Pienso en una pequeña tienda cuando hablo de economía real: el alquiler que vence, las facturas de energía, el proveedor que reclama el pago, la competencia de plataformas globales y los vecinos que necesitan servicios cercanos. Un subsidio puntual puede ayudar, pero no reemplaza una estrategia de largo plazo.
Para sostener el comercio de proximidad hacen falta calles seguras y cuidadas, accesibilidad, movilidad razonable, digitalización útil y una regulación que no penalice injustificadamente a los negocios pequeños. También importa que los barrios mantengan población residente y una oferta equilibrada de vivienda y servicios.
Propongo escuchar a comerciantes antes de rediseñar una calle, medir el impacto de las obras sobre las ventas, simplificar licencias y ofrecer herramientas de formación digital sin imponer modelos de negocio uniformes. La política municipal debe coordinar urbanismo, limpieza, movilidad y actividad económica.
No defendería subvenciones perpetuas sin evaluación. Cuando exista una ayuda, se debe conocer qué problema resuelve, cuánto dura y qué indicadores permitirán valorar si merece continuar. Ayudar de verdad significa crear condiciones para que el negocio pueda valerse por sí mismo.
Quiero barrios vivos, con relaciones humanas y oportunidades para emprender. El pequeño comercio no es solo una unidad económica: también contribuye a la identidad y a la vida cotidiana de nuestras ciudades.
