DEMOCRACIA22.ES

Artículo de opinión · Vocación y experiencia

He dedicado mi vida a crear empresas. Ahora quiero aportar algo que el dinero no puede comprar

Experiencia económica, compromiso social y la responsabilidad de llevar conocimientos propios al debate público.

Artículo de opinión · Marco Musumeci D'Agata · 18/10/2026 · 4 min de lectura

Ilustración editorial sobre vocación y experiencia; generada mediante inteligencia artificial
Ilustración editorial generada mediante inteligencia artificial.

He dedicado buena parte de mi vida a observar cómo una decisión económica afecta a personas concretas. Un presupuesto, una inversión o una contratación no son únicamente cifras en una hoja de cálculo. Detrás hay expectativas, familias, riesgos y responsabilidades. Esa experiencia ha influido en mi manera de comprender la política, aunque sé perfectamente que administrar una empresa y gobernar una comunidad son tareas diferentes.

Lo que he aprendido no se compra con dinero ni se adquiere por ocupar un cargo. Es una forma de mirar los problemas: preguntarme de dónde salen los recursos, qué consecuencia tendrá una decisión dentro de cinco años y quién paga el precio cuando nos equivocamos. No pretendo que esa mirada sea superior a otras. Un docente, un sanitario o un trabajador social descubre dimensiones de la realidad que quizá un empresario no alcance a ver.

Mi acercamiento a PARTIDO AUTÓNOMOS nace precisamente de ese convencimiento. Quise explorar una forma de participación en la que mi trayectoria pudiera servir para plantear preguntas útiles. No entré en política con la idea de que cada respuesta estuviera escrita de antemano. Entré porque me parecía incoherente pedir mejores decisiones públicas y no estar dispuesto a aportar parte de lo que sé.

He conocido las dificultades de convertir un proyecto en una actividad sostenible: calcular un coste antes de comprometerlo, afrontar imprevistos, reconocer que algunas iniciativas no funcionan y rectificar a tiempo. En la administración pública, donde se gestionan recursos colectivos, esa disciplina también puede ser valiosa. Sin embargo, las instituciones tienen obligaciones que una empresa no tiene: garantizar derechos, atender necesidades no rentables y responder ante una ciudadanía plural.

Por eso me incomoda la idea de trasladar mecánicamente las reglas de una empresa a un ayuntamiento o a un ministerio. La eficiencia importa, pero también importa la igualdad de trato. La rapidez es deseable, pero no puede sustituir las garantías. El conocimiento empresarial debe sentarse a conversar con el jurídico, el sanitario, el educativo y el social, no imponerse sobre ellos.

Cuando pienso en otros profesionales que podrían participar en la vida pública, no imagino una fila de directivos buscando protagonismo. Pienso en personas que conocen un oficio, una necesidad colectiva o un sector desde dentro, y que desean compartir esa experiencia sin exigir a los demás que piensen igual. Esa aportación tiene una condición: estar dispuestos a escuchar con la misma atención con la que desean ser escuchados.

Una profesional de la enfermería puede explicar qué sucede durante un turno saturado. Un transportista puede describir el coste de una norma que sobre el papel parece sencilla. Un investigador puede advertir que una tecnología prometedora todavía no está lista. Un ciudadano que ha cuidado de un familiar dependiente puede señalar fallos que ninguna estadística consigue representar por completo. Ese diálogo es más valioso que una sucesión de discursos impecables.

Tampoco quiero idealizar a los expertos. Tener experiencia no impide defender intereses particulares, equivocarse ni desconocer un asunto ajeno a la propia especialidad. La participación exige transparencia, respeto por las instituciones democráticas y voluntad de someter cualquier propuesta a crítica pública. El currículo no debe convertirse en una nueva forma de autoridad incuestionable.

Cuando hablo de aportar algo que el dinero no puede comprar, me refiero a la responsabilidad de compartir conocimientos acumulados durante años. No espero que una sola persona transforme las instituciones. Sí creo que un grupo diverso, honesto y bien organizado puede formular mejores preguntas y evitar algunos errores previsibles.

Esa es la motivación que encuentro en mi decisión personal. Prefiero contribuir, aunque sea de manera modesta, a que las ideas se contrasten antes de convertirse en normas. Si alguien con experiencia profesional está valorando acercarse a un espacio político, me parece razonable que examine su funcionamiento, sus principios y su capacidad real de escuchar. Participar debe ser una elección consciente, no una obligación ni un acto de fe.

Al final, lo que merece la pena no es haber creado una empresa ni haber entrado en política. Lo que cuenta es si aquello que hemos aprendido sirve para que otros vivan con más dignidad. Quiero medir mi paso por la vida pública con ese criterio, no con el número de cargos, fotografías o declaraciones que pueda acumular.

Marco Musumeci D'Agata
Economista político y filántropo
Presidente del Movimiento Liberal Español
marco@musumeci.es
Leer más artículos de opinión →