Artículo de opinión · Envejecimiento y futuro

La esperanza de vida aumenta, pero ¿estamos preparados para vivir más años con dignidad?

Vivir más no basta: la longevidad obliga a repensar prevención, cuidados, ciudades, participación y autonomía.

Personas mayores comparten un paseo

Vivir más años es uno de los grandes logros de las sociedades modernas. El avance sanitario y las mejores condiciones de vida han transformado nuestra relación con la edad. Pero ese éxito trae una pregunta que deberíamos formular con mucha más ambición: ¿qué estamos haciendo para que esos años adicionales se vivan con autonomía, relaciones y sentido? La longevidad no debería evaluarse solo como una cifra.

Pienso en una persona que llega a una edad avanzada con ganas de caminar, aprender y participar. También en quien necesita apoyos continuos para tareas básicas. Son realidades distintas, y una sociedad responsable no debería construir una única imagen de la vejez. Ni todas las personas mayores son dependientes ni todas pueden resolver sus necesidades con voluntad individual.

La prevención empieza mucho antes de la vejez

Hablar de envejecimiento digno implica actuar durante toda la vida. Los hábitos saludables, la atención primaria, la prevención de enfermedades y los entornos seguros pueden influir en la calidad de los años posteriores. No se trata de prometer que toda enfermedad sea evitable ni de culpar a quien la padece. Se trata de organizar mejor los recursos para reducir riesgos prevenibles y detectar dificultades antes de que provoquen pérdida de autonomía.

También necesitamos políticas de salud que escuchen a las personas y a los profesionales. La atención fragmentada puede obligar a un mayor con varias dolencias a navegar entre consultas sin coordinación suficiente. Mejorar continuidad asistencial, información comprensible y apoyo a cuidadores puede valer tanto como ampliar una prestación aislada.

Ciudades que permiten seguir viviendo

Una acera accesible, un banco, un transporte fiable y un comercio cercano pueden determinar si una persona sale cada día de casa o termina recluyéndose. El urbanismo, por tanto, es también política de envejecimiento. Si diseñamos ciudades únicamente para desplazamientos rápidos y grandes operaciones inmobiliarias, dejamos fuera a quienes necesitan otra escala de tiempo.

Me gustaría que los municipios evaluaran sus barrios desde la perspectiva de un vecino de ochenta años: ¿puede llegar a la farmacia? ¿Hay sombra y lugares para descansar? ¿Puede participar en actividades culturales? ¿Existen espacios donde las generaciones se encuentren? Las respuestas dirían mucho sobre nuestro concepto real de calidad de vida.

La vivienda desempeña un papel decisivo en este debate. Una persona puede conservar muchas capacidades y, sin embargo, encontrar enormes dificultades si vive en un edificio sin ascensor, aislado del transporte o lejos de servicios básicos. La adaptación progresiva de viviendas y barrios puede ayudar a mantener autonomía. También exige información fiable para las familias y una planificación urbana que no deje para el final las necesidades de una población que envejece.

Otro desafío es la soledad no deseada, que no equivale simplemente a vivir sin compañía en casa. Hay quienes viven solos y mantienen relaciones satisfactorias, y quienes conviven con familiares pero se sienten profundamente aislados. Las respuestas deben evitar paternalismos y ofrecer espacios de participación voluntaria, cultura, aprendizaje y redes comunitarias. La dignidad implica reconocer preferencias distintas, no imponer una idea única de cómo debe ser la vejez.

Me preocupa que debatamos el envejecimiento principalmente como un problema contable. Las cuentas importan, y mucho, pero no resumen la cuestión. Una política de longevidad debería explicar cómo financiamos servicios y pensiones, cómo apoyamos la actividad económica y cómo garantizamos calidad y coordinación asistencial. Al mismo tiempo, debe preguntarse qué desea la persona mayor, qué decisiones puede seguir tomando y cómo favorecer vínculos significativos. Vivir más debería ser una oportunidad, no una forma prolongada de invisibilidad.

La experiencia no debería retirarse de la sociedad

Hay además una cuestión cultural. Con frecuencia hablamos de los mayores solamente como destinatarios de gasto social. Olvidamos su capacidad para transmitir conocimiento, acompañar a jóvenes, emprender, colaborar y participar en decisiones comunitarias. Reconocer esa aportación no significa exigir que toda persona siga activa indefinidamente. Significa mantener abiertas opciones y escuchar su voluntad.

El envejecimiento de la población plantea retos financieros y organizativos que debemos abordar con seriedad. Pensiones, cuidados y sanidad necesitan sostenibilidad, y esa sostenibilidad requiere actividad económica y buena gestión. Pero el debate no puede olvidar su finalidad. Quiero una sociedad preparada para vivir más porque está preparada para cuidar mejor, respetar la autonomía y ofrecer sentido a todas las etapas de la vida.

Marco Musumeci D'Agata
Economista político y filántropo
Presidente del Movimiento Liberal Español
marco@musumeci.es
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