Artículo de opinión · Tecnología y economía

La inteligencia artificial puede crear riqueza, pero ¿quién disfrutará de sus beneficios?

La automatización puede elevar la productividad, pero la cuestión política decisiva es cómo se distribuyen sus oportunidades y riesgos.

Profesionales colaborando en un entorno de innovación

La inteligencia artificial avanza con una velocidad que obliga a pensar en algo más que sus capacidades técnicas. Puede redactar, analizar documentos, detectar patrones y apoyar tareas profesionales. Pero la pregunta que más me interesa no es qué tareas realizará una máquina. Es quién disfrutará del valor generado cuando empresas y administraciones produzcan más con menos tiempo.

Como economista, no quiero caer ni en el entusiasmo ingenuo ni en el miedo automático. La historia tecnológica ofrece ejemplos de innovaciones que crearon profesiones y oportunidades, pero también de transiciones que perjudicaron a trabajadores y territorios durante años. Que una herramienta sea útil no significa que sus ventajas se repartan espontáneamente. Esa distribución depende de decisiones empresariales, formación, competencia y políticas públicas.

La productividad es una oportunidad, no un reparto automático

Según Eurostat, en 2025 el 20 % de las empresas de la Unión Europea con al menos diez empleados utilizó tecnologías de inteligencia artificial, frente al 13,5 % de 2024. La adopción avanza, pero con diferencias entre empresas y países. La cifra no demuestra por sí sola una ganancia equivalente de productividad ni permite predecir empleos que desaparecerán. Sí indica que la transformación ya es una cuestión económica práctica. Fuente: Eurostat, diciembre de 2025.

Pienso en una pequeña asesoría que automatiza parte de su documentación y puede dedicar más atención a sus clientes. Pienso también en un trabajador administrativo cuyas tareas cambian de forma brusca. Para el primero puede ser una ventaja competitiva; para el segundo, incertidumbre. Una política tecnológica razonable debe mirar ambas historias y construir puentes entre ellas.

La formación y la competencia importan tanto como el software

Me preocupa la posibilidad de que las pequeñas empresas queden rezagadas mientras grandes operadores concentran datos, capital y capacidad computacional. La solución no es frenar toda innovación, sino facilitar formación, interoperabilidad, competencia y acceso a herramientas adecuadas. Las políticas de apoyo deberían demostrar resultados: empresas que mejoran procesos, trabajadores que adquieren capacidades y servicios públicos que reducen tiempos sin sacrificar garantías.

La formación continua debe dejar de ser una frase decorativa. No basta con anunciar cursos; hay que medir si ayudan a mantener empleos, mejorar salarios o permitir una transición laboral. Y debemos recordar que la alfabetización tecnológica no es igual para todas las edades. Una administración que digitaliza sin alternativas accesibles puede crear una nueva exclusión.

Una transición responsable también debería observar dónde se concentra el poder de negociación. Si una empresa ahorra costes gracias a herramientas que solo unos pocos proveedores controlan, puede acabar dependiendo de plataformas cuyos precios y condiciones cambien con rapidez. Las pequeñas compañías necesitan información para elegir soluciones y capacidad para mover sus datos con seguridad. Sin competencia y transparencia, una tecnología liberadora puede convertirse en una nueva fuente de dependencia.

En el sector público la cuestión es todavía más delicada. Una herramienta que ayuda a clasificar expedientes puede ser valiosa, pero cuando una decisión afecta a prestaciones, derechos o prioridades de atención, el ciudadano debe entender el procedimiento, disponer de vías de revisión y no quedar atrapado en una caja negra. Automatizar una injusticia solo consigue hacerla más rápida. Por eso insisto en combinar evaluación técnica, protección de datos, responsabilidad humana y procedimientos de reclamación comprensibles.

Quiero introducir otra pregunta en el debate: ¿qué capacidades humanas debemos cultivar precisamente porque la máquina mejora? Pensamiento crítico, empatía, criterio profesional y capacidad de formular problemas seguirán siendo esenciales. La formación no puede consistir en enseñar a pulsar botones que mañana cambiarán. Debe ayudar a comprender cómo utilizar herramientas nuevas sin perder autonomía intelectual. La gran oportunidad de la inteligencia artificial no es que dejemos de pensar, sino que podamos dedicar más energía a pensar mejor.

¿Quién gana tiempo con la innovación?

Hay otra cuestión que considero decisiva: el tiempo recuperado. Si la inteligencia artificial aumenta la productividad, ¿se traducirá parte de esa mejora en jornadas mejor organizadas, más atención al paciente, menos burocracia y más capacidad de conciliar? ¿O servirá únicamente para exigir más velocidad? No existe una respuesta inevitable. Las empresas necesitan incentivos para invertir y las personas necesitan participar de los beneficios del cambio.

Quiero una sociedad que abrace la innovación con responsabilidad. No me interesa prometer un futuro sin esfuerzo ni describir una catástrofe inevitable. Me interesa construir instituciones capaces de repartir oportunidades, proteger derechos y conservar criterio humano donde una decisión afecte a una vida. La tecnología será verdaderamente progreso cuando nos ayude a vivir mejor, no solo a producir más.

Marco Musumeci D'Agata
Economista político y filántropo
Presidente del Movimiento Liberal Español
marco@musumeci.es
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