Artículo de opinión · Economía y sociedad

Cuando hacer lo correcto sale más caro que incumplir las reglas, algo falla

Cumplir las obligaciones no debería situar en desventaja permanente a quien trabaja honestamente frente a quien compite saltándose las normas.

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Hay pocas experiencias más desmoralizadoras para un empresario que cumplir con sus obligaciones y descubrir que su competidor gana ventaja precisamente por no cumplirlas. Quien factura, declara, protege a sus trabajadores y solicita las licencias necesarias asume costes reales. Quien evade, trabaja sin garantías o utiliza atajos ilegales puede ofrecer temporalmente precios más bajos. Cuando esto se normaliza, el problema deja de ser solo fiscal: se convierte en una cuestión de justicia y confianza en las instituciones.

Como empresario, defiendo la competencia porque obliga a mejorar, innovar y atender mejor al cliente. Pero la competencia exige reglas comparables. No puede considerarse un mercado libre aquel en el que el comportamiento honesto se penaliza frente al incumplimiento sistemático. Si las administraciones toleran esa situación, envían un mensaje peligroso: la norma pesa más sobre quien se deja identificar que sobre quien decide eludirla.

El cumplimiento también tiene un precio

La respuesta no consiste únicamente en aumentar inspecciones y sanciones. Hay que preguntarse por qué resulta tan costoso cumplir. Cuando se acumulan licencias, declaraciones redundantes, trámites lentos y obligaciones difíciles de interpretar, incluso el ciudadano de buena fe puede sentirse atrapado. Una administración inteligente distingue entre quien intenta hacer las cosas bien y quien organiza deliberadamente el fraude. La simplificación normativa puede mejorar tanto el cumplimiento como la productividad.

También debemos reconocer que el fraude perjudica a los trabajadores. Una empresa que no respeta medidas de seguridad o cotizaciones puede ofrecer un precio inferior trasladando el coste al empleado, al sistema público o a futuros accidentes. No hay libertad económica legítima en esa transferencia oculta de riesgos. Defender la empresa requiere defender igualmente la seguridad jurídica y los derechos básicos de quienes trabajan en ella.

Controles proporcionales, reglas claras

Me gustaría un sistema que priorizara la prevención y la corrección temprana de errores administrativos, sin renunciar a actuar con firmeza frente al fraude intencionado. Las sanciones deben ser proporcionadas; los procedimientos, rápidos; y los criterios, previsibles. Lo contrario genera miedo y arbitrariedad. Ningún emprendedor debería necesitar una estructura jurídica desproporcionada para comprender obligaciones rutinarias.

Hay un peligro adicional cuando se acumulan normas confusas: los empresarios de menor tamaño soportan una carga relativa mayor que quienes cuentan con departamentos especializados. El dueño de un taller o una tienda dedica a los formularios un tiempo que no puede dedicar a clientes, formación o innovación. La simplificación no es un privilegio empresarial; puede mejorar el cumplimiento y liberar recursos productivos. Propongo que, al crear una nueva obligación, se estudie qué otras pueden eliminarse, qué documentación ya obra en poder de la administración y qué riesgo concreto se intenta evitar. Un sistema que exige información innecesaria se vuelve más caro sin ser necesariamente más seguro.

Creo asimismo que la contratación pública puede transmitir un mensaje ejemplar. Adjudicar solo por el precio más bajo, sin vigilar la viabilidad y el cumplimiento, puede empujar a una competencia destructiva. Las administraciones deberían valorar la calidad y controlar de manera efectiva la ejecución, dentro de las reglas de contratación aplicables. No se trata de favorecer a una empresa concreta, sino de impedir que la mala práctica resulte rentable.

La confianza es un activo económico. Cuando el ciudadano percibe que todos se someten a reglas conocidas y que nadie obtiene privilegios por incumplirlas, está más dispuesto a invertir, formalizar actividad y colaborar. Cuando ocurre lo contrario, crecen el resentimiento y la tentación de abandonar el cumplimiento. Por eso la justicia regulatoria importa tanto como los tipos impositivos.

La honestidad no puede ser una desventaja competitiva

No quiero un país donde el emprendedor honesto sea tratado como sospechoso permanente ni uno donde el incumplimiento quede impune. Quiero un Estado que simplifique lo innecesario y proteja lo imprescindible, capaz de diferenciar error de fraude y de actuar con eficacia. Ese equilibrio requiere profesionalidad administrativa, normas estables y evaluación continua.

Hacer lo correcto no debería ser una heroicidad económica. Debería ser lo normal y, sobre todo, lo razonable. Si conseguimos que cumplir sea comprensible, accesible y justo, ganarán los empresarios honestos, los trabajadores y la propia sociedad. Y habremos recuperado algo más valioso que un ingreso recaudatorio: la confianza en que las reglas comunes merecen ser respetadas.

Marco Musumeci D'Agata
Economista político y filántropo
Presidente del Movimiento Liberal Español
marco@musumeci.es
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