Artículo de opinión · Urbanismo y calidad de vida

¿Estamos construyendo ciudades para vivir o simplemente para consumir?

Las plazas, las aceras y los comercios de proximidad importan tanto como los grandes proyectos a la hora de vivir bien.

Fotografía editorial sobre urbanismo y calidad de vida

Camino por una ciudad y muchas veces descubro que su verdadera calidad no está en el edificio más alto ni en el proyecto más fotografiado. Está en si una persona mayor puede sentarse a descansar, en si un niño cruza con seguridad, en si existe una sombra durante el verano y en si los vecinos tienen un lugar donde encontrarse sin necesidad de gastar dinero. Son detalles aparentemente modestos, pero determinan la experiencia diaria de miles de personas.

Durante años hemos organizado demasiados espacios alrededor del tráfico, las superficies comerciales y el rendimiento inmediato del suelo. No todo eso es negativo. El comercio genera empleo y la movilidad permite trabajar y conectar territorios. Pero cuando la ciudad se entiende solo como una máquina para circular y consumir, el ciudadano corre el riesgo de convertirse en un usuario de paso en lugar de sentirse habitante de un lugar propio.

Mi idea de progreso urbano empieza con una pregunta distinta: ¿cómo se vive aquí? La respuesta incluye vivienda, limpieza, seguridad, accesibilidad y transporte. También incluye belleza, tranquilidad y posibilidad de relación humana. Ninguno de esos aspectos puede reducirse a la inauguración de una obra.

La vida cotidiana como criterio de diseño

Una avenida puede tener mucho tráfico y funcionar mal para quienes necesitan caminar. Un barrio puede atraer visitantes y, al mismo tiempo, expulsar a sus residentes por falta de vivienda asequible. Un espacio público puede parecer moderno en las fotografías y resultar incómodo durante casi todo el año. Por eso creo que los proyectos urbanísticos deberían evaluarse escuchando a las personas que van a utilizarlos, especialmente a quienes suelen tener menos voz.

No propongo que cada decisión se someta a una encuesta improvisada. La planificación requiere conocimientos técnicos, visión a largo plazo y criterios ambientales. Pero los técnicos pueden trabajar mejor cuando incorporan la experiencia real de mayores, familias, personas con discapacidad, comerciantes y jóvenes. La participación bien diseñada no sustituye el criterio profesional: lo enriquece.

Espacios que no exijan comprar nada

Me preocupa la pérdida de lugares donde simplemente estar. Bibliotecas abiertas, parques cuidados, bancos, pequeñas plazas, instalaciones deportivas accesibles y centros culturales crean oportunidades para encontrarse sin pagar una entrada. Son infraestructuras sociales. Pueden ayudar a combatir la soledad, favorecer la convivencia y permitir que distintas generaciones compartan el mismo espacio.

También debemos tratar al comercio de proximidad como parte del tejido urbano. Una tienda no es solo una transacción; puede dar vida a una calle y crear relación entre vecinos. Pero mantener esa actividad exige equilibrio: alquileres razonables, normas comprensibles, movilidad adecuada y un entorno limpio y seguro.

Crecer sin perder el derecho a habitar

Las ciudades tienen necesidades económicas reales. Deben atraer inversión, mantener servicios y adaptar infraestructuras. Negar esa realidad conduciría a la decadencia. El desafío consiste en orientar el crecimiento para que no destruya aquello que hace valioso vivir allí. Necesitamos medir el efecto de los proyectos sobre desplazamientos, acceso a servicios, coste residencial y calidad del espacio público, no solo el volumen de inversión anunciado.

Una ciudad que funciona para un niño, una persona mayor o alguien con movilidad reducida suele funcionar mejor para todos. Ese principio me parece más útil que cualquier eslogan urbanístico. Quiero pueblos y ciudades donde podamos trabajar, emprender y consumir, desde luego, pero también pasear, conversar, descansar y reconocernos. Porque el espacio público debería recordarnos que somos ciudadanos antes que clientes.

La movilidad merece un debate especialmente cuidadoso. A menudo se plantea como una pelea entre peatones, conductores y usuarios del transporte público. Sin embargo, muchas personas combinan esos papeles a lo largo de una misma semana. Necesitamos soluciones adaptadas a cada territorio: transporte público fiable donde sea viable, accesibilidad real, aparcamientos razonablemente planificados y rutas peatonales seguras. Imponer una respuesta idéntica a un núcleo rural y a un centro urbano denso sería desconocer sus necesidades diferentes.

El mantenimiento es otra forma de respeto que suele recibir menos atención que la obra nueva. Una plaza bien diseñada pierde valor cuando su iluminación falla, la vegetación no se cuida o el mobiliario se deteriora. Me gustaría que los gobiernos locales midieran la conservación efectiva de sus espacios y explicaran cuánto cuesta mantenerlos. Es una política menos espectacular, pero muy visible para quienes viven allí todos los días. La calidad de vida depende en gran medida de esa constancia.

Cuando hablo de belleza urbana no pienso en lujo. Pienso en entornos comprensibles, limpios y capaces de generar orgullo de pertenencia. No todo barrio necesita una gran transformación arquitectónica; a veces bastan pequeños proyectos bien elegidos, realizados con participación vecinal y evaluados después. Una ciudad de calidad no tiene por qué ser exclusiva ni inaccesible. Su mayor logro debería consistir en que personas de condiciones muy distintas puedan sentir que también les pertenece.

Marco Musumeci D'Agata
Economista político y filántropo
Presidente del Movimiento Liberal Español
marco@musumeci.es
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