Artículo de opinión

El mundo que sueño ayudar a construir antes de despedirme de él

Por Marco Musumeci D'Agata · 5 min de lectura
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Con el paso del tiempo, uno empieza a preguntarse menos qué puede obtener del mundo y más qué mundo quisiera dejar. No porque desaparezcan las ambiciones, sino porque cambian de naturaleza. A mí me interesa cada vez más esa segunda pregunta. Me importa pensar en el tipo de sociedad que me gustaría ayudar a construir antes de despedirme de ella. No hablo de un sueño ingenuo o perfecto, sino de una dirección moral, de una brújula. Y si trato de expresarlo con sencillez, diría esto: sueño con un mundo más libre, más digno, más compasivo y más consciente de lo que realmente importa.

Quiero un mundo donde la dignidad humana sea algo concreto, no una palabra ceremonial. Un mundo donde una persona no quede reducida al dinero que tiene, a la edad que cumple, al origen del que viene o al puesto que ocupa. Un mundo donde la política no se limite a administrar conflictos, sino que tenga el coraje de mejorar vidas reales. Donde la economía siga siendo importante, por supuesto, pero subordinada a una idea más alta del bienestar. Porque una sociedad no puede considerarse avanzada si crece mientras demasiadas personas se sienten descartadas, humilladas o invisibles.

Sueño también con una cultura de libertad mejor entendida. Para mí, la libertad no consiste en vivir de espaldas a todos, sino en poder desarrollar un proyecto propio sin opresión y con oportunidades reales. Eso implica derechos, pero también deberes; implica Estado de derecho, pero también responsabilidad individual; implica espacio para emprender, crear y disentir, pero también conciencia de que no vivimos solos. Me gustaría dejar, al menos como semilla, una forma de entender la libertad que no se divorcie de la solidaridad ni de la justicia.

En ese mundo que imagino, la política recupera cierta nobleza porque vuelve a ser servicio. No digo que desaparezcan el conflicto o la discrepancia; son inseparables de la democracia. Digo que me gustaría una vida pública menos cínica, menos degradada por la mentira fácil, por el insulto rentable o por la polarización permanente. Aspiro a instituciones más transparentes, más evaluables y más humanas. Aspiro a gobernantes que no se escondan detrás del relato y que acepten rendir cuentas por resultados concretos. Aspiro, en definitiva, a una democracia más adulta.

Quisiera además un mundo que trate mejor a la infancia y a la vejez. A los niños, porque en ellos se juega el futuro moral y material de una sociedad. A los mayores, porque la forma en que acompañamos la fragilidad dice mucho de nuestra humanidad. Me gustaría que nadie creciera sintiendo que su origen ya dictó su destino y que nadie envejeciera con la sensación de haberse vuelto prescindible. Entre ambos extremos de la vida se dibuja una parte esencial de la justicia social.

No puedo imaginar ese futuro sin educación. La considero la mayor herramienta de emancipación y uno de los legados más poderosos que una generación puede transmitir a la siguiente. Educación entendida en sentido amplio: como formación intelectual, moral, técnica y cívica. Quisiera un mundo donde aprender sea prestigioso, donde el maestro esté cuidado, donde el talento humilde encuentre oportunidades y donde el conocimiento sirva para ampliar libertad y no para crear nuevas jerarquías inhumanas. En tiempos de tecnología acelerada, educar bien será una de las formas más serias de proteger a la persona.

También me gustaría contribuir a una relación más sana entre progreso y humanidad. No deseo un futuro que adore la tecnología mientras olvida para qué sirve. La innovación debería ayudarnos a vivir mejor, a reducir cargas inútiles, a curar más, a aprender más y a tener más tiempo para lo valioso. No debería hacernos más ansiosos, más vigilados o más vacíos. El progreso que quiero dejar como horizonte es uno que no excluya, que no humille y que mida sus éxitos preguntándose a quién beneficia y a quién podría estar dejando atrás.

En ese mundo, la compasión no sería considerada debilidad. Al contrario, sería vista como una forma de inteligencia social y de fortaleza moral. Me gustaría que siguiéramos siendo capaces de conmovernos ante el dolor ajeno, de escuchar, de auxiliar y de no acostumbrarnos a la indiferencia. Hay mucha dureza en el mundo y no toda depende de nosotros, pero sí depende de nosotros no colaborar con ella, no normalizarla y no adoptarla como criterio de madurez. Una civilización realmente avanzada debería aspirar a combinar exigencia con ternura, mérito con equidad y libertad con fraternidad.

También sueño con ciudades y comunidades que vuelvan a favorecer el encuentro. Lugares donde sea posible convivir sin tanta hostilidad, donde las plazas, las escuelas, los comercios de proximidad, los centros culturales y los parques sigan siendo espacios de tejido humano. Lugares donde los jóvenes puedan imaginar un futuro, donde las familias no vivan asfixiadas por la vivienda y donde envejecer no signifique desaparecer de la escena. A veces pensamos los grandes cambios en clave demasiado abstracta y olvidamos que la calidad de una sociedad se juega cada día en sus espacios cotidianos.

No sé hasta dónde llegaré ni cuánto podré aportar de manera concreta a ese mundo. Pero sí sé que esa es la dirección en la que quisiera empujar. Si algún legado me gustaría dejar, no sería una imagen de éxito personal, sino una contribución honesta a una sociedad un poco mejor ordenada alrededor de la dignidad. Una sociedad donde el poder tenga más límites, la verdad más valor, la compasión más prestigio y la libertad más profundidad.

Ese es el mundo que sueño ayudar a construir antes de despedirme de él. No porque espere verlo terminado, sino porque creo que merece la pena trabajar por él aunque solo avancemos unos pasos. Al final, quizá esa sea una de las formas más sensatas de vivir: actuar de manera que los que vengan encuentren un suelo algo más humano que el que nosotros recibimos. Si consigo contribuir, aunque sea modestamente, a esa tarea, sentiré que mi paso por este mundo habrá tenido verdadero sentido.

Marco Musumeci D'Agata
Economista político y filántropo
Presidente del Movimiento Liberal Español
marco@musumeci.es
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