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Artículo de opinión

España necesita ciudadanos libres, no personas dependientes de sus gobernantes

Ayudar a quien lo necesita y fortalecer su autonomía no son propósitos contrarios. El reto consiste en diseñar un Estado que proteja sin convertir la protección en una dependencia permanente.

Artículo de opinión · Marco Musumeci D'Agata · 12 de octubre de 2026 · 5 min de lectura

Fotografía editorial ilustrativa sobre españa necesita ciudadanos libres, no personas dependientes de sus gobernantes

La diferencia entre protección y dependencia

Me preocupa una confusión que reaparece en cada debate social: creer que cuantas más prestaciones administra un gobierno, mayor es necesariamente la libertad de quienes las reciben. Yo considero imprescindible que exista una red de protección para quien pierde el empleo, enferma, atraviesa una discapacidad o nace en condiciones desiguales. Pero también me pregunto qué ocurre después de la primera ayuda. ¿Estamos acompañando a esa persona para que recupere capacidad de decidir, o nos limitamos a mantenerla dentro de un circuito administrativo? Una política humana debería preguntarse no solamente cuánto dinero entrega, sino cuánta autonomía consigue devolver. Lo verdaderamente importante es que nadie quede abandonado y que nadie vea reducido su horizonte a esperar la siguiente resolución.

Una libertad que necesita condiciones materiales

Hablar de libertad individual resulta sencillo cuando uno dispone de ahorros, educación, relaciones y una vivienda estable. Es mucho más difícil cuando cada decisión depende de llegar a fin de mes. Por eso nunca he entendido el liberalismo como una invitación a desentenderse de los vulnerables. Una libertad efectiva necesita seguridad jurídica, oportunidades formativas, acceso a servicios esenciales y la posibilidad real de cambiar de trabajo o de iniciar un proyecto. De nada sirve prometer independencia si el entorno convierte cualquier iniciativa en un riesgo insoportable. Pero tampoco sirve prometer protección si no abrimos caminos para que las personas construyan su propia independencia con el paso del tiempo.

El incentivo correcto es avanzar

Un sistema de ayudas mal diseñado puede producir situaciones injustas incluso sin pretenderlo. Si una persona pierde de golpe determinadas prestaciones al aceptar un empleo de baja remuneración, el salto hacia el trabajo puede resultar económicamente inviable. En vez de juzgarla, habría que revisar la regla. La transición debería ser gradual, comprensible y compatible con la formación. Lo mismo sucede con pequeños emprendedores que necesitan apoyo temporal, asesoramiento o un procedimiento administrativo sencillo para empezar. No se trata de regalar éxito, sino de reducir los obstáculos que impiden intentarlo. La política social más inteligente es aquella que ayuda hoy y multiplica posibilidades mañana.

Administraciones que acompañan, no que tutelan

También importa la forma de tratar a quienes necesitan una ayuda. Una oficina pública no debería hacer sentir al ciudadano sospechoso por defecto ni obligarlo a contar una y otra vez circunstancias íntimas que la administración ya conoce. La protección de datos, el respeto y la simplificación pueden convivir con controles rigurosos. Me gustaría que cada expediente tuviera un objetivo de salida cuando esa salida fuera posible: empleo, recuperación, cualificación o estabilidad. Y, cuando no fuera posible por enfermedad, edad o dependencia severa, que la atención garantizara dignidad sin someter a nadie a una permanente carrera de obstáculos. No todas las situaciones admiten la misma solución.

Medir resultados humanos

El gasto presupuestado es un dato importante, pero no representa por sí solo un éxito. Me interesaría conocer cuántas familias mejoraron realmente sus condiciones, cuántas personas accedieron a un trabajo sostenible, cuántos jóvenes lograron continuar estudiando y cuántos procedimientos pudieron resolverse sin humillación ni demoras excesivas. Ese enfoque exige transparencia y evaluaciones honestas, también cuando los resultados no respaldan una promesa política. Un gobierno no debería apropiarse de la vida de quienes ayuda; debería procurar que esas personas dependieran cada vez menos de cualquier gobierno. La autonomía del ciudadano tendría que ser un indicador central del bienestar.

La libertad como resultado cotidiano

También importa la posibilidad de decir que no. Quien posee una mínima seguridad económica puede rechazar un trabajo abusivo, mudarse por una oportunidad o pedir una segunda opinión. Quien carece de toda alternativa suele aceptar condiciones que otra persona ni siquiera consideraría. Por eso una política orientada a la autonomía debe mirar salarios, vivienda, formación y competencia económica al mismo tiempo. Ninguna ayuda aislada resuelve por sí sola esas dependencias. La libertad efectiva se construye mediante un conjunto de instituciones y relaciones sociales que permiten elegir sin miedo permanente.

La dignidad de poder tomar decisiones

Quiero insistir en una idea que se pierde entre formularios y discursos: no hay autonomía auténtica si las personas sienten que deben pedir permiso para cada paso de su vida. Por eso me importa simplificar procedimientos, reforzar el acceso a información comprensible y abrir caminos de formación compatibles con el trabajo y los cuidados. Una política verdaderamente emancipadora no mide únicamente cuánto ha protegido a alguien, sino si esa protección le permite imaginar un futuro con más decisiones propias. Hay personas que necesitarán ayuda permanente, y esa realidad merece el máximo respeto; también ellas deben conservar voz sobre sus vidas.

Mi ideal es un Estado fuerte allí donde debe proteger derechos y extraordinariamente prudente cuando podría sustituir la capacidad de decidir de las personas. No quiero ciudadanos abandonados, pero tampoco ciudadanos atrapados en una dependencia que nadie se atreve a revisar. Quiero una sociedad donde recibir ayuda sea un puente y no una identidad; donde quien pueda avanzar encuentre puertas abiertas y quien no pueda hacerlo conserve toda su dignidad. Porque el mayor éxito de una política social no debería ser hacerse indispensable para siempre, sino permitir que cada persona vuelva a sentir que su vida le pertenece.

Marco Musumeci D'Agata
Economista político y filántropo
Presidente del Movimiento Liberal Español
marco@musumeci.es