DEMOCRACIA22.ES

Reflexiones personales · Artículo 55

Lo que he aprendido de mis errores y de las decisiones difíciles

Por Marco Musumeci D'Agata · 12 de octubre de 2026

Ilustración editorial sobre Lo que he aprendido de mis errores y de las decisiones difíciles
Imagen editorial ilustrativa generada con inteligencia artificial.

Hablar de errores exige una honestidad incómoda. Es muy fácil presentar el pasado como una secuencia de decisiones que siempre tuvieron sentido. La memoria, sin embargo, tiende a ordenar las cosas a nuestro favor. Yo prefiero una actitud diferente: reconocer que ninguna experiencia, formación o capacidad de análisis nos vuelve inmunes a equivocarnos. La madurez no consiste en disponer de una excusa para cada fracaso, sino en desarrollar mejores maneras de decidir.

Un error puede nacer de información insuficiente, de una valoración equivocada del riesgo o de la presión por actuar demasiado deprisa. También puede surgir del orgullo: esa voz que nos anima a defender una elección solo porque lleva nuestra firma. En todos esos casos, la lección más importante no es castigarnos indefinidamente, sino distinguir qué parte estaba bajo nuestro control y qué podemos corregir.

Como economista, encuentro útil una idea aplicable también a la vida personal: los costes hundidos no deberían decidir automáticamente nuestras acciones futuras. Haber dedicado mucho tiempo o dinero a un proyecto no lo convierte en la mejor opción para mañana. A veces continuar es perseverancia y otras veces es negarse a reconocer que hemos cambiado de escenario. Saber cuándo detenerse puede requerir tanto coraje como comenzar.

Eso tampoco significa abandonar ante la primera dificultad. Hay decisiones que exigen paciencia y compromisos que merecen sostenerse incluso cuando resultan costosos. Por eso desconfío de las recetas absolutas. Cada situación requiere evaluar probabilidades, consecuencias, personas afectadas y alternativas reales. La prudencia no es cobardía; es la voluntad de actuar con conciencia de lo que ignoramos.

También he aprendido a valorar una disculpa bien formulada. No es suficiente pronunciar la palabra «perdón» para cerrar una conversación. Si nuestra decisión perjudicó a alguien, lo que importa es reconocer el daño, intentar repararlo y modificar la conducta que lo produjo. La coherencia se demuestra más en las correcciones que en los discursos sobre nuestra propia rectitud.

Hay una virtud que considero especialmente útil en los momentos de incertidumbre: hacer explícitas nuestras hipótesis antes de actuar. ¿Qué tendría que ocurrir para que una decisión resultara adecuada? ¿Qué señal nos indicaría que estamos equivocados? Cuando formulamos estas preguntas al principio, nos resulta más fácil corregir el rumbo después. En cambio, si definimos el éxito retrospectivamente, siempre encontraremos una explicación que nos permita no aprender nada.

Las decisiones difíciles también revelan a quién dejamos participar. Escuchar a una persona afectada por una política o por un cambio empresarial puede descubrir consecuencias que las hojas de cálculo no anticipan. No se trata de renunciar al conocimiento experto, sino de complementarlo con experiencia vivida. La autoridad técnica debería ayudarnos a formular preguntas mejores, no a cerrar conversaciones antes de tiempo.

No pretendo presentarme como alguien que ya ha resuelto sus contradicciones. Me interesa lo contrario: seguir siendo una persona capaz de revisar ideas, pedir consejo y admitir evidencia nueva. Los errores pueden convertirse en una escuela, pero solo cuando dejamos de maquillarlos como victorias. Si una decisión difícil me obliga a elegir entre parecer infalible y actuar con responsabilidad, quisiera tener siempre la lucidez de escoger lo segundo.

Marco Musumeci D'Agata

Economista político y filántropo

Presidente del Movimiento Liberal Español

Creo en el diálogo y la libertad de pensamiento. Si deseas compartir una reflexión, puedes escribirme: marco@musumeci.es

Leer más artículos de opinión →