Artículo de opinión · Economía humanista

La compasión también debería formar parte de las decisiones económicas de un gobierno

Una política pública puede ser rigurosa con los números y sensible ante el sufrimiento: no hay motivo para elegir entre ambas cualidades.

Fotografía editorial sobre economía humanista

Se ha instalado una falsa oposición en parte de nuestro debate público: o gobernamos con la frialdad de los números o dejamos que la emoción sustituya el análisis. Yo rechazo esa elección. Una economía seria necesita datos, evaluación, previsiones y disciplina presupuestaria. Pero también necesita comprender que detrás de las variables existen vidas humanas. La compasión no debería expulsar al rigor; debería recordarle para qué sirve.

Cuando analizamos una partida sanitaria, una ayuda a la dependencia o una política de vivienda, no estamos moviendo únicamente recursos entre casillas. Estamos decidiendo qué problemas merecen atención y qué consecuencias humanas estamos dispuestos a aceptar. Esa dimensión moral no convierte una decisión en acertada por sí sola; obliga a examinarla con mayor responsabilidad.

La sensibilidad no sustituye a la evidencia

Es posible aprobar medidas muy bienintencionadas que terminan perjudicando a sus destinatarios. Una ayuda diseñada sin incentivos adecuados puede resultar inaccesible, insuficiente o perpetuar obstáculos. Una regulación apresurada puede reducir una oferta que necesitábamos ampliar. Precisamente por respeto a quienes queremos ayudar, debemos analizar resultados y no conformarnos con anuncios.

La compasión madura es exigente. Pregunta si el dinero ha mejorado de verdad la vida de alguien, cuánto cuesta mantener el programa, qué efectos secundarios aparecen y qué alternativas podrían funcionar mejor. No se limita a conmoverse ante una injusticia: trata de cambiarla con herramientas eficaces.

Cada euro público representa un esfuerzo real

Como economista, considero imprescindible recordar que los recursos públicos proceden del trabajo, el consumo, la actividad de las empresas y otras fuentes de ingreso colectivo. No son ilimitados. Por eso debemos administrarlos con honestidad. Un euro desperdiciado es un euro que no puede financiar otra necesidad.

Esa idea no debería conducir a la indiferencia social, sino al cuidado extremo del gasto. Si defendemos la dignidad de los pacientes, los niños o los mayores, necesitamos instituciones capaces de convertir presupuestos en servicios de calidad. La eficiencia es una obligación ética cuando los recursos pertenecen a todos.

Una economía centrada en las personas

Me gustaría que el análisis de impacto de cualquier medida pública incluyera no solo su coste, sino quién gana capacidad para decidir su futuro, quién reduce una situación de vulnerabilidad y qué desigualdades involuntarias corrige. Debemos medir lo cuantitativo, pero también escuchar la experiencia de usuarios y profesionales.

La compasión puede ayudarnos a descubrir problemas que los agregados estadísticos no muestran. Un mismo trámite puede ser sencillo para alguien con formación digital y casi infranqueable para una persona mayor. Una misma política puede beneficiar mucho a una familia y apenas llegar a otra. Diseñar con sensibilidad humana es reconocer esa diversidad sin abandonar la objetividad.

Hay una dificultad adicional que todo responsable público debería reconocer: la compasión puede guiarnos hacia un problema concreto y, sin embargo, ese problema compite con otras necesidades igual de legítimas. Destinar recursos a un área implica renunciar temporalmente a otras opciones. Por eso necesitamos prioridades explícitas y debates honestos sobre costes de oportunidad. Es preferible reconocer los dilemas que esconderlos detrás de expresiones grandilocuentes.

Me parece útil pensar en la experiencia de una persona que solicita una prestación por dependencia. Un informe económico puede indicar cuánto cuesta el servicio, cuántos usuarios reciben atención y cómo evolucionan los gastos. Pero si nunca escuchamos la historia de quienes esperan una resolución, quizá no descubramos que el principal problema no es la cuantía asignada, sino el tiempo que transcurre antes de recibirla. La sensibilidad permite formular mejores preguntas; la evidencia ayuda a contestarlas.

También creo que debemos recuperar el respeto por quienes implementan las políticas. Enfermeros, trabajadores sociales, docentes y funcionarios de atención directa conocen obstáculos que el diseño central puede pasar por alto. Escucharlos no sustituye la evaluación externa, pero la enriquece. Una administración que observa su realidad desde diferentes perspectivas puede corregirse mejor, gastar con más inteligencia y tratar a los ciudadanos con una humanidad menos retórica.

No deseo gobernantes que conmuevan con discursos y después improvisen con los presupuestos. Tampoco deseo técnicos excelentes que olviden a las personas afectadas por sus decisiones. Aspiro a una política económica capaz de unir cabeza y conciencia. Porque la compasión sin rigor puede frustrarse; el rigor sin humanidad puede perder el rumbo.

Marco Musumeci D'Agata
Economista político y filántropo
Presidente del Movimiento Liberal Español
marco@musumeci.es
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