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Opinión · Reflexiones económicas y humanas

¿De qué sirve un país rico si sus ciudadanos no pueden vivir dignamente?

Por Marco Musumeci D'Agata · 2026-10-12
Ilustración editorial sobre ¿de qué sirve un país rico si sus ciudadanos no pueden vivir dignamente?

Imagino una nación que presume de grandes infraestructuras, empresas internacionales y excelentes balances macroeconómicos. Y después imagino a una trabajadora que retrasa una visita al dentista por su coste, a un joven que no puede alquilar una habitación cerca de su empleo o a una persona mayor aislada en su domicilio. No son realidades necesariamente incompatibles. Esa posibilidad debería incomodarnos y, sobre todo, obligarnos a mirar más allá de la fotografía oficial.

No desprecio la riqueza nacional: sin actividad económica, inversión, productividad y empresas competitivas sería mucho más difícil sostener los servicios que necesitamos. Pero la riqueza es un medio, no una absolución. No considero que el éxito de un país pueda evaluarse exclusivamente sumando lo que produce. Necesito saber si ofrece oportunidades de prosperar, si protege a quienes atraviesan dificultades y si trata con respeto a quienes ya no pueden trabajar.

Vivir dignamente no equivale a recibir cualquier bien que se desee. Es un criterio exigente, pero también responsable: acceso efectivo a lo esencial, seguridad jurídica, autonomía personal, relaciones sociales y posibilidades de participar en la comunidad. Su traducción en políticas públicas admite debate democrático y límites presupuestarios. Precisamente por eso debemos priorizar, calcular costes y examinar resultados, no utilizar la dignidad como una promesa infinita que nunca se concreta.

Una sociedad puede equivocarse tanto cuando ignora las necesidades como cuando pretende resolverlas con medidas que generan problemas mayores. Congelar un precio sin ampliar la oferta puede desplazar la escasez; inaugurar un edificio sin profesionales puede dejar un servicio incompleto; anunciar una ayuda sin simplificar su solicitud puede excluir a quien más la necesita. Las intenciones merecen ser examinadas junto a sus consecuencias.

La vivienda ilustra la complejidad del problema. El acceso a un hogar depende de la oferta disponible, los ingresos, la financiación, los transportes y las reglas urbanísticas. Ninguna medida aislada resolverá por sí sola una situación acumulada durante años. Un país rico puede tener zonas donde la construcción no acompaña a la demanda o donde los empleos se concentran lejos de las viviendas accesibles. La respuesta requiere planificación, cooperación institucional y evaluación de efectos secundarios, no únicamente discursos sobre culpables.

La dignidad también implica participación y vínculo. Una persona puede recibir prestaciones correctas y seguir viviendo una soledad profunda; otra puede tener empleo y carecer de tiempo para compartir la vida con su familia. No todas estas necesidades se resuelven desde un ministerio. Las asociaciones, los barrios, las empresas y las familias también tienen responsabilidades, siempre dentro de un marco que respete decisiones individuales. Quiero políticas que fortalezcan esa capacidad social de cuidarnos, no que pretendan reemplazarla por completo.

Quiero vivir en un país donde la palabra prosperidad pueda pronunciarse mirando a los ojos de quienes trabajan, emprenden, cuidan y envejecen. La pregunta decisiva no es si tenemos motivos para celebrar nuestras cifras, sino si estamos utilizando nuestra capacidad colectiva para que más personas dispongan de una vida segura, libre y llena de posibilidades. La riqueza adquiere sentido cuando se convierte en bienestar compartido, no solo en prestigio nacional.

Marco Musumeci D'Agata

Economista político y filántropo

Presidente del Movimiento Liberal Español

Creo en el diálogo y en la libertad de pensamiento. Si deseas compartir una reflexión, puedes escribirme: marco@musumeci.es

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