Hay personas a las que nunca conoceremos y cuyas vidas, sin embargo, estamos condicionando hoy. Nacerán dentro de veinte, treinta o cincuenta años. Habitarán ciudades que planificamos ahora, asumirán deudas que aprobamos ahora y disfrutarán —o sufrirán— las consecuencias ambientales, educativas e institucionales de nuestras decisiones. Cuando pienso en el país que me gustaría dejarles, siento que la política tiene una responsabilidad que no cabe en un mandato electoral.
No podemos saber cómo será su mundo. La tecnología transformará oficios, aparecerán retos inesperados y algunas soluciones actuales quedarán superadas. Por eso no pretendo diseñar la vida de quienes vendrán. Quiero algo más modesto y más importante: entregarles un país con capacidad para elegir. Un país cuyas instituciones funcionen, cuyo conocimiento crezca, cuya convivencia no esté rota y cuyos recursos no se hayan consumido sin pensar en las consecuencias.
El futuro también se escribe en los presupuestos
Me preocupa especialmente la tentación de financiar beneficios políticos inmediatos trasladando costes a quienes todavía no votan. La deuda pública puede ser útil para afrontar emergencias o financiar inversiones que generen valor duradero. Pero no todo endeudamiento responde a esas finalidades y no toda inversión produce el retorno prometido. Deberíamos evaluar con rigor quién se beneficia hoy y quién asumirá mañana las obligaciones.
También debemos preservar y renovar infraestructuras. Una carretera, una red de agua, un hospital o una escuela no se mantienen por el simple hecho de haber sido inaugurados. Cuando posponemos sistemáticamente su conservación, dejamos una factura oculta a la siguiente generación. La responsabilidad intergeneracional exige presupuestar el ciclo completo de los proyectos, no solo su fotografía inicial.
La educación es nuestra herencia más poderosa
Si tuviera que señalar una inversión que atraviesa todas las demás, elegiría el conocimiento. Las generaciones futuras necesitan competencias para comprender el mundo, crear riqueza y sostener la democracia. Una enseñanza exigente y accesible, la investigación y el aprendizaje continuo les darán herramientas para resolver problemas que hoy ni siquiera podemos describir. No hay legado más respetuoso que ampliar la capacidad de decidir por sí mismos.
La responsabilidad intergeneracional también exige prudencia con las decisiones irreversibles. Hay errores que una administración puede corregir en pocos meses; otros afectan durante décadas a un paisaje, un sistema educativo o una infraestructura. Cuanto más difícil resulte revertir una medida, mayor debería ser la calidad del análisis previo y más transparente el debate. La participación ciudadana puede ayudar a detectar efectos que los responsables no habían previsto, siempre que se practique con información y sin convertirla en un ritual vacío. Gobernar pensando en quienes vendrán supone aceptar que el presente no tiene derecho a agotar todas las opciones del futuro.
También pienso en el medio ambiente desde esa perspectiva. Conservar ecosistemas, cuidar el agua y reducir daños evitables no implica rechazar el progreso material. Significa comprender que la prosperidad exige una base física saludable. Las medidas ambientales deben ser eficaces, proporcionadas y socialmente viables, pero la dificultad de aplicarlas no justifica olvidar sus consecuencias a largo plazo. El futuro no debería recibir únicamente nuestras buenas intenciones.
La cohesión social importa igual que la tecnología. No quiero transmitir una democracia habituada al insulto y a la sospecha permanente, donde cada adversario parezca un enemigo. Me gustaría un país capaz de discrepar con dureza sobre ideas y mantener, al mismo tiempo, respeto por las personas y por las reglas comunes. La confianza institucional tarda años en construirse y puede deteriorarse rápidamente; también es parte del patrimonio que debemos legar.
No hipotecar la libertad de quienes vendrán
Quiero que nuestras decisiones se sometan a una pregunta incómoda: si pudiéramos conversar con alguien que nacerá dentro de cuarenta años, ¿podríamos explicarle por qué actuamos así? Tal vez no siempre logremos darle una respuesta perfecta, pero la pregunta obliga a levantar la mirada y a distinguir lo urgente de lo verdaderamente importante.
No espero dejar un país sin conflictos ni errores. Nadie puede prometerlo. Aspiro a contribuir a una España en la que los jóvenes del futuro encuentren oportunidades, instituciones fiables, recursos cuidados y una sociedad que no los obligue a pagar todos nuestros desaciertos. La medida más noble del éxito político quizá sea esa: que quienes todavía no han nacido reciban más posibilidades de vivir dignamente, no menos.
