Artículo de opinión · Economía y sociedad

La fiscalidad no debería castigar a quien transforma una pequeña empresa en una gran empresa

Crecer debe ser una oportunidad, no un laberinto de umbrales e incentivos contradictorios.

Artículo de opinión · Marco Musumeci D'Agata · 13 de octubre de 2026 · 4 min de lectura
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Hay decisiones fiscales que parecen simples cuando se resumen en un porcentaje. Yo prefiero analizarlas desde sus efectos sobre personas, empresas y servicios públicos. Crecer debe ser una oportunidad, no un laberinto de umbrales e incentivos contradictorios. En mi Propuesta Nacional nº 1 he defendido una arquitectura coordinada: el IRPF, el Impuesto sobre Sociedades y el tratamiento de determinados dividendos deben estudiarse juntos, no como tres piezas inconexas. Mis convicciones liberales no me autorizan a prometer resultados que todavía no están demostrados. Por eso considero imprescindible comparar el efecto inmediato sobre la recaudación con los cambios de comportamiento que podrían aparecer después.

Los costes de pasar de escala

En España abundan pequeñas sociedades que afrontan retos al incorporar trabajadores, profesionalizar sus procesos o abrir nuevos mercados. Una empresa que crece necesita más controles, pero la regulación puede provocar saltos de coste difíciles de absorber. La fiscalidad forma parte de esa ecuación. Un régimen diseñado para favorecer microempresas puede perder sentido si hace demasiado caro superar un umbral de tamaño. La cuestión no es eliminar toda obligación a las compañías mayores, sino cuidar la continuidad de los incentivos durante las transiciones.

La paradoja de la forma jurídica

La exención de dividendos de SL contenida en mi propuesta pretende favorecer negocios de capital cerrado. Sin embargo, si una empresa se reorganiza como sociedad anónima para captar inversores o acceder a determinadas operaciones, la tributación personal de sus socios podría cambiar. Hay que estudiar si esta diferencia introduce una penalización no deseada justo cuando el negocio logra crecer. Defenderé la filosofía original de apoyar a los emprendedores, pero considero imprescindible modelizar estas trayectorias antes de convertir la propuesta en ley.

Fiscalidad y acceso al capital

Una empresa en expansión puede necesitar socios minoritarios, financiación bancaria, fondos de inversión o alianzas internacionales. La estructura tributaria influye en la remuneración del capital y en la negociación entre accionistas. El legislador debería evitar que las reglas diseñadas para simplificar generen nuevas estructuras complejas para sortearlas. También importa que los incentivos no excluyan empresas eficientes por su antigüedad ni favorezcan divisiones artificiales de sociedades. Una buena reforma premia actividad verdadera y resulta comprensible para una persona que no dispone de un gran departamento fiscal.

Un objetivo que merece continuidad

Quiero que la pequeña empresa que hoy mantiene tres puestos de trabajo pueda imaginar diez, cincuenta o cien sin sentir que el sistema la castiga por su éxito. No significa subvencionar sin límite a una compañía; significa diseñar normas progresivas, verificables y proporcionadas. La política económica debe incentivar la productividad y la creación de valor en todas las etapas. Mi compromiso no es con un tamaño ideal de empresa, sino con las oportunidades que nacen cuando las empresas pueden evolucionar de manera sana.

Consecuencias que conviene anticipar

La empresa que supera cierto tamaño puede convertirse en proveedora de mercados internacionales y crear una red de empleos indirectos. Sin embargo, crecer exige invertir primero y asumir riesgos antes de comprobar si el nuevo mercado responderá. Un marco fiscal predecible puede disminuir la incertidumbre, pero un incentivo discontinuo puede crear el efecto opuesto: retrasar contrataciones, dividir negocios o alterar decisiones de financiación. Son respuestas que vale la pena estudiar antes de legislar.

Mi propuesta de sociedades limitadas plantea aquí un interrogante específico: un empresario puede necesitar abrir capital o adoptar otra forma societaria en una fase de expansión. Si al hacerlo pierde un tratamiento favorable sobre dividendos, el diseño podría contener un obstáculo que nunca fue su objetivo. La solución debe buscarse con transparencia, sin alterar de forma silenciosa lo que dice el documento original ni descartar opciones alternativas sin un estudio jurídico y económico.

La prueba decisiva

Los incentivos deben examinarse desde el nacimiento de la empresa hasta su expansión internacional. Si las ventajas se pierden abruptamente al superar cierto tamaño o al cambiar de forma societaria, pueden reducirse precisamente los proyectos más ambiciosos.

La mejor defensa de una propuesta económica no es negar sus riesgos, sino definir cómo sabremos si está funcionando. Me gustaría que España pudiera discutir reformas profundas sin convertir cada cifra en una trinchera. Quiero empresas fuertes, ciudadanos con autonomía y unos servicios públicos que respondan cuando se los necesita. Si los resultados confirman los efectos positivos, habrá razones para perseverar; si las evidencias contradicen nuestras hipótesis, tendremos la obligación de rectificar. Eso es para mí gobernar con responsabilidad: libertad para crear y humanidad para decidir a quién debe beneficiar el progreso.

Marco Musumeci D'Agata
Economista político y filántropo
Presidente del Movimiento Liberal Español
marco@musumeci.es
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