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Artículo de opinión

Cuando una familia tiene que elegir entre cuidar a sus padres o conservar su empleo

La dependencia no afecta únicamente a quien necesita cuidados: reorganiza el tiempo, los ingresos y las decisiones de familias enteras.

Artículo de opinión · Marco Musumeci D'Agata · 12 de octubre de 2026 · 4 min de lectura

Fotografía editorial ilustrativa sobre cuando una familia tiene que elegir entre cuidar a sus padres o conservar su empleo

Una decisión que nadie debería afrontar en soledad

Imagino a una hija que recibe una llamada inesperada: su padre ya no puede desenvolverse solo. Al principio organiza turnos, pide permisos y trata de mantener el trabajo. Después llegan las citas médicas, las noches interrumpidas y una pregunta silenciosa: ¿cuánto tiempo podré sostenerlo? Esta situación, con variantes, atraviesa hogares de todo tipo. Me preocupa que sigamos tratándola como si fuera exclusivamente un problema familiar, cuando afecta a empleo, salud, igualdad de oportunidades y sostenibilidad de los cuidados. La responsabilidad afectiva importa, pero no debería convertirse en abandono institucional.

El coste oculto de cuidar

Quien cuida dedica horas, renuncia a oportunidades y puede comprometer su bienestar físico y emocional. A veces reduce su jornada; otras abandona temporalmente su actividad. La pérdida de ingresos es solo una parte del coste: se resiente la carrera profesional, disminuyen cotizaciones y aparece una vulnerabilidad que puede prolongarse hasta la jubilación. Con frecuencia son mujeres quienes soportan una mayor parte de estas responsabilidades, aunque la realidad familiar es diversa. Yo creo que una economía seria debe reconocer ese trabajo aunque no aparezca reflejado en una factura.

El derecho a permanecer en casa con apoyos

Muchas personas mayores desean seguir viviendo en su domicilio el mayor tiempo posible. Para que esa preferencia sea viable hacen falta servicios de ayuda a domicilio, accesibilidad, coordinación sanitaria y atención social. No basta con declarar un derecho sobre el papel si una familia debe esperar sin información o si el servicio disponible no responde a sus necesidades. También necesitamos centros de día y alternativas residenciales de calidad para situaciones donde el domicilio deja de ser una opción segura. La dignidad exige opciones, no una única solución impuesta.

Conciliar no debería ser heroico

Una organización laboral madura puede facilitar permisos, flexibilidad horaria y adaptaciones razonables, pero no todas las empresas tienen la misma capacidad. Las pequeñas necesitan instrumentos realistas para organizar sustituciones y continuidad del servicio. El Estado, por su parte, debe diseñar prestaciones y cuidados con procedimientos claros y plazos razonables. No se trata de trasladar todo el coste a la empresa ni de exigir sacrificios ilimitados a las familias. Se trata de repartir responsabilidades de manera previsible, para que cuidar a un padre no signifique renunciar a la propia independencia económica.

Escuchar a quien cuida y a quien recibe cuidados

Las políticas de dependencia suelen evaluarse por plazas, presupuestos y expedientes. Yo añadiría preguntas humanas: ¿se siente escuchada la persona dependiente?, ¿puede decidir sobre su rutina?, ¿descansa quien la cuida?, ¿cuánto tiempo pasa la familia gestionando trámites? Deberíamos incluir estos resultados en las evaluaciones públicas y reforzar también los apoyos psicológicos y el respiro familiar. Cuidar bien no consiste solo en prestar un servicio: consiste en proteger relaciones, autonomía y salud en momentos particularmente vulnerables.

Cuidar también requiere profesionales respetados

La atención domiciliaria y residencial descansa sobre personas que merecen estabilidad, formación y condiciones de trabajo seguras. Si quienes cuidan trabajan de manera precaria o encadenan desplazamientos imposibles, la calidad de los servicios se resiente. No podemos reclamar una atención excelente mientras ignoramos cómo se organiza el empleo de cuidados. Una política responsable debe escuchar a profesionales, familias y usuarios, y entender que el trato humano exige tiempo suficiente. La calidad no puede quedar reducida a una cifra de horas contratadas.

Nadie debería desaparecer detrás de un expediente

La persona dependiente no es una categoría administrativa. Tiene preferencias, recuerdos, temores y una historia que continúa incluso cuando necesita ayuda para realizar actividades cotidianas. Me gustaría que los profesionales y las familias dispusieran de condiciones para escucharla, respetar sus decisiones posibles y preservar sus relaciones. La autonomía puede adoptar formas distintas según las circunstancias; no desaparece automáticamente con la edad o la enfermedad. Acompañar bien exige reconocer esa individualidad, incluida la necesidad de intimidad, de rutinas propias y de espacios donde seguir sintiéndose uno mismo.

Una sociedad se revela en la manera en que acompaña la fragilidad. No quiero un país donde cuidar a nuestros padres se convierta en una disyuntiva entre el amor y el sustento económico. Quiero familias que puedan estar presentes sin quedar destruidas por esa presencia, profesionales de cuidados valorados y servicios públicos capaces de responder con humanidad. Todos envejeceremos si la vida nos concede tiempo. Lo que hoy hagamos por las familias cuidadoras será, en realidad, una decisión sobre el futuro de todos.

Marco Musumeci D'Agata
Economista político y filántropo
Presidente del Movimiento Liberal Español
marco@musumeci.es