El debate económico que nos falta
Escucho con frecuencia discusiones sobre cuánto debe recibir cada grupo, qué ayudas aumentar o qué impuesto modificar. Son debates legítimos, porque distribuir recursos es una función inevitable de cualquier Estado. Pero me inquieta que hablemos relativamente poco de cómo ampliar de manera sostenida la riqueza que hace posibles esos compromisos. No se puede financiar indefinidamente el bienestar sin una base productiva sólida. Y no se puede construir una economía productiva mediante una sucesión de titulares. Se necesita capital, conocimiento, innovación, organización y un entorno que permita transformar buenas ideas en bienes y servicios que otras personas valoren.
Crear riqueza no es solo ganar dinero
La riqueza nace también cuando una empresa reduce desperdicios, cuando un profesional mejora un proceso, cuando una investigadora descubre una solución o cuando una administración ahorra meses de espera sin empeorar la calidad. A veces el debate público presenta al empresario como un antagonista social, pero buena parte del tejido económico español está formado por negocios pequeños cuyos propietarios trabajan junto a sus empleados. Reconocer ese papel no implica justificar abusos ni ignorar desigualdades. Significa comprender cómo se genera el valor que permite pagar salarios, invertir, tributar y sostener servicios comunes.
La productividad es la pieza decisiva
No existe un atajo duradero para mejorar salarios reales sin elevar la capacidad de producir valor. La productividad depende de formación, tecnología, tamaño empresarial, competencia, infraestructuras y buena gestión. También depende de evitar obstáculos administrativos que consumen recursos sin mejorar garantías. Cuando una empresa puede invertir y crecer, suele disponer de más capacidad para innovar y ofrecer mejores condiciones. Pero esas mejoras no se trasladan automáticamente ni de forma idéntica a todos: hacen falta instituciones laborales funcionales, competencia y oportunidades de movilidad.
Un Estado que ayuda a producir mejor
Defender la iniciativa privada no exige reducir toda actuación pública. Hay inversiones colectivas que permiten crear riqueza: educación de calidad, sanidad, ciencia, transportes, justicia eficiente y seguridad jurídica. La cuestión es priorizar bien y evaluar resultados. Me interesa un Estado que no sustituya innecesariamente al emprendedor, pero que tampoco abandone las infraestructuras y oportunidades de las que depende una economía competitiva. La simplificación administrativa es parte de esa agenda. Una licencia que tarda meses sin aportar protección adicional retrasa actividad y empobrece al conjunto.
Repartir oportunidades antes de repartir resignación
Tampoco comparto la idea de que basta con hacer crecer la economía y esperar que el beneficio llegue solo a todos. El INE registró para 2025 una tasa de riesgo de pobreza o exclusión social del 25,7 %, recordatorio de que el crecimiento y la vulnerabilidad pueden coexistir. Necesitamos mecanismos fiscales razonables, protección ante adversidades y políticas de formación capaces de mejorar la participación en la actividad económica. Mi prioridad sería crear más riqueza y ensanchar la base de quienes pueden contribuir a ella y beneficiarse. Esa combinación exige rigor, no consignas.
El crecimiento que sí se nota
Me gustaría que los grandes informes económicos se acompañaran siempre de preguntas comprensibles: ¿cuántas pequeñas empresas han podido invertir?, ¿cómo evolucionan los salarios reales?, ¿cuántas personas se han formado para empleos de mayor valor?, ¿qué parte del crecimiento llega a los hogares? No pretendo convertir la economía en una única estadística moral. Propongo reconocer que un crecimiento de calidad necesita productividad, sostenibilidad, movilidad social y capacidad de crear proyectos. Si solo una parte de la sociedad percibe sus beneficios, el éxito será más frágil.
Pequeñas decisiones, grandes efectos
Me interesan las reformas que permiten a miles de proyectos modestos ganar escala. Mejorar una conexión ferroviaria, garantizar estabilidad regulatoria o reducir la espera de una autorización puede impulsar inversiones que nunca aparecerán en una fotografía oficial. La creación de riqueza se produce en innumerables decisiones cotidianas. Por eso rechazo tanto el intervencionismo innecesario como la indiferencia ante obstáculos reales. Una economía moderna necesita reglas claras y una administración que funcione. Cuando el entorno facilita producir mejor, el empleo y las finanzas públicas pueden beneficiarse de una base más amplia y sostenible.
La pregunta adecuada no es si debemos crear riqueza o repartirla. Tenemos que hacer ambas cosas con inteligencia y justicia. Quiero una España que admire a quienes generan valor y que no abandone a quienes aún no pueden hacerlo. Una economía donde emprender sea viable, trabajar permita progresar y los servicios comunes se sostengan sobre una base sólida. Discutir solo sobre el reparto de una riqueza insuficiente nos deja atrapados. Aprender a crear más valor, y convertirlo en oportunidades reales, puede abrir un futuro bastante más amplio.
