Artículo de opinión · Democracia y sociedad

La dignidad humana debería ser el principal indicador del éxito de un Gobierno.

El progreso merece medirse por las condiciones reales de vida y no solo por las cifras macroeconómicas.

El progreso merece medirse por las condiciones reales de vida y no solo por las cifras macroeconómicas.

Durante décadas hemos hablado de crecimiento económico como si el aumento de una cifra bastara para demostrar que una sociedad progresa. Soy economista y valoro los datos: sin producción, inversión ni empleo es difícil financiar los servicios y las oportunidades que necesitamos. Pero sé también que un país puede presentar buenos indicadores agregados mientras muchos ciudadanos viven con miedo a perder su vivienda, retrasan una consulta médica o renuncian a formar una familia. Por eso defiendo que la dignidad humana ocupe el centro de la evaluación política. El producto interior bruto importa; la vida que permite construir importa todavía más.

Hablar de dignidad no significa convertirla en una cifra artificial ni ignorar la complejidad de cada experiencia personal. Significa observar condiciones concretas: acceso a una vivienda adecuada, atención sanitaria oportuna, seguridad cotidiana, educación útil, movilidad accesible, protección frente a la pobreza y capacidad de decidir sobre la propia vida. Una administración que registra millones de trámites puede resultar ineficaz si los ciudadanos tardan meses en recibir respuesta. Las estadísticas deben acercarse a la experiencia humana y no servir para ocultarla detrás de promedios cómodos.

Medir lo que importa

Una medida esencial sería construir un cuadro público de bienestar con indicadores verificables y desagregados. No basta con comunicar la media nacional si existen enormes diferencias territoriales o entre generaciones. Me interesaría saber cuánto tiempo espera un paciente según su provincia, qué esfuerzo económico representa el alquiler para diferentes hogares, cómo evoluciona el abandono escolar y cuántas personas mayores carecen de apoyo suficiente. Publicar esa información no resolverá automáticamente los problemas, pero permitirá detectar dónde se concentran y si las políticas los están reduciendo.

No confundo igualdad con equidad. Tratar exactamente igual situaciones profundamente distintas puede perpetuar desventajas. Una persona con discapacidad que necesita asistencia para desplazarse no parte de las mismas condiciones que otra que puede moverse libremente. Una familia monoparental dispone de tiempos y apoyos diferentes a los de un hogar con varios ingresos. Defiendo servicios universales cuando corresponde y apoyos ajustados a las necesidades reales, con reglas transparentes y controles proporcionados. El objetivo no es repartir etiquetas, sino ampliar la libertad efectiva de cada persona.

La dignidad exige asimismo respeto institucional. Un ciudadano no debería sentirse humillado para acceder a una prestación a la que tiene derecho ni repetir su historia ante oficinas que no comparten información. El trato recibido en una ventanilla, en una urgencia o durante un proceso judicial forma parte de la calidad del Estado. Propongo medir también tiempos de respuesta, claridad de las comunicaciones, accesibilidad y resolución de quejas. No son detalles accesorios: para quien vive una situación vulnerable pueden marcar la diferencia entre recibir apoyo a tiempo o abandonar por agotamiento.

Equidad y oportunidades

La sostenibilidad económica es imprescindible. Una política social anunciada sin financiación estable puede generar expectativas que después se incumplen. Por eso quiero costes publicados, evaluación de impactos, revisión de programas ineficaces y capacidad de reasignar recursos hacia necesidades demostradas. No se trata de enfrentar economía y humanidad; se trata de diseñar instituciones que conviertan recursos limitados en mejoras comprobables. Invertir bien en prevención sanitaria, formación o vivienda puede evitar sufrimiento y también gastos futuros. Pero esos beneficios deben evaluarse con rigor, no inventarse.

Reconozco que medir la vida digna plantea debates legítimos. ¿Qué importancia otorgamos a la libertad de elección frente a la provisión pública? ¿Cómo valoramos diferencias culturales y personales? Mi respuesta no sería imponer un modelo único de felicidad, sino garantizar un suelo de derechos y oportunidades desde el que cada persona pueda construir su proyecto. Los indicadores deben servir para descubrir privaciones, no para dictar cómo debe vivir nadie. La Administración puede facilitar las condiciones de una vida buena; no puede apropiarse de su definición.

No deberíamos medir solo la disponibilidad de un servicio, sino la posibilidad efectiva de utilizarlo. Una cita sanitaria que existe en el sistema, pero exige desplazarse durante horas, no ofrece las mismas oportunidades que otra accesible cerca del domicilio. Una ayuda pública cuya solicitud exige conocimientos jurídicos complejos puede dejar fuera a quienes más la necesitan. Me parece fundamental incorporar accesibilidad territorial, tiempo y claridad administrativa a cualquier evaluación seria de bienestar. La distancia entre el derecho escrito y su ejercicio cotidiano debe ser visible para los responsables públicos.

Dignidad con rigor económico

La opinión de los usuarios también importa, siempre que se combine con información objetiva. Las encuestas permiten conocer trato, comprensión y confianza, pero no sustituyen los indicadores clínicos, educativos o financieros. La evaluación responsable reúne perspectivas diferentes, examina efectos adversos y publica limitaciones. Solo así podremos distinguir mejoras reales de campañas de comunicación exitosas. Quiero que el bienestar sea una obligación que pueda revisarse, no una palabra que cada gobierno interprete a conveniencia.

Me gustaría que, al terminar una legislatura, la principal pregunta no fuera cuántas leyes se aprobaron o cuántas ruedas de prensa se celebraron. Preguntaría si los ciudadanos viven más seguros, si un trabajador puede sostener su hogar, si los jóvenes encuentran oportunidades y si los mayores reciben compañía y cuidados cuando los necesitan. El crecimiento tendrá entonces un significado reconocible. Para mí, el éxito de un Gobierno consiste en mejorar las condiciones de vida sin reducir la libertad de quienes debe servir. Esa es una economía con conciencia social.