Artículo de opinión · Autónomos y emprendimiento

El futuro económico de España comienza por quienes se atreven a emprender

Emprender debería ser una oportunidad de crear valor, no una carrera de obstáculos administrativos y riesgos imposibles.

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Cuando hablo de emprendimiento no pienso únicamente en empresas tecnológicas o grandes rondas de inversión. Pienso en la mujer que abre una peluquería, en quien repara instalaciones, en el pequeño comercio que conoce a sus clientes o en el profesional que se independiza después de años trabajando para otros. Esas decisiones requieren valor. También requieren asumir riesgos que apenas se ven desde fuera: un alquiler que vence aunque no haya ventas, facturas que se retrasan y obligaciones que no esperan a que el negocio encuentre su equilibrio.

Una economía no puede aspirar a crear empleo de calidad si vuelve hostil el nacimiento de nuevas actividades. Como empresario sé que emprender no es un privilegio que debamos idealizar: es una responsabilidad cotidiana. Precisamente por ello creo que el Estado debe facilitar la iniciativa legítima, perseguir el fraude y proteger el trabajo sin convertir cada comienzo en un laberinto.

Quiero introducir además una distinción que rara vez aparece en los debates: la diferencia entre autónomo por vocación y autónomo por necesidad. Una persona puede descubrir una oportunidad de mercado y crear una empresa con planificación, mientras otra se ve empujada a trabajar por su cuenta por falta de alternativas laborales. Sus necesidades de financiación, asesoramiento y protección no siempre son iguales. Diseñar una única respuesta para todos puede producir nuevas desigualdades. Me parece razonable estudiar el acompañamiento durante el primer año, con información sobre costes reales, responsabilidades y escenarios de ingresos antes de que nadie firme compromisos difíciles de deshacer.

También sería útil medir la supervivencia de los negocios, la calidad del empleo creado y el aumento real de productividad, no solo el número de nuevas altas. Una política que celebra miles de aperturas sin observar cuántas actividades pueden sostenerse pasado un tiempo corre el riesgo de confundir movimiento con desarrollo. Me interesa especialmente que existan vías de colaboración entre pequeños negocios para compartir formación, logística y tecnología sin perder su independencia. El comercio local no debe ser condenado a competir en soledad contra estructuras mucho mayores.

El coste oculto de la complejidad

El pequeño negocio no dispone normalmente de un departamento jurídico, otro contable y otro administrativo. Una misma persona tiene que vender, atender, contratar, resolver incidencias y entender trámites. Cuando la regulación exige documentos repetidos o instrucciones contradictorias, el coste no se mide solo en tasas. Se mide en horas que no se dedican al cliente y en oportunidades que nunca llegan a materializarse.

Defiendo un principio de ventanilla única real: aportar los datos una sola vez, recibir una respuesta comprensible y poder iniciar actividades de bajo riesgo mediante declaraciones responsables cuando la ley lo permita, con inspecciones posteriores proporcionadas. Eso no significa renunciar a controles sanitarios, laborales o de seguridad. Significa concentrar el esfuerzo público donde verdaderamente protege a las personas.

Cotizar también debe significar estar protegido

Un autónomo contribuye al sistema y necesita saber con claridad qué protección recibe a cambio. Enfermedad, cese involuntario de actividad, maternidad, paternidad y jubilación no son asuntos secundarios. Un modelo que incentiva trabajar por cuenta propia pero deja inseguridad excesiva cuando algo sale mal es un modelo incompleto.

España ha avanzado hacia un sistema de cotización vinculado a rendimientos, cuyo diseño y ajustes deben evaluarse por su claridad, equidad y efectos sobre las rentas más bajas. No basta con anunciar una tarifa: tenemos que examinar cómo se regularizan cuotas, qué obligaciones generan y si los profesionales entienden sus derechos. La protección debe ser compatible con la sostenibilidad y evitar que el acceso a una prestación sea un procedimiento impracticable.

Crecer sin miedo a contratar

Muchos negocios pequeños encuentran su principal dificultad en el salto de trabajar solos a incorporar a otra persona. Esa decisión genera oportunidades para ambos, pero exige previsión y seguridad. Me interesa estudiar medidas temporales y evaluables que faciliten la primera contratación, la formación y la digitalización. Deben tener límites claros para que no se conviertan en subvenciones permanentes sin resultados.

También necesitamos un mercado donde competir por calidad e innovación sea más rentable que competir incumpliendo las normas. La competencia desleal perjudica especialmente a quien paga impuestos, salarios y seguros. Defender el emprendimiento no significa dar carta blanca; significa establecer reglas comprensibles y exigirlas por igual.

Una cultura que valore la iniciativa

El emprendimiento no es una solución universal ni todo ciudadano tiene por qué montar una empresa. Pero merece respeto quien intenta crear su propio trabajo y ofrecer algo útil a los demás. Me gustaría que las escuelas enseñaran conocimientos básicos sobre presupuestos, riesgos, contratos y responsabilidad económica. Y que fracasar de buena fe no significara cargar para siempre con un estigma.

La prosperidad de España necesita empresas productivas y trabajadores protegidos, no una guerra cultural entre unos y otros. Un buen negocio requiere clientes, personas cualificadas, instituciones fiables y un entorno justo. Cuando facilitamos esa cooperación, no ayudamos a una etiqueta profesional: ampliamos las oportunidades de toda la comunidad.

Marco Musumeci D'Agata
Economista político y filántropo
Presidente del Movimiento Liberal Español
marco@musumeci.es
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