Me alegra que una economía produzca más. Pero me niego a utilizar ese dato como certificado automático de bienestar. Una familia puede escuchar que el PIB aumenta mientras el alquiler consume una parte creciente de su sueldo y tarda meses en acceder a una consulta.
El Producto Interior Bruto mide actividad económica agregada. No está diseñado para describir por sí solo la distribución de la renta, la calidad del aire, la satisfacción vital o el tiempo disponible para cuidar a nuestros mayores. Precisamente por eso el INE publica indicadores multidimensionales de calidad de vida.
Quiero que el debate público incorpore la renta disponible por hogar, el esfuerzo para acceder a vivienda, los resultados de salud, el abandono educativo, la pobreza, la movilidad y la confianza institucional. Estas medidas deben leerse también por territorios y grupos de edad para no esconder problemas detrás de una media.
No propongo dejar de usar el PIB: sería renunciar a una herramienta indispensable. Propongo dejar de confundir una herramienta con el fin último de la política económica. La evolución del empleo importa, pero importan además su estabilidad, sus salarios reales y las posibilidades de progresar.
Una nación merece celebrar sus éxitos productivos. Yo quisiera que celebrara con la misma energía cuando menos niños crecen en pobreza, cuando una persona mayor recibe atención a tiempo y cuando un joven puede construir su futuro sin abandonar su ciudad.
