamientos deben decidirse a partir de análisis locales y criterios sanitarios. Donde tenga sentido, apoyaría sensores para detectar fugas o cambios de parámetros en tiempo real. También revisaría el coste de explotación: instalar equipos sofisticados sin presupuesto para mantenerlos puede terminar empeorando el servicio. La ingeniería debe ser una herramienta para mejorar la vida, no un argumento publicitario. Los contratos incluirían mantenimiento, medición de resultados y formación de los equipos municipales.

Un compromiso medible con las personas

Como economista, pediría medir volumen de agua no registrada, número de incidencias, tiempos de reparación, costes energéticos y acceso efectivo de la población. Un municipio pequeño no necesita copiar el sistema de una gran capital; necesita soluciones proporcionales a su situación. La coordinación estatal y autonómica ayudaría a financiar y supervisar las actuaciones, mientras los ayuntamientos conservarían su papel en el abastecimiento. Mi prioridad sería que cada euro de inversión produjera agua más fiable y menos pérdidas. No prometo perfección inmediata ni resultados idénticos en todas las redes: propongo poner fechas, obligaciones y responsables a una mejora que puede cambiar la vida diaria de millones de personas.

Del proyecto a los resultados

El primer paso sería publicar un diagnóstico comprensible y un calendario de actuaciones. El segundo, asegurar que las inversiones dispongan de presupuesto de mantenimiento y que la información no desaparezca cuando cambie el gobierno municipal. El tercero, abrir un proceso de revisión anual con resultados públicos, de manera que los vecinos puedan comprobar si las medidas mejoran de verdad el servicio. Lo considero importante porque una reforma no debe medirse solo en intenciones: también debe permitir reconocer lo que no funciona y rectificar sin ocultarlo.

No concebiría esta inversión como una promesa electoral de una temporada. La calidad del abastecimiento afecta a las generaciones futuras y obliga a prever cómo se financiarán también los gastos de conservación. Cada infraestructura debe tener responsables identificables, plazos de obra y mecanismos de rendición de cuentas. La transparencia evita que los problemas queden enterrados bajo el asfalto.

Estas son mis reflexiones personales basadas en la Propuesta Nacional nº 6, «Agua, alimentación saludable y reducción de plásticos». Las medidas descritas son propuestas de reforma, no normas aprobadas.

Responsabilidad y aplicación práctica

También es necesario hablar de justicia territorial. Hay zonas donde modernizar una conducción resulta mucho más caro por la dispersión de la población, y otras donde la demanda estacional multiplica la presión sobre el sistema. Un fondo estatal bien diseñado debería reconocer estas diferencias sin premiar la mala gestión ni castigar a los municipios que han invertido a tiempo. Para decidir, utilizaría datos comparables sobre fugas, antigüedad de las infraestructuras, calidad del servicio y capacidad financiera. La participación de los vecinos permitiría identificar incidencias que no siempre se aprecian desde una oficina técnica. Creo que una obra pública solo está terminada cuando funciona, cuando puede mantenerse y cuando la gente sabe a quién acudir si surge un problema. Por eso no separaría las inversiones de la formación de quienes operan las redes, de la planificación de piezas de repuesto y de las inspecciones periódicas. El agua necesita políticas de continuidad y una responsabilidad institucional capaz de sobrevivir a las legislaturas.

Marco Musumeci D'Agata
Economista político y filántropo
Presidente del Movimiento Liberal Español
marco@musumeci.es
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