Artículo de opinión · Economía y sociedad

La clase media española no debería vivir con miedo al próximo imprevisto

La estabilidad económica no consiste en llegar al último día del mes: consiste en poder afrontar mañana sin que un contratiempo destruya lo construido.

Fotografía editorial del artículo: La clase media española no debería vivir con miedo al próximo imprevisto

No hace falta que una familia se considere pobre para vivir con miedo. Basta con que una avería del coche, una factura inesperada o unas semanas sin trabajo puedan desbaratarlo todo. Me preocupa esa fragilidad silenciosa de la clase media española, personas que trabajan, cumplen y sostienen buena parte de la actividad económica, pero que han dejado de sentir que su esfuerzo les proporciona seguridad. La incertidumbre se ha instalado en hogares que hace no tanto identificábamos con estabilidad.

Cuando hablamos de bienestar solemos fijarnos en ingresos, tasas de empleo y consumo. Son datos necesarios, pero insuficientes. Yo añadiría una pregunta más sencilla: ¿cuántos meses puede vivir una familia con sus ahorros si se produce un imprevisto? La respuesta dice mucho sobre su libertad real. Una persona que no dispone de colchón económico negocia peor, duerme peor y aplaza decisiones importantes. Incluso puede aceptar condiciones que sabe injustas porque no tiene margen para decir que no.

Una seguridad que no aparece en el salario

El coste de la vivienda, los suministros, el transporte y la alimentación pesa de forma distinta según cada hogar. Tener un sueldo razonable en términos estadísticos no garantiza capacidad de ahorro si los gastos esenciales absorben casi todo. Tampoco podemos ignorar las diferencias entre territorios, ni la situación de las familias monoparentales, las personas autónomas o quienes tienen dependientes a su cargo. La etiqueta «clase media» es amplia; la tranquilidad económica, bastante menos.

Me parece especialmente injusto que muchas familias actúen con prudencia durante años y aun así sientan que avanzan sobre una cuerda floja. Posponen una revisión dental, retrasan la sustitución de un electrodoméstico o renuncian a unas vacaciones modestas. No estoy hablando de grandes lujos, sino de la posibilidad de disfrutar del fruto del trabajo sin calcular cada decisión como una amenaza. Una economía madura debería aspirar a ampliar ese espacio de elección.

Crear estabilidad exige más que una ayuda puntual

Creo que el debate público debería trasladarse desde la promesa de subvenciones ocasionales hacia las condiciones que hacen sostenible una vida. Necesitamos salarios vinculados a mayor productividad, más competencia donde existen mercados rígidos, vivienda disponible a precios compatibles con los ingresos y un sistema tributario y administrativo que no castigue innecesariamente la actividad. En el caso de los autónomos, además, las obligaciones deberían adaptarse mejor a ingresos variables. Ninguna medida aislada resuelve el problema; su combinación puede reducir la vulnerabilidad.

Si tomamos en serio esa fragilidad, conviene preguntarnos también cómo la afrontan las familias que viven en alquiler frente a las que han terminado de pagar su vivienda. El mismo ingreso disponible no ofrece idéntica seguridad cuando los compromisos fijos son muy diferentes. Tampoco es igual la situación de una pareja con dos salarios que la de una persona que sostiene sola su hogar. Diseñar buenas políticas exige mirar esas diferencias sin convertirlas en enfrentamientos. La finalidad no es dividir a la clase media en categorías, sino comprender qué impide a cada hogar recuperar capacidad de ahorro. La estabilidad debería ser una posibilidad abierta y no una recompensa reservada a quienes ya parten de una posición cómoda.

También defendería una educación financiera práctica, accesible y sin paternalismo. Entender el coste de un crédito, construir un fondo de emergencia y planificar gastos puede ayudar. Pero sería cómodo y falso explicar toda la fragilidad por malas decisiones individuales. Hay hogares que administran cada euro con disciplina y simplemente no reciben ingresos suficientes para disponer de margen. La política económica debe reconocer ambas dimensiones: responsabilidad personal y condiciones estructurales.

En las evaluaciones de bienestar me gustaría que midiéramos no solo la pobreza, sino la capacidad de resistencia ante los contratiempos. Sería una señal mucho más útil para orientar políticas que celebrar el gasto de consumo sin preguntar a qué precio emocional se sostiene. Una familia puede aparentar normalidad mientras una sola factura la acerca al endeudamiento. Ese riesgo no siempre aparece en las fotografías oficiales del progreso.

La libertad necesita un pequeño colchón

No deseo una sociedad en la que todas las personas tengan el mismo patrimonio. Defiendo la iniciativa, el mérito y la posibilidad de prosperar. Pero sí deseo que trabajar y actuar con prudencia permita construir cierta seguridad. El colchón económico no es solamente dinero guardado: es tiempo para buscar otro empleo, capacidad para atender a un familiar y libertad para afrontar un cambio sin caer inmediatamente en el miedo.

Para mí, la prosperidad de la clase media debería medirse por su margen para vivir, decidir y descansar. Cuando una familia deja de temer cada imprevisto, gana algo que ninguna estadística aislada puede describir: vuelve a imaginar el futuro. Esa tranquilidad debería ser una de las grandes aspiraciones de nuestra política económica.

Marco Musumeci D'Agata
Economista político y filántropo
Presidente del Movimiento Liberal Español
marco@musumeci.es
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