Artículo de opinión · Sociedad y bienestar

¿En qué momento dejamos de medir el éxito por la felicidad de las personas?

Confundir una vida valiosa con una cuenta bancaria abultada ha empobrecido nuestra idea de progreso.

Fotografía editorial sobre sociedad y bienestar

Durante años hemos aprendido a celebrar el éxito con una sorprendente facilidad: admiramos las fortunas, los ascensos, las empresas que multiplican su valor y los países que anuncian cifras récord. No niego la importancia de esas conquistas. Como economista y empresario sé cuánto trabajo, riesgo y perseverancia puede haber detrás. Pero cada vez me inquieta más lo que dejamos fuera de la fotografía. ¿Es exitoso quien posee mucho y apenas puede compartir una comida tranquila con las personas que ama? ¿Es próspera una sociedad donde la riqueza crece y la inquietud cotidiana no disminuye?

Quizá deberíamos empezar por distinguir entre los medios y los fines. El dinero es un instrumento poderoso: proporciona seguridad, permite elegir y abre posibilidades. Convertirlo en el objetivo último, sin embargo, es olvidar para qué deseamos esas posibilidades. Yo no quiero idealizar la escasez ni presentar la pobreza como una virtud. Quiero cuestionar una cultura que parece incapaz de imaginar la plenitud fuera de los indicadores materiales.

Lo que el crecimiento no puede contarnos

Cuando un Gobierno comunica que el producto interior bruto aumenta, comunica un dato relevante, pero no una descripción completa de la vida. Una economía puede expandirse mientras muchas familias siguen pendientes del alquiler, las personas mayores experimentan soledad y los jóvenes sienten que su esfuerzo no basta para independizarse. No hay contradicción estadística: simplemente estamos midiendo cosas distintas.

Por eso me interesa que las estadísticas económicas dialoguen con otras preguntas: cuántas personas disponen de tiempo libre, cuánto tardan en recibir atención sanitaria, cómo evoluciona la confianza social, qué acceso existe a espacios verdes o qué proporción de trabajadores vive con inseguridad constante. Ningún índice aislado captará la felicidad; tampoco necesitamos reducir un sentimiento humano a una casilla administrativa. Pero sí podemos dejar de fingir que el bienestar queda explicado con una sola cifra.

La felicidad no se decreta

Sería un error trasladar al Estado la obligación de fabricar felicidad. Nadie puede garantizar el amor, la serenidad o el sentido vital mediante una ley. Sí podemos exigir a las instituciones que no añadan obstáculos innecesarios a una vida digna. Una administración que respeta el tiempo, una ciudad donde se puede caminar con seguridad o una sanidad que atiende sin demoras evitables no producen felicidad automática, pero crean condiciones más favorables para vivirla.

También debemos recuperar nuestra propia responsabilidad. Nos hemos acostumbrado a comparar vidas ajenas exhibidas en pantallas, a equiparar admiración con riqueza y a medir el valor personal con criterios que poco tienen que ver con la bondad o la coherencia. La sociedad que imagino no castigaría el éxito económico; sencillamente dejaría de considerarlo la única forma de éxito.

Una nueva idea de triunfo

Yo llamaría triunfador también a quien consigue criar a sus hijos con afecto, a quien sostiene dignamente un oficio, a quien supera una dificultad sin dejar de ser generoso y a quien conserva amigos verdaderos a lo largo del tiempo. Nada de eso aparece con claridad en los balances empresariales. Y, sin embargo, ahí se juega buena parte del sentido de la vida.

Si aprendemos a valorar esas conquistas, también cambiarán nuestras prioridades públicas. Invertiremos mejor en educación, cuidado, vivienda, tiempo y convivencia. Seguiremos necesitando empresas fuertes y una economía capaz de crear riqueza. Pero recordaremos que el destino de esa riqueza no es una gráfica ascendente: es la posibilidad de que más personas vivan con libertad, tranquilidad y dignidad.

Hay algo que la experiencia empresarial me ha enseñado: los objetivos que no se formulan terminan subordinados a los que sí aparecen en un cuadro de mando. Cuando se mide cada trimestre el crecimiento de los ingresos, pero no se habla jamás del agotamiento de las personas, el sistema acaba organizándose alrededor de una prioridad incompleta. Con una nación puede suceder algo parecido. No propongo que un ministerio pregunte a cada ciudadano si es feliz. Propongo que nuestros responsables públicos expliquen también qué efectos tienen sus decisiones sobre la vida cotidiana, y que lo hagan con indicadores transparentes, comparables y prudentes.

La distribución del tiempo merece un lugar especial en esa discusión. Un trabajador puede mejorar su salario y, al mismo tiempo, perder horas de descanso por desplazamientos cada vez más largos. Una familia puede habitar una vivienda de mayor valor y sentirse menos segura si su deuda devora la renta disponible. Cuando el bienestar se analiza desde un único ángulo, estas contradicciones se vuelven invisibles. La buena economía no consiste en elegir el indicador que mejor nos favorece, sino en comprender el conjunto de consecuencias.

También tenemos que aceptar que las formas de vivir bien son diversas. Hay quien encuentra realización en una empresa, quien la encuentra en el arte y quien prioriza la convivencia familiar. No quiero que el Estado imponga una definición uniforme de felicidad. Quiero que las políticas amplíen la libertad real para que cada persona decida qué vida desea construir. Esa es, precisamente, una de las razones por las que creo que la prosperidad material es tan importante: debe abrir opciones, no dictar el sentido de la existencia.

No quiero una España resignada a elegir entre prosperidad material y felicidad. Aspiro a un país que persiga ambas, consciente de que la segunda nunca podrá comprarse por completo. Quizá el progreso empiece el día en que nos atrevamos a preguntar, después de celebrar una cifra económica: ¿para quién ha mejorado realmente la vida?

Marco Musumeci D'Agata
Economista político y filántropo
Presidente del Movimiento Liberal Español
marco@musumeci.es
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