Hay días en los que pienso que España tiene un problema con los números. No porque nuestros políticos sean incapaces de cuadrar las cuentas públicas, que también daría para una larga conversación, sino porque hemos llegado a un punto en el que parece que la democracia se está convirtiendo en una colección numerada.

Democracia 21. Democracia 22. Democracia 23. Democracia 24… Como sigamos así, dentro de unos años tendremos más democracias numeradas que modelos de teléfonos móviles. Y lo verdaderamente preocupante será descubrir que todas prometen lo mismo: una versión mejorada de la anterior.

La democracia se actualiza. El ciudadano sigue esperando.

Lo reconozco: cuando elegí Democracia22.es, no pude resistirme a la tentación de jugar con los números. Al fin y al cabo, si alguien llega buscando Democracia 21 y termina en Democracia 22, tampoco ha viajado demasiado lejos. Solo ha avanzado un número.

Pero hay una diferencia que considero fundamental: Democracia22.es es mi espacio personal de pensamiento, artículos y debate ciudadano. No es un partido político ni pretende hacerse pasar por otro. Es, sencillamente, una dirección distinta desde la que expresar ideas y reflexionar sobre cómo mejorar nuestra sociedad.

Y precisamente por eso me divierte imaginar el futuro de esta peculiar numeración democrática. ¿Y si mañana aparece Democracia 23? Naturalmente, sus fundadores podrían explicar que Democracia 22 ya se ha quedado anticuada. Los de Democracia 24 asegurarían que ellos representan la verdadera renovación. Democracia 25 prometería una democracia más moderna, con inteligencia artificial y atención al ciudadano las veinticuatro horas.

Democracia 26 anunciaría una revolución institucional. Democracia 27 propondría refundar todas las democracias anteriores. Y Democracia 28 llegaría con una noticia extraordinaria: ¡por fin una democracia completamente nueva! Aunque, probablemente, con algunos de los mismos protagonistas de siempre.

El problema no es el número. Es lo que hacemos con él.

Imaginemos que llegamos a Democracia 30. Treinta democracias y seguimos discutiendo por qué un trabajador no consigue pagar su vivienda, por qué un autónomo siente que trabaja más para sostener el sistema que para construir su futuro o por qué tantos jóvenes consideran que necesitan marcharse de España para encontrar oportunidades.

¿De qué nos serviría alcanzar Democracia 100 si continuáramos sin resolver los problemas cotidianos de los ciudadanos? Personalmente, no creo que la democracia necesite una actualización de nombre cada vez que alguien descubre que puede hacer política de otra manera.

Necesita algo bastante más difícil: responsabilidad, independencia, capacidad de escucha y voluntad de servicio. Porque la democracia no mejora cambiando de número. Mejora cuando mejora la vida de las personas.

¿Y si hacemos una colección?

Puestos a divertirnos, propongo imaginar una gran colección nacional. Democracia 21: edición clásica. Democracia 22: edición con sentido del humor. Democracia 23: edición renovada. Democracia 24: edición premium. Democracia 25: edición con inteligencia artificial.

Democracia 26: edición sostenible. Democracia 27: edición descentralizada. Democracia 28: edición definitiva. Democracia 29: edición definitiva corregida. Democracia 30: edición definitiva de verdad. Esta vez, lo prometemos.

Sería una colección maravillosa. El problema aparecería cuando un ciudadano preguntara qué diferencia existe entre tantas versiones. Quizá alguien respondería que cada una tiene su propia identidad, su proyecto y su manera de interpretar la democracia. Y probablemente tendría razón. Pero yo haría una pregunta mucho más sencilla: ¿cuál de todas ellas va a conseguir que vivamos mejor?

La democracia que me interesa no necesita un número

Más allá de la broma, hay una reflexión que considero importante. España no necesita una competición interminable por apropiarse de la palabra democracia. Necesita que la democracia se convierta en algo más tangible para quienes la viven cada día.

La democracia debería significar que un ciudadano puede expresar sus ideas sin miedo, que las instituciones responden con transparencia, que el esfuerzo encuentra oportunidades y que nadie queda condenado a la exclusión por las circunstancias en las que nació.

Debería significar que los representantes públicos escuchan más de lo que hablan y que el poder sirve para mejorar la sociedad, no para alejarse de ella. He defendido muchas veces que la economía debe estar al servicio de las personas. Pues bien, creo exactamente lo mismo de la política.

Podemos discutir durante horas sobre modelos, partidos, sistemas electorales y reformas institucionales. Son debates necesarios. Pero ninguna reforma será verdaderamente importante si olvidamos a quienes deberían beneficiarse de ella.

Por eso me interesa mucho más una democracia que funcione que una democracia que presuma de ser la última versión disponible.

Y cuando lleguemos a Democracia 31…

Estoy convencido de que algún día alguien tendrá la brillante idea de anunciar Democracia 31. Y después Democracia 32. No me sorprendería que llegáramos a Democracia 99, con presentación solemne, fotografía oficial y promesas de renovación histórica.

Para entonces, espero que alguien haya tenido una idea revolucionaria: dejar de contar democracias y empezar a contar ciudadanos que viven mejor. Porque si algo he aprendido de la vida es que el verdadero progreso no consiste en llegar primero a un número más alto, sino en ser capaces de construir algo que merezca la pena.

Mientras tanto, desde mi pequeño rincón del número 22, seguiré defendiendo mis ideas con libertad, espíritu crítico y, siempre que sea posible, una sonrisa. Y si algún visitante se equivoca de número y termina leyendo estas líneas, será bienvenido.

Porque al final, entre Democracia 21 y Democracia 30, lo verdaderamente importante no es quién tiene el número más alto, sino quién consigue que la democracia tenga más valor para las personas.

Y por favor, que nadie registre Democracia 100 antes de que terminemos de arreglar la primera.