Artículo de opinión · Ética y cultura económica

España necesita recuperar el prestigio de hacer las cosas bien

La calidad, el cumplimiento y la responsabilidad son factores de confianza, productividad y respeto a los demás.

Profesionales trabajando con atención y cuidado

No creo que una sociedad mejore solo mediante grandes reformas. También depende de hábitos cotidianos: cumplir una promesa, entregar un trabajo bien hecho, reconocer un error y tratar con respeto a quien confía en nosotros. Son gestos discretos, pero sostienen la confianza que permite funcionar a las empresas, a las instituciones y a las relaciones humanas. Me gustaría que España recuperara el prestigio de hacer las cosas bien.

Cuando digo esto no estoy idealizando un pasado perfecto. Las sociedades siempre han tenido negligencias y desigualdades. Hablo de recuperar una exigencia positiva hacia el presente. No deberíamos celebrar la chapuza ingeniosa ni tolerar sin crítica el servicio deficiente porque “siempre se ha hecho así”. La excelencia no es elitismo: es una forma de respeto al tiempo y a la confianza de los demás.

La calidad tiene efectos económicos

Una empresa que entrega con puntualidad y responde por sus errores construye reputación. Esa reputación facilita relaciones duraderas, reduce conflictos y permite invertir con más seguridad. Lo mismo ocurre con una administración que publica reglas claras y cumple sus plazos. La calidad institucional no es un adorno de gestión; influye en el coste de operar, en la confianza y en la decisión de emprender.

Como economista, me interesa una cultura de productividad que no se confunda con trabajar más horas sin criterio. Ser productivo es utilizar mejor conocimientos, herramientas y procesos para ofrecer bienes y servicios de valor. Muchas veces requiere detenerse a revisar un sistema que parece funcionar, pero genera retrasos y errores evitables.

Exigencia sin humillación

Defender la excelencia no implica exigir perfección a las personas ni castigar cualquier fallo. Las organizaciones que aprenden permiten comunicar errores, corregir procesos y mejorar. El problema es normalizar la negligencia, no aceptar que los seres humanos podemos equivocarnos. Un buen liderazgo combina estándares claros con apoyo suficiente para alcanzarlos.

También deberíamos cuidar la formación profesional y los oficios. El prestigio de hacer las cosas bien pertenece tanto al investigador como al electricista, a la enfermera, al camarero o al pequeño empresario. Una sociedad que solo reconoce algunos títulos académicos pierde de vista la calidad que sostiene su vida diaria.

La escuela y la familia tienen un papel importante en transmitir esta cultura, pero el ejemplo de las instituciones pesa mucho. Si un ciudadano observa que cumplir las reglas requiere meses y que actuar de forma improvisada obtiene premios rápidos, la confianza se deteriora. La administración debería ser la primera en demostrar puntualidad, transparencia y atención a las consecuencias de sus decisiones. No basta con exigir disciplina al contribuyente cuando el propio organismo no responde a tiempo.

También debemos revisar cómo premiamos el trabajo. No siempre se reconoce al profesional que previene problemas, ayuda a un compañero o mejora silenciosamente un proceso. A veces obtiene más visibilidad quien promete resultados espectaculares que quien construye calidad durante años. Me gustaría que el mérito se evaluara con criterios verificables, evitando convertir la excelencia en un concurso de apariencias. La buena gestión necesita reconocer lo que funciona aunque no produzca titulares.

En el ámbito público propondría que cada gran proyecto explique de antemano objetivos, costes, plazos e indicadores y publique después su grado de cumplimiento. No es una idea heroica; es una práctica elemental de responsabilidad. Hacer las cosas bien no significa gastar siempre menos, sino conseguir resultados proporcionados a los recursos empleados y corregir cuando no se obtienen. Esa cultura puede unir sensibilidad social y rigor económico sin necesidad de enfrentarlos.

La palabra dada también construye país

En política, este principio es especialmente importante. Una promesa debe poder contrastarse con resultados, plazos y costes. No es razonable anunciar una obra como si equivaliera a tenerla terminada, ni confundir la ejecución presupuestaria con la mejora efectiva de un servicio. Me gustaría que cada administración desarrollara una cultura de evaluación pública comprensible y aceptara explicar tanto sus avances como sus errores.

No necesitamos una sociedad obsesionada con aparentar perfección. Necesitamos una que valore la honestidad profesional y la mejora constante. Recuperar el prestigio de hacer bien las cosas significa reconocer el trabajo cuidadoso, exigir responsabilidad y construir confianza paso a paso. Ese tipo de progreso no siempre ocupa portadas, pero se nota en la vida de todos.

Marco Musumeci D'Agata
Economista político y filántropo
Presidente del Movimiento Liberal Español
marco@musumeci.es
Leer más artículos de opinión