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Artículo de opinión · Participación cívica

El día que comprendí que quejarme de la política ya no era suficiente

Por qué la crítica puede ser necesaria, pero necesita propuestas contrastables y disposición a asumir responsabilidades.

Artículo de opinión · Marco Musumeci D'Agata · 18/10/2026 · 4 min de lectura

Ilustración editorial sobre participación cívica; generada mediante inteligencia artificial
Ilustración editorial generada mediante inteligencia artificial.

Criticar una decisión pública es legítimo, y con frecuencia necesario. Una sociedad sin crítica sería una sociedad menos libre. Sin embargo, con el tiempo he comprendido que existe una diferencia entre detectar un problema y dedicar una parte de la propia vida a intentar resolverlo. La primera tarea puede comenzar en una conversación; la segunda exige tiempo, estudio y responsabilidad.

No pretendo describir una revelación súbita ni una escena cinematográfica en la que todo cambiara en un instante. Mi decisión de participar fue más bien el resultado de una reflexión acumulada. Como economista y empresario he analizado muchas veces asuntos públicos desde fuera. Era fácil formular preguntas sobre impuestos, trámites o prioridades presupuestarias. Mucho más difícil era aceptar que las respuestas deben tener en cuenta a millones de personas con necesidades distintas.

Por eso decidí acercarme a PARTIDO AUTÓNOMOS. No porque considere que una organización tenga todas las soluciones, sino porque quería experimentar una participación menos distante, aportar mis conocimientos y entender mejor las dificultades de transformar una idea en una propuesta viable. La pertenencia a cualquier proyecto merece examen crítico; no me parece saludable sustituir una opinión propia por una consigna.

La política suele observarse como un escenario ocupado por profesionales del debate. En cambio, muchos problemas nacen en lugares donde nadie coloca cámaras: una pequeña tienda, un aula, una explotación agrícola o una sala de espera. Ahí surgen preguntas que los responsables públicos deberían hacerse con regularidad. ¿Qué norma resulta innecesariamente compleja? ¿Qué servicio no llega a tiempo? ¿Qué medida bien intencionada produce un efecto inesperado?

La crítica responsable empieza por describir bien el problema. Una regulación puede ser pesada para un negocio y, a la vez, proteger derechos esenciales. Una inversión puede beneficiar a un barrio y generar costes para otro. Una rebaja fiscal puede aliviar a ciertos contribuyentes y reducir recursos disponibles. Quien participa debe reconocer esas tensiones y no fingir que desaparecen con una frase ingeniosa.

Admiro la determinación de las personas que sostienen servicios esenciales sin convertir su trabajo en un discurso político. Muchas poseen un conocimiento acumulado que podría ayudar a diseñar mejores decisiones. Me interesa que ese conocimiento encuentre cauces para ser escuchado, sin exigir a sus titulares que abandonen sus profesiones ni acepten un catálogo completo de convicciones.

La participación tampoco tiene una única forma. Una asociación vecinal, un colegio profesional, una iniciativa comunitaria, una consulta pública o un partido político ofrecen instrumentos distintos. Nadie necesita incorporarse a una formación para ser un ciudadano comprometido. Mi camino personal no tiene por qué servir de modelo universal. Lo fundamental es que haya oportunidades reales de intervenir y que las instituciones expliquen qué hacen con las aportaciones recibidas.

Hay una responsabilidad adicional cuando se pasa de la crítica a la propuesta: explicar cómo se financiaría una medida, quién la gestionaría y de qué manera sabríamos si funciona. Resulta tentador anunciar beneficios sin hablar de costes. Yo preferiría que las propuestas públicas incluyeran una evaluación honesta de sus incertidumbres. La credibilidad no consiste en prometer que nunca fallaremos, sino en comprometernos a corregir lo que no funcione.

Participar también significa aceptar el desacuerdo. Habrá personas que encuentren equivocadas mis posiciones económicas, y su crítica puede enriquecer el debate si está razonada. Nadie gana nada cuando convertimos cada diferencia en una enemistad. La finalidad de una conversación democrática no es humillar al interlocutor, sino comprender mejor la realidad y, cuando sea posible, encontrar soluciones compartidas.

Sigo creyendo en el valor de señalar lo que funciona mal. Pero ahora me interesa todavía más preguntar qué podríamos hacer de manera diferente y quiénes deberían sentarse a pensar la respuesta. Quiero contribuir con conocimientos propios y aprender de quienes saben cosas que yo desconozco.

Quejarse puede ser el principio de una mejora. Para que no sea también el final, hacen falta propuestas, colaboración y una disposición sincera a rendir cuentas. Esa es la transformación que deseo para mi propia manera de participar en la vida pública.

Marco Musumeci D'Agata
Economista político y filántropo
Presidente del Movimiento Liberal Español
marco@musumeci.es
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