Se habla mucho de progreso, pero no siempre se explica bien qué significa. A veces se presenta como una sucesión de cifras macroeconómicas favorables. Otras veces se identifica con innovación tecnológica, con nuevas infraestructuras o con ciudades más modernas. Todo eso puede formar parte del progreso, sí, pero para mí no basta. Yo solo llamo progreso a aquello que mejora de manera real la vida de las personas y que, además, lo hace sin dejar atrás a quienes ya parten con más fragilidad. El progreso que imagino no deja atrás a trabajadores, mayores ni jóvenes.
Esta idea nace de una preocupación muy concreta. Veo demasiadas veces cómo el discurso del avance social se formula desde arriba, como si bastara con que el país crezca para que todos acaben beneficiándose. Pero la realidad es más compleja. Se puede crecer y al mismo tiempo tener salarios estancados, jóvenes sin acceso a vivienda, mayores aislados, trabajadores inseguros y una sensación general de fatiga. Cuando eso ocurre, el progreso se vuelve abstracto para demasiada gente. Y una sociedad no puede sostener durante mucho tiempo un relato que sus ciudadanos no reconocen en su experiencia cotidiana.
Por eso defiendo una visión más integral. El trabajo debe ser parte del progreso, no una víctima colateral de él. La innovación no puede consistir únicamente en sustituir personas o abaratar costes; debe traducirse en empleos más cualificados, más seguros y mejor pagados. Los trabajadores no son un residuo del pasado industrial, sino el soporte de cualquier economía real. Quien levanta, cuida, conduce, repara, atiende, enseña, limpia, fabrica o emprende merece ser incorporado al futuro, no contemplarlo desde fuera.
Al mismo tiempo, me parece un error enorme construir la idea de modernidad contra la experiencia de los mayores. Una sociedad que idolatra lo nuevo pero trata la vejez como una incomodidad está culturalmente empobrecida. Nuestros mayores no solo necesitan protección; también pueden seguir aportando. Tienen memoria, perspectiva y, en muchos casos, una sabiduría práctica que ningún algoritmo sustituye. Un progreso inteligente debería aprovechar esa experiencia, facilitar la participación y garantizar que envejecer no signifique perder relevancia social ni quedar fuera de los beneficios de la modernización.
Los jóvenes, por su parte, merecen mucho más que discursos motivacionales. Merecen condiciones materiales que hagan posible proyectar una vida. Si pedimos responsabilidad, talento y esfuerzo a quienes empiezan, debemos ofrecerles un suelo mínimamente justo: educación de calidad, acceso razonable a la vivienda, oportunidades laborales, movilidad meritocrática y una sociedad que no les diga una cosa en el discurso y otra en la práctica. Un país que exige mucho a su juventud pero bloquea sus caminos está incubando frustración y desapego.
Cuando hablo de progreso inclusivo pienso, precisamente, en unir estas tres generaciones y estos tres planos. Quiero una economía dinámica, pero también una economía que mida si sus frutos llegan a las familias. Quiero digitalización, pero al servicio de la simplificación y de la dignidad. Quiero ciudades más modernas, pero no hostiles con quienes caminan más despacio. Quiero empresas fuertes, pero también trabajadores más formados y menos vulnerables. Quiero una administración eficiente, pero no fría ni inaccesible. En definitiva, quiero un desarrollo que no fracture la sociedad entre ganadores del cambio y personas descartadas por él.
Esto exige políticas concretas y también una determinada filosofía pública. Exige formación continua para trabajadores en transformación, reconocimiento del aprendizaje a lo largo de la vida, sanidad y cuidados sólidos, infraestructuras accesibles, vivienda razonable, apoyo al pequeño comercio y al emprendimiento, y una forma de evaluar las decisiones públicas que vaya más allá del titular inmediato. No me interesa el progreso como eslogan electoral. Me interesa como mejora medible y humana.
Creo además que esta visión es más sensata incluso desde un punto de vista económico. Una sociedad cohesionada, donde más personas se sienten dentro del proyecto, funciona mejor. Tiene más confianza, más cooperación, menos conflicto destructivo y una base de demanda y estabilidad más robusta. La exclusión, en cambio, no solo es injusta; también es cara. Genera frustración, erosiona instituciones, debilita el talento y multiplica problemas que luego terminan pagándose de otro modo.
Me gustaría que aprendiéramos a distinguir entre sofisticación y progreso. Puedes tener una ciudad llena de tecnología y, sin embargo, vidas precarias y vínculos rotos. Puedes presumir de innovación mientras el trabajador no llega a fin de mes, el mayor se siente solo y el joven no encuentra sitio. Eso no es el modelo que quiero. Yo quiero una modernidad con rostro humano, una economía que mire a la persona y un proyecto de país que no considere prescindible a nadie por su edad, su origen o su posición laboral.
El progreso que imagino no deja atrás a trabajadores, mayores ni jóvenes porque entiende que el valor de una sociedad reside en su capacidad de incorporar, no de descartar. Ese es el tipo de desarrollo que me interesa defender: uno donde nadie tenga que elegir entre modernidad y dignidad, entre eficiencia y humanidad, entre crecimiento y cohesión. Si avanzamos así, podremos hablar de progreso con honestidad. Si no, solo estaremos decorando desigualdades antiguas con palabras nuevas.
Cuando defiendo esta idea, no estoy proponiendo un modelo inmóvil ni nostálgico. Al contrario: creo en una sociedad capaz de renovarse mucho. Pero precisamente por eso quiero que la renovación tenga legitimidad humana. Ninguna transición energética, digital o productiva será estable si demasiadas personas la viven como amenaza. El buen liderazgo consiste en anticipar ese miedo y transformarlo en oportunidad compartida.
Por eso insisto tanto en medir mejor. ¿Quién gana y quién pierde con cada gran cambio? ¿Qué territorios quedan rezagados? ¿Qué generaciones soportan más costes? ¿Qué profesiones necesitan acompañamiento urgente? Si no nos hacemos estas preguntas, la palabra progreso se vacía y se convierte en propaganda. Si sí nos las hacemos, entonces el país puede avanzar sin romper su contrato moral con quienes lo sostienen cada día.