La dignidad de nuestros mayores revela qué sociedad estamos construyendo

Me cuesta aceptar que una sociedad presuma de progreso mientras trata el envejecimiento como una molestia administrativa. Nuestros mayores no forman un grupo homogéneo. Algunos desean seguir trabajando, viajando o participando en asociaciones; otros necesitan apoyos cotidianos, atención sanitaria continua o compañía. Reducir esa diversidad a una imagen de dependencia sería tan injusto como ignorar las necesidades reales de quienes la viven. Para mí, la dignidad consiste en conservar voz, derechos y capacidad de elección durante todas las etapas de la vida, con los apoyos necesarios cuando la autonomía se modifica.
La vivienda es una parte decisiva de esta reflexión. Permanecer en el propio hogar puede significar conservar recuerdos, vecindad y una rutina valiosa. Pero no siempre es la opción adecuada: una casa inaccesible o aislada puede generar riesgos. Deberíamos ofrecer alternativas, no imponer soluciones uniformes. Adaptaciones de accesibilidad, atención domiciliaria, centros de día y recursos residenciales de calidad forman parte de un abanico que debe explicarse con transparencia. Escuchar las preferencias de la persona es esencial, siempre junto a una valoración profesional de las condiciones de seguridad y cuidado.
La atención sanitaria requiere coordinación y continuidad. Para alguien con varias necesidades, repetir su historia en distintas consultas o recibir instrucciones incompatibles puede convertirse en una carga innecesaria. Quisiera sistemas capaces de compartir información de forma segura, facilitar seguimiento y evitar desplazamientos que no aportan valor. La tecnología puede ayudar, pero ninguna plataforma sustituye la comunicación clara entre profesionales y pacientes. Los indicadores deberían prestar atención a los tiempos de espera, a la continuidad asistencial y a los resultados relevantes, no únicamente al número de consultas realizadas.
La soledad merece un tratamiento específico porque no se resuelve simplemente aumentando plazas en un servicio. Una persona puede preferir vivir sola y disfrutar de una vida social rica; otra puede convivir con familiares y sentirse desconectada. Necesitamos respetar esas diferencias. Los programas comunitarios deben ofrecer oportunidades de encuentro sin convertir la participación en una obligación. Bibliotecas, centros culturales, asociaciones y espacios públicos accesibles pueden facilitar relaciones. Los municipios podrían cooperar con entidades locales para detectar situaciones de riesgo respetando siempre la privacidad y la voluntad individual.
La economía del cuidado también depende del trabajo de profesionales y familiares. Es injusto dar por hecho que el tiempo de cuidar resulta ilimitado o que puede organizarse sin formación, descanso ni remuneración adecuada cuando corresponde. Las políticas de conciliación y dependencia deben considerar las necesidades de la persona atendida y de quienes la acompañan. Las soluciones no se reducen a contratar más personal; importan su formación, estabilidad, coordinación y capacidad de atender situaciones complejas. Un presupuesto elevado puede convivir con malas experiencias si falla la organización.
No quiero utilizar a nuestros mayores como símbolos para atacar a un adversario político. Me interesa evaluar medidas concretas. ¿Una ayuda llega cuando todavía puede resultar útil? ¿Los servicios respetan horarios y preferencias? ¿Existen vías de reclamación comprensibles? ¿Cómo se supervisa la calidad de los centros? ¿Puede una familia conocer sus opciones sin contratar asesoramiento privado? Preguntas así exigen información pública, auditorías proporcionadas y disposición a corregir errores. La rendición de cuentas es una expresión práctica de respeto hacia quienes dependen de esos servicios.
La relación entre generaciones también necesita cuidado. Sería un error presentar cualquier gasto destinado a mayores como un perjuicio automático para los jóvenes o cualquier inversión educativa como una competencia con las pensiones. Los recursos son limitados y habrá decisiones difíciles; por eso es imprescindible planificar con responsabilidad fiscal. Pero las generaciones no viven aisladas. Familias, empresas y comunidades dependen de apoyos recíprocos. Una buena política examina sostenibilidad y efectos distributivos sin convertir la edad en una frontera moral.
Quisiera además reconocer la contribución no remunerada de muchas personas mayores. Algunas transmiten conocimientos, cuidan familiares, participan en voluntariado o sostienen redes vecinales. Esas tareas tienen valor aunque no aparezcan como salario. Eso no significa exigirles productividad como condición para recibir respeto. Quien no puede trabajar, cuidar ni participar conserva intacta su dignidad. La aportación social es motivo de gratitud, nunca un examen que determine qué derechos merece una persona.
Una sociedad respetuosa con sus mayores debe cuidar especialmente los cambios de etapa. Pasar del empleo a la jubilación, dejar de conducir o necesitar ayuda doméstica puede alterar rutinas y relaciones personales. Los apoyos deberían facilitar decisiones informadas y transiciones graduales cuando sean posibles. También la arquitectura urbana importa: bancos donde descansar, cruces seguros, iluminación, transporte de proximidad y señalización clara. Son detalles modestos que benefician a personas de diferentes edades y que muestran cómo una política municipal puede traducir la dignidad en condiciones concretas de autonomía.
Cuando la política anuncia grandes estrategias de envejecimiento, pediría siempre comprobar su traducción local. ¿Quién responde el teléfono? ¿Cómo se consigue una cita? ¿Qué sucede si una persona no puede desplazarse? ¿Existe coordinación cuando cambia de servicio? Una institución puede redactar un plan impecable y fallar en esas preguntas. La dignidad de nuestros mayores depende de detalles que no son menores. Son precisamente las pruebas que deberían guiar el presupuesto, la organización y la evaluación de las decisiones públicas.
Juzgaría la calidad de una sociedad por la libertad con que sus mayores pueden vivir, decidir y recibir ayuda sin humillación. Este criterio no promete eliminar el dolor ni todos los límites del envejecimiento. Exige que dejemos de añadir obstáculos evitables a una etapa que ya presenta dificultades propias. La excelencia institucional debería poder reconocerse en una llamada respondida, un ascensor accesible, una atención profesional respetuosa y la posibilidad de mantener vínculos. Ese progreso cotidiano me importa más que cualquier eslogan sobre nuestros mayores.
Marco Musumeci D'Agata
Economista político y filántropo
Presidente del Movimiento Liberal Español
Creo en el diálogo, la libertad de pensamiento y el valor de escuchar a los demás.