En demasiados debates parece que cambiar de opinión es una derrota. Yo lo entiendo de otra manera: cuando aparecen mejores datos o consecuencias no previstas, rectificar puede ser una obligación. Un gobernante que no revisa sus decisiones por miedo a perder autoridad corre el riesgo de confundir firmeza con terquedad.
Reconocer un error no significa presentar una disculpa vaga y continuar igual. Requiere explicar qué se decidió, con qué información, qué resultado se observó, a quién afectó y cómo se pretende reparar o reducir el daño. Cuando hay responsabilidades legales, la sinceridad no sustituye los procedimientos correspondientes.
Tampoco creo que cada política imperfecta deba interpretarse como una negligencia personal. La acción pública opera bajo incertidumbre: cambian los costes, emergen necesidades y algunas medidas producen efectos inesperados. Por eso resultan tan útiles los programas piloto, los indicadores previamente acordados y las evaluaciones independientes.
La ciudadanía también necesita distinguir entre una rectificación basada en evidencia y un cambio oportunista de discurso. La diferencia suele apreciarse en la transparencia de los motivos, en la coherencia de las acciones y en la disposición a asumir consecuencias concretas.
En la política que imagino, la frase «me equivoqué» no debería ser excepcional. Quiero instituciones capaces de aprender y corregirse, porque ninguna persona —tampoco yo— posee respuestas definitivas para todos los problemas.
Una institución que penaliza cualquier rectificación fomenta el silencio. Si admitir un error equivale siempre a una humillación pública, quienes deciden pueden verse tentados a ocultarlo. Quiero lo contrario: procedimientos para detectar fallos temprano, proteger a quienes advierten de problemas y explicar cómo se corrigen. Eso no elimina las responsabilidades legales o políticas, pero ayuda a distinguir entre equivocaciones honestas, negligencia y conductas deliberadamente abusivas.
Esta cultura debe empezar por la manera en que debatimos. La oposición tiene derecho a examinar exhaustivamente la acción de gobierno, y el gobierno debe poder responder con documentos y argumentos. No hace falta que ambos estén de acuerdo para ofrecer una discusión útil al ciudadano. Las acusaciones sin pruebas y los ataques personales pueden proporcionar atención inmediata, pero dificultan conocer qué sucedió realmente y cómo evitar que vuelva a ocurrir.
Yo no pretendo presentarme como alguien incapaz de equivocarse. Mi visión económica y social debe estar abierta a la revisión cuando aparecen nuevos datos o cuando una solución produce efectos que no había previsto. La coherencia que valoro no es repetir una frase durante décadas, sino mantener los principios de libertad, dignidad y responsabilidad mientras mejoramos nuestros métodos. Un representante que nunca cambia de opinión quizá no esté escuchando con suficiente atención.
