Opinión · Humanismo y sociedad

La política del mañana se construye hoy: mi invitación a recuperar la dignidad humana

Tras una experiencia que cambió mi manera de mirar la vida, defiendo una política donde la libertad económica, la solidaridad y el respeto por cada persona caminen juntos.

Artículo de opinión · Marco Musumeci D'Agata · 16 de octubre de 2026 · 6 min de lectura
Retrato editorial de Marco Musumeci D'Agata
Marco Musumeci D'Agata. Retrato editorial elaborado con inteligencia artificial a partir de una fotografía proporcionada por el autor.

Cuando dejamos de creer que las cosas pueden mejorar

Hay algo que me preocupa más que la crispación política: la costumbre de resignarnos. Nos hemos habituado a convivir con problemas que nunca deberíamos aceptar como normales. Personas que trabajan y no pueden ahorrar, jóvenes para quienes independizarse parece una quimera, mayores que temen quedarse solos y pacientes que afrontan la enfermedad con una incertidumbre que va más allá del diagnóstico. Mientras tanto, demasiadas conversaciones públicas se consumen en la polémica del día y apenas encuentran tiempo para la vida real.

No niego el valor de las grandes cifras económicas. Como economista sé que el empleo, la productividad, la inversión y la estabilidad de las cuentas públicas importan. Pero una economía no existe para que sus indicadores luzcan bien en una rueda de prensa. Existe para que las personas puedan vivir con más seguridad, libertad y esperanza. Si el progreso no se percibe en las casas, en los barrios y en los centros de salud, debemos preguntarnos a quién está llegando y qué se está quedando por el camino.

Me niego a creer que la política deba limitarse a administrar ese desencanto. Su tarea es escuchar, comprender, decidir y rendir cuentas. Es reconocer que los ciudadanos merecen respuestas concretas, incluso cuando no caben en un eslogan.

La experiencia que cambió mis prioridades

Mi forma de entender el servicio público cambió profundamente cuando me enfrenté a un sarcoma de alto grado y a la afectación metastásica de mis pulmones. Vivir una enfermedad grave altera el significado de muchas cosas. El tiempo deja de ser una abstracción; la salud deja de darse por supuesta; un gesto de cuidado, una explicación médica clara o la compañía de una persona querida pueden adquirir un valor inmenso.

Esa experiencia me obligó a mirar de frente la vulnerabilidad. Detrás de cada diagnóstico no hay un expediente: hay alguien que ama, que trabaja, que tiene miedo y que todavía guarda proyectos. Detrás de cada demora o dificultad administrativa puede haber una familia agotada. Y detrás de cada decisión pública hay consecuencias que alguien vive en primera persona.

No creo que el sufrimiento otorgue automáticamente razón ni superioridad moral. Tampoco pretendo convertir mi experiencia en una credencial política. Sí creo, en cambio, que puede enseñarnos a escuchar mejor y a ser más exigentes con la humanidad de nuestras instituciones. Haber conocido esa fragilidad reforzó una convicción: una sociedad digna no debería abandonar a las personas cuando más necesitan apoyo.

Liberalismo con Alma: dos principios que se necesitan

Con frecuencia se presentan la libertad económica y la justicia social como aspiraciones incompatibles. Rechazo esa falsa elección. Defiendo la iniciativa individual, la propiedad privada, la competencia, el emprendimiento y el derecho a prosperar con el propio esfuerzo. Al mismo tiempo, considero imprescindible que la comunidad proteja de manera eficaz a quienes afrontan situaciones de vulnerabilidad.

A esa manera de entender la convivencia la llamo Liberalismo con Alma. No es una excusa para prometerlo todo ni una teoría destinada a quedar bonita sobre el papel. Es una exigencia práctica: que las instituciones faciliten la creación de riqueza y, a la vez, midan su éxito por la dignidad real de las personas. La libertad necesita oportunidades; la solidaridad necesita eficacia; ambas necesitan responsabilidad.

No deseo un Estado más grande por dogma ni más pequeño por reflejo. Quiero un Estado mejor: capaz de garantizar derechos, ofrecer una sanidad excelente, asegurar reglas justas, reducir burocracia y justificar el impacto de cada euro público. Y quiero una sociedad civil fuerte, porque ninguna administración puede sustituir la creatividad, el conocimiento y la cercanía de millones de ciudadanos.

La dignidad no es una partida presupuestaria

Cuando una persona mayor sufre soledad, cuando una familia no consigue una vivienda estable o cuando un paciente espera una respuesta decisiva, los poderes públicos no deberían conformarse con explicar procedimientos. Deben poder demostrar resultados. Eso exige objetivos verificables, evaluación independiente, transparencia y capacidad de rectificar cuando algo falla.

La humanidad en política no consiste en hablar siempre con emoción. Consiste en diseñar sistemas que funcionen también para quien carece de contactos, recursos o fuerza para reclamar. Significa que un autónomo no pierda semanas en trámites evitables, que un joven encuentre oportunidades sin depender de privilegios familiares y que un mayor sea tratado con respeto, no como un coste inevitable.

Una sociedad próspera no es aquella en la que todos obtienen lo mismo, sino aquella en la que nadie tiene que renunciar a su dignidad para seguir adelante. Ese debería ser un punto de encuentro entre sensibilidades diferentes, no un motivo más de división.

Una invitación a la inteligencia colectiva

Nadie posee todas las respuestas. Por eso desconfío de los proyectos que descansan sobre una sola persona o que consideran la discrepancia una amenaza. España cuenta con médicos, docentes, investigadores, comerciantes, trabajadores, ingenieros, jóvenes y jubilados cuya experiencia raramente llega a la conversación política con el peso que merece.

Si queremos cambiar las cosas, debemos ampliar esa conversación. Escuchar al profesional sanitario que conoce los problemas de un hospital, al autónomo que convive con la burocracia, al profesor que ve las dificultades de sus alumnos y a la familia que intenta organizar sus cuidados. No se trata de acumular testimonios para una fotografía: se trata de transformar ese conocimiento en propuestas contrastables.

La plataforma Democracia22.es nace para contribuir a ese intercambio de ideas. En ella comparto mis reflexiones como opiniones personales, abiertas a la crítica y al debate. No pido adhesión automática ni unanimidad. Invito a leer, cuestionar, proponer y sumar una mirada diferente. Ninguna sigla debe apropiarse del derecho de los ciudadanos a pensar por sí mismos.

La política del mañana comienza hoy

He aprendido que el tiempo es uno de nuestros bienes más valiosos. No podemos saber cuánto tenemos, pero sí decidir en qué queremos emplearlo. Yo quiero dedicar una parte importante del mío a promover una sociedad más libre, responsable y humana. No desde la idea de que exista una solución sencilla para cada problema, sino desde la convicción de que la resignación no puede ser nuestra respuesta.

A quienes se sienten alejados de la política, les pido que no renuncien a su capacidad de influir. A los jóvenes, que sigan exigiendo oportunidades. A los profesionales, que compartan su conocimiento. A quienes discrepan de mí, que participen también: una sociedad mejora cuando sus ideas se contrastan con respeto.

La política del mañana no comienza después de unas elecciones ni cuando alguien alcanza un cargo. Empieza hoy, cuando entendemos que la dignidad de los demás también forma parte de nuestra responsabilidad común. No necesitamos esperar a que alguien construya una España mejor por nosotros. Necesitamos empezar a construirla juntos.

Marco Musumeci D'Agata
Economista político y filántropo
Presidente del Movimiento Liberal Español
marco@musumeci.es
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