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La fragilidad humana me ha enseñado a mirar el mundo de otra manera

Ilustración editorial del artículo: La fragilidad humana me ha enseñado a mirar el mundo de otra manera

Me interesa hablar de la fragilidad porque suele presentarse como un defecto del que deberíamos avergonzarnos. La asociamos al envejecimiento, a la enfermedad o a momentos en que necesitamos ayuda. Sin embargo, nadie construye su vida de manera completamente autónoma. Dependemos de alimentos que otros producen, de conocimientos que otros transmiten, de servicios compartidos y de personas que nos cuidan cuando nuestras fuerzas disminuyen. Esta interdependencia no nos quita libertad: es una de las condiciones que la hacen posible. Cuanto antes comprendamos que una persona puede necesitar apoyo sin perder su valor, más coherente será nuestra idea de una sociedad libre.

La fortaleza física, económica o profesional no constituye una garantía permanente. Una lesión puede alterar la rutina de una familia, una crisis puede hacer desaparecer un negocio y una decisión ajena puede deshacer años de esfuerzo. Estas posibilidades no deberían paralizarnos. Son razones para diseñar sistemas que permitan recuperarse. En economía solemos hablar de resiliencia: capacidad de afrontar una perturbación, adaptarse y seguir funcionando. Me gustaría trasladar ese concepto del mundo de las empresas al bienestar humano. Una sociedad resiliente es aquella que no abandona a quien atraviesa una dificultad ni obliga a empezar siempre desde cero.

Pienso en el trabajador autónomo que mantiene su actividad con ingresos irregulares. Desde fuera puede parecer completamente independiente; por dentro quizá vive pendiente del siguiente pago, de una enfermedad que le impida abrir el negocio o de una obligación administrativa inesperada. Un marco de protección proporcionado y comprensible no destruye el espíritu emprendedor. Puede darle el margen necesario para asumir riesgos razonables sin poner en peligro su existencia cotidiana. No se trata de prometer seguridad absoluta, algo imposible, sino de hacer que la protección sea previsible, transparente y compatible con los incentivos para trabajar y prosperar.

La fragilidad tampoco pertenece únicamente a quien tiene ingresos bajos. Se puede disponer de patrimonio y experimentar aislamiento. Se puede ocupar una posición de responsabilidad y no saber pedir ayuda. Se puede vivir rodeado de personas y no sentirse escuchado. Por eso rechazo medir la dignidad en términos de riqueza, productividad o reconocimiento social. Son dimensiones que pueden tener valor en la organización económica; no determinan el valor de una persona. Una sociedad que solo admira a los vencedores deja sin lenguaje propio a quienes necesitan tiempo, cuidados o una segunda oportunidad.

En política esta reflexión tiene una consecuencia directa: no basta con proclamar derechos. Hay que comprobar si pueden ejercerse cuando las circunstancias se vuelven difíciles. ¿Puede una persona con movilidad reducida acceder a una oficina pública? ¿Puede un mayor realizar un trámite sin ordenador? ¿Puede quien cuida a un familiar encontrar horarios compatibles con su empleo? ¿Puede un joven sin respaldo económico formarse y buscar oportunidades? Estas preguntas revelan barreras concretas. Algunas se resuelven con inversión; otras, con cambios organizativos relativamente sencillos. Todas exigen escuchar a quienes experimentan el problema.

Pero el reconocimiento de la vulnerabilidad también tiene límites que debemos respetar. Una persona que recibe ayuda no se convierte en propiedad de la administración ni pierde su derecho a decidir. El paternalismo puede adoptar formas amables y, aun así, resultar invasivo. La atención sanitaria requiere información y consentimiento; las políticas sociales deben preservar la privacidad y la autonomía; los programas de empleo deben facilitar opciones y no imponer identidades. La protección es legítima cuando amplía la capacidad de decidir, no cuando reduce a los ciudadanos a expedientes que otros gestionan según sus preferencias.

Me preocupa la confusión entre compasión y espectáculo. Las historias difíciles pueden despertar solidaridad, pero no deberían utilizarse para exhibir a las personas vulnerables ni para atribuirse méritos políticos. La dignidad exige discreción, rigor y respeto. Una medida merece reconocimiento si mejora las condiciones de quienes la necesitan, no por la fotografía de quien la anuncia. Por eso defiendo publicar indicadores de tiempos de espera, accesibilidad, continuidad asistencial y satisfacción de los usuarios, junto con mecanismos efectivos de reclamación. La humanidad institucional debe demostrar resultados.

También existe una responsabilidad fuera del gobierno. Las empresas pueden diseñar puestos más inclusivos; las asociaciones pueden crear redes de acompañamiento; los vecinos pueden detectar situaciones de aislamiento. No todas estas iniciativas son intercambiables con los servicios profesionales. La ayuda voluntaria tiene límites y no puede cargar sobre unos pocos aquello que exige financiación colectiva. Pero la cooperación cotidiana amplía la fuerza de cualquier política y recuerda que la ciudadanía no es solo beneficiaria o contribuyente: es protagonista de la convivencia.

Un último aspecto es la previsión. Construir entornos accesibles, planificar sistemas de cuidados y facilitar la prevención supone reconocer límites humanos antes de que se conviertan en urgencias. Esa previsión puede parecer menos espectacular que responder a una crisis, pero evita perjuicios reales. En el presupuesto público, valorar solo la intervención visible corre el riesgo de infravalorar el mantenimiento, la formación y la coordinación. Yo mediría también los problemas que una buena organización logra prevenir, sin atribuir causalidades apresuradas ni prometer que toda situación difícil puede evitarse.

En definitiva, comprender la vulnerabilidad es una forma de diseñar mejor, no un argumento para vigilar más. Me gustaría que esa distinción estuviera presente cuando evaluamos la administración, una empresa o un servicio de cuidado. La pregunta no es solo si existe una protección, sino si se puede utilizar sin obstáculos desproporcionados y sin perder autonomía. Tampoco basta con contar destinatarios: hace falta preguntarles si la medida ayuda a vivir de acuerdo con sus propios objetivos. Esa atención a las consecuencias reales debería formar parte de cualquier política que se presente como humanista.

La conciencia de nuestra fragilidad me lleva a valorar más la libertad, no menos. Precisamente porque nuestras circunstancias pueden cambiar, necesitamos instituciones que respeten derechos y faciliten reconstruir proyectos de vida. Quiero un Estado competente y limitado por garantías, una economía que recompense el esfuerzo y una comunidad que no mire hacia otro lado cuando alguien cae. No encuentro contradicción entre esas tres aspiraciones. Las considero partes de un mismo compromiso: que ninguna persona pierda su dignidad cuando descubre que no puede hacerlo todo sola.

Marco Musumeci D'Agata

Economista político y filántropo

Presidente del Movimiento Liberal Español

marco@musumeci.es

Creo en el diálogo, la libertad de pensamiento y el valor de escuchar a los demás.