Me gustaría que nuestra vida pública fuera capaz de aprovechar el conocimiento acumulado por la sociedad sin apropiarse de él. Una persona puede conocer profundamente un sector económico o social y no querer dedicarse profesionalmente a la política. También puede desear participar de manera puntual y conservar su libertad para disentir. Considero que esa independencia es un valor que debemos proteger.
Mi acercamiento a PARTIDO AUTÓNOMOS se explica por una motivación personal: aportar experiencia económica y empresarial a la conversación política y aprender de quienes conocen otros problemas. No quiero convertir esa decisión en una fórmula que todos deban seguir. Existen diferentes organizaciones, asociaciones y cauces cívicos; cada ciudadano debe valorar qué espacio refleja mejor sus principios y cómo desea intervenir.
A menudo se habla de abrir la política a la sociedad como si bastara con convocar profesionales a una reunión. Creo que necesitamos algo más exigente. Una invitación debería explicar qué se espera del participante, qué información se pondrá a su disposición, cómo se utilizarán sus ideas y qué autonomía mantendrá. Sin esas condiciones, la consulta corre el riesgo de ser simplemente decorativa.
Imagino grupos de trabajo organizados alrededor de problemas concretos, no de fotografías colectivas. Si el asunto es la movilidad urbana, habría que escuchar a vecinos, especialistas en transporte, personas con discapacidad, comerciantes y responsables públicos. Si se trata de simplificar trámites, convendría incorporar a usuarios, funcionarios y expertos en procedimientos digitales. La selección no debería depender solo de afinidades personales.
Una garantía esencial sería declarar los posibles conflictos de intereses. Quien propone una medida puede beneficiarse legítimamente de ella. Eso no invalida automáticamente su aportación, pero los demás deberían conocerlo. La transparencia permite examinar argumentos con mayor información y evita que la experiencia profesional se convierta en una vía privilegiada de influencia privada.
También defendería que las conclusiones y los desacuerdos quedaran documentados. No toda mesa de trabajo debe terminar en unanimidad. A veces su mayor contribución consiste en mostrar que una propuesta tiene riesgos importantes o que faltan datos para decidir. Publicar esos límites puede ser más útil que presentar un consenso artificial.
La independencia requiere libertad para decir que no. Ningún participante debería verse obligado a respaldar decisiones ajenas a su intervención ni a aceptar posiciones políticas que no comparte. Por supuesto, cada organización tiene derecho a definir sus procedimientos y principios. Precisamente por eso considero necesario que esas reglas sean conocidas antes de participar.
Otra cuestión es el equilibrio territorial y social. Los mismos nombres aparecen con frecuencia en debates públicos, mientras personas con experiencia cotidiana permanecen fuera de los espacios de consulta. Me interesa pensar en mecanismos que permitan recibir aportaciones de pequeños municipios, barrios, trabajadores con horarios difíciles y profesionales que no pertenecen a grandes instituciones.
La participación necesita resultados verificables. Si se propone una mejora, hay que saber quién se responsabiliza de estudiarla y en qué plazo se responderá. Si se acepta, debemos evaluar sus efectos. Si se rechaza, conviene explicar los motivos. De lo contrario, quienes dedican tiempo y conocimientos pueden terminar sintiendo que nadie los escuchó de verdad.
Desde mi perspectiva, la democracia representativa y el conocimiento profesional no son rivales. La ciudadanía elige representantes y estos deben responder por sus decisiones. Las personas con experiencia pueden ofrecer información, advertencias y alternativas que enriquezcan esa tarea. Confundir la autoridad técnica con la legitimidad democrática perjudicaría a ambas.
Quiero contribuir a que la relación entre sociedad y política sea más abierta, exigente y humana. He elegido una forma personal de participación, pero respeto que otros prefieran caminos diferentes. Lo importante es que existan oportunidades reales para aportar sin perder la conciencia crítica y sin renunciar a pensar por cuenta propia.
La verdadera apertura política no consiste en atraer a personas valiosas para que repitan lo que ya pensamos. Consiste en crear condiciones para escuchar lo que todavía no sabemos. Esa sería, para mí, una forma concreta de poner la experiencia de la sociedad al servicio de todos.
